domingo, 20 de octubre de 2019
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 José Antonio Pérez. Historiador

La celebración del último Aberri Eguna, el Día de la Patria, ha trascurrido en un ambiente de inusitada tranquilidad en Euskadi. Tan solo se ha visto sobresaltado por las algunas manifestaciones del abertzalismo radical en recuerdo de uno de los últimos y más patéticos jefes militares de ETA, Francisco Javier López Peña, alias Thierry, fallecido de muerte natural en la cárcel un día antes de tan señalada fecha. Pero incluso este recordatorio, obligado por las circunstancias, se hizo sin estridencias, con una evidente sordina y en otro escenario fuera del preparado para la celebración del Aberri Eguna.

El hecho ha servido al menos a los líderes de la EH-Bildu, recién llegados a la democracia, para repartir entre sus fieles la ración habitual y calculada de victimismo y martiriología que tradicionalmente ha alimentado sus corazones durante los últimos cuarenta años. En otros tiempos la muerte de un gudari, incluso de segunda y no excesivamente acreditada categoría, hubiera servido para hacer arder a media Euskal Herria.
Pero vivimos otros tiempos y lo cierto es que la jornada transcurrió dentro del orden del día que estaba previsto. El PNV rehuyó las referencias explícitas a la independencia y se conformó con expresar el deseo de "un nuevo estatus político para Euskadi porque queremos decidir nuestro futuro en libertad". Lejos quedan las soflamas del viejo Arzalluz que enardecía a las masas y encandilaba a las abuelas, e incluso queda ya superado por el tiempo el famoso derecho a decidir enarbolado por Ibarretxe, aunque se parezca mucho en el fondo, que no en las formas, al discurso moderado de Urkullu. En Euskadi dos años son un siglo y una década, la eternidad. Si algo ha aprendido en estos meses el PNV ha sido la lección que ha llegado de sus hermanos catalanes.
Para la izquierda no nacionalista el problema nacional ha sido siempre un problema
¿Y el resto de los partidos? Es cierto que el Aberri Eguna, celebrado el domingo de Resurrección, con todo el simbolismo y la impostura que ello conlleva, es una conmemoración abertzale, aunque las circunstancias históricas hicieron en el pasado que incluso otros partidos no nacionalistas, como el PSE o el PCE-EPK participaran del mismo, pero a partir de 1979 todo aquello cambió. Para el centro derecha españolista, representado antaño por la UCD y AP, y más tarde reunido en torno al PP, nunca fue, por razones obvias, una cuestión que les quitase el sueño. Pero para las formaciones la de izquierda no nacionalista, el llamado problema nacional siempre ha sido eso, un problema, una realidad ante la que han tenido que manifestarse por incómodo que fuera. Fue un problema para trotskistas y maoístas, tachados de españoles por defender en su momento el derecho de autodeterminación frente a la independencia que proclamaba ETA y su cohorte celestial. Lo fue también para aquella Euskadiko Ezkerra, que aunque nació del mundo nacionalista, evolucionó rápidamente hacia otras posiciones ideológicas que terminaron de dividirla en dos. La incorporación de una parte de aquella formación al Partido Socialista de Euskadi sirvió para ofrecer una imagen fresca y vasquista de este partido, marcado por el estigma resistente del viejo obrerismo inmigrante. Pero fue poco más que un espejismo.

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