domingo, 24 de junio de 2018
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< ver número completo: Nacionalismo y extrema derecha (I)
Belén Fernández-García

​El populismo de derecha radical en Europa, ¿Una amenaza a la democracia?

Investigadora y profesora (FPU) en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Granada

En 2004, el politólogo Cas Mudde definía el populismo como el espíritu de la época en Europa (The Populist Zeitgeist). Un espíritu que viene acompañado, además, de fuertes sentimientos nacionalistas, xenófobos y autoritarios. Centrándonos en Europa Occidental, las últimas elecciones han confirmado que, en efecto, el populismo de derecha radical se está consolidando no solo como fuerza parlamentaria sino también como opción real de gobierno. En octubre de 2017, las elecciones legislativas austríacas ponían fin a la gran coalición formada por conservadores y socialdemócratas, dando paso a un gobierno de coalición entre los conservadores y la derecha radical, el Partido de la Libertad (FPÖ).


Marine le pen


En las elecciones presidenciales del año anterior, el candidato de la FPÖ, Norbert Hofer, estuvo a pocas décimas de ser elegido Presidente de la República. En septiembre de 2017, el espíritu populista también hacía aparición en Alemania: Alternativa por Alemania (AfD) conseguía entrar en el legislativo federal con 94 escaños y el 12,6% de los votos. En Noruega, las elecciones de septiembre permitieron reeditar la coalición de derecha que se inició en 2013 y que incluye como socio de gobierno a la derecha radical, el Partido del Progreso (FrP).


En mayo, Marine Le Pen pasaba a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, siendo la segunda candidata más votada. En las elecciones legislativas de junio, el Frente Nacional bajó algunas décimas con respecto a las anteriores de 2012, pero conseguía aumentar la representación parlamentaria de dos a ocho escaños. Las elecciones de junio del Reino Unido, mostraron que el sistema electoral mayoritario sigue actuando como efectiva barrera contra la derecha radical, manteniendo al Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) fuera del Parlamento (con excepción del escaño que consiguió en 2015). No obstante, las barreras institucionales no han impedido que el UKIP consiga el propósito que dio origen a su formación: la salida del país de la Unión Europea.


AL ASALTO DEL PODER


En marzo, el Partido por la Libertad (PVV) se consolidaba como segunda fuerza parlamentaria en el muy fragmentado Parlamento de los Países Bajos. En Suiza, las elecciones federales de 2015 situaban como primera fuerza parlamentaria al Partido del Pueblo Suizo (SVP), posición que mantiene desde 2003 y que le asegura dos asientos en el ejecutivo colegiado del país. 


En Finlandia, los Verdaderos Finlandeses (PS) entraron en el ejecutivo tras las elecciones de 2015, ocupando posiciones tan relevantes como Viceprimer Ministro, Exteriores, Defensa, Justicia y Empleo, Asuntos Sociales y Sanidad.


En Dinamarca, el Partido del Pueblo danés (DF) es la actual segunda fuerza parlamentaria y primer partido en votos del bloque de derecha, actuando como soporte parlamentario de los gobiernos conservadores. Suecia, por su parte, dejó de ser la excepción escandinava en 2010 cuando los Demócratas Suecos (SD) conseguían entrar en el Parlamento con veinte escaños, subiendo hasta los 49 en 2014. Actualmente, el SD es la tercera fuerza parlamentaria del país, pero el cordón sanitario que ha extendido el resto de partidos lo mantiene fuera de cualquier coalición de gobierno. En Bélgica, la misma práctica “sanitaria” ha mantenido alejado al Interés Flamenco (VB) del ejecutivo durante años, lo que junto con la irrupción de una fuerza nacionalista flamenca (NVA), ha favorecido su declive electoral (si bien los sondeos le pronostican una fuerte recuperación para las próximas elecciones).


Por último, y a pesar de la evolución inestable de la Liga Norte (LN), el partido ha conseguido mantener una considerable representación parlamentaria desde su fundación a principios de los 90. La Liga ha sido socio de los gobiernos de Berlusconi y todo apunta a que podría reeditarse la coalición de derecha en las próximas elecciones. Como podemos observar, la derecha radical se ha consolidado en la mayoría de los países de Europa Occidental, con excepción de España, Portugal e Irlanda donde la gran recesión ha dado impulso al populismo de izquierda. 


En Grecia, el populismo ha aparecido también por la izquierda, ya que el caso de Amanecer Dorado encajaría mejor como vieja extrema derecha.


Para comprender por qué el populismo de derecha radical se ha consolidado como alternativa de gobierno cada vez más viable en los sistemas de partidos europeos cabe destacar, en primer lugar, el esfuerzo de adaptación de estas formaciones a las democracias contemporáneas. De este modo, y ante el desarrollo de las democracias en el continente tras la II Guerra Mundial, las fuerzas anti-democráticas y de extrema derecha vinculadas al fascismo y al nazismo quedaron totalmente deslegitimadas ante la opinión pública y, en consecuencia, sin posibilidad real de acceder al poder político. Desde entonces, las nuevas formaciones de derecha radical han realizado el esfuerzo por encontrar un perfil más respetable, despojándose de cualquier rasgo extremista y anti-democrático que les identificase como amenaza a la democracia (qué en algunos países, les valiese incluso la ilegalización).


CON UNA CARA MÁS AMIGABLE


En concreto, las formaciones de derecha radical han tratado de dejar atrás los postulados del racismo biologicista (que afirma la superioridad de algunas razas sobre otras) y la oposición frontal a la democracia, evolucionando a un racismo cultural o diferencialista (que afirma la irreductibilidad de las diferencias culturales) y una política de carácter plebiscitaria. De este modo, el éxito de la derecha radical contemporánea reside en la adopción de una cara más “amigable” que combina populismo, nativismo (una mezcla de nacionalismo y xenofobia) y cierto autoritarismo frente a las viejas extremas derechas abiertamente anti-democráticas, racistas y vinculadas a organizaciones fascistas y nazis.


Los Demócratas Suecos servirían como ejemplo reciente de una formación que ha tratado de liberarse del estigma de formación extremista para pasar a otra de corte populista y nativista, siguiendo el ejemplo ya clásico del Frente Nacional. 


La formación sueca, fundada en 1988, encuentra sus raíces en el fascismo sueco, produciéndose cierta superposición entre el partido y determinados grupos nazis y fascistas. Así, y hasta 2010, este estigma extremista le había impedido superar la barrera electoral del 4%, convirtiendo a Suecia en la excepción escandinava. Es por ello que la formación ha tratado de encontrar un perfil más respetable de forma paulatina: en 1996, la dirección prohibió el uso de uniformes militares dentro de sus miembros; en 1999, condenaron explícitamente el nazismo tras el asesinato de unos policías y de un sindicalista a manos de unos criminales vinculados a movimientos nazis; en 2003, anunciaron que la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas formaría parte de la piedra angular de sus políticas; y en 2005, cambiaron el logo del partido, pasando de una antorcha ardiendo a una simpática margarita azul. Desde entonces, han disfrutado de una tendencia electoral creciente hasta convertirse en la tercera fuerza parlamentaria del país.


En segundo lugar, el éxito de estas formaciones obedece también a los cambios estructurales que han experimentado las sociedades occidentales en las últimas décadas y que han generado una demanda en el electorado favorable a las ideas populistas en general, y a las ideas populistas de derecha radical, en particular. Por un lado, el proceso de post-industrialización ha traído consigo grandes cambios en las actitudes del electorado como, por ejemplo, el declive del voto de clase y de la identificación partidista, lo que se ha traducido en mayor volatilidad, mayor desconfianza hacia los partidos tradicionales y mayor actitud crítica ante los mismos.


Por otro, los procesos vinculados a la globalización, y en nuestro caso, la integración europea, han abierto una nueva fractura en el electorado que ha favorecido sobremanera a los populismos de derecha radical. Esta fractura de demarcación vs integración (en términos de Kriesi) o de proteccionismo vs cosmopolitismo, ha dado fuerza a la dimensión cultural de la política, poniendo en el centro del debate cuestiones como la protección de la cultura nacional y la defensa a ultranza de la nación frente a elementos considerados amenazantes como la inmigración y el multiculturalismo. No obstante, podríamos decir que estos cambios estructurales son compartidos por las democracias occidentales, lo que no permitiría explicar, a priori, las diferencias electorales entre países.


¿UN PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA?


Es aquí donde entran en juego las características nacionales que conforman diferentes estructuras de oportunidades políticas para las nuevas fuerzas políticas. Aspectos institucionales como la proporcionalidad de los sistemas electorales o la posibilidad de participación a través de mecanismos de democracia directa, por un lado; y aspectos de la competencia partidista, como la convergencia en el centro ideológico de los partidos mayoritarios o la formación de grandes coaliciones, por otro; conforman estructuras más favorables para este tipo de formaciones. 


Los períodos de crisis, ya sean económicas, de seguridad nacional, o migratorias (solo por citar algunas), se han probado como terreno fértil para el discurso populista.


Por último, cabe hacerse la gran pregunta ¿Suponen estas formaciones, que han adoptado simpáticas margaritas como logo, una amenaza real a la democracia? Sí, y no. Empecemos por el no. No suponen, a priori, una amenaza a la democracia si reducimos ésta a un simple mecanismo de toma de decisiones por la mayoría. Si la entendemos, por el contrario, como un sistema de gobierno más complejo que combina el gobierno de la mayoría con mecanismos de limitación del poder y la protección de los derechos y libertades de los individuos y de las minorías -la democracia en su interpretación liberal y constitucional-, los populismos de derecha radical suponen, sin lugar a dudas, una amenaza a la misma.


Para entender en qué sentido suponen una amenaza es necesario mencionar al menos brevemente los aspectos ideológicos de estas formaciones. En este sentido, podríamos resumir en tres los elementos ideológicos centrales de los populismos de derecha radical: nativismo (una combinación de nacionalismo y xenofobia), autoritarismo (respeto máximo a las autoridades y anteposición de la seguridad a la libertad) y populismo (anti-elitismo y radicalización de la soberanía popular). Los dos primeros elementos son los que diferenciarían los populismos de derecha radical (excluyentes) de los populismos de izquierda (inclusivos).


PRINCIPIO DE MAYORÍA, EXTREMO


Comenzando con los elementos que les son propios, el nativismo combinado con el autoritarismo supone un desafío frontal al carácter liberal de las democracias europeas, en especial, el concerniente a la protección de los derechos de las minorías (antepondrían el bienestar de la nación por encima de los grupos minoritarios) y de los individuos (antepondrían la seguridad nacional a determinadas libertades y derechos individuales). El elemento populista, qué entendido en su forma más extrema, defiende la supremacía del poder popular por encima incluso de la ley y los marcos constitucionales, supone un desafío frontal a la idea de limitación del poder, limitación que inspiró el diseño de nuestras democracias. En otras palabras, dichas formaciones combinarían estos tres elementos para legitimar democráticamente (“si la mayoría lo quiere…”) sus posiciones excluyentes y autoritarias.


Un ejemplo de cómo opera un partido populista de derecha radical en la práctica lo conformaría el Partido del Pueblo Suizo (SVP). En sus programas electorales afirma abiertamente que la voluntad del pueblo suizo expresada por cualquier mecanismo de democracia directa no puede ser limitada o revisada por la ley ni por la Constitución.  Este argumento les permite atacar ferozmente -y en nombre del pueblo- a aquellos jueces, partidos o cualquier otra institución, que trate de limitar o no implementar las medidas aprobadas por referéndum (cómo, por ejemplo, la prohibición de los minaretes o el establecimiento de cuotas de inmigrantes que contraviene los acuerdos bilaterales con la Unión Europea).


Defienden, por tanto, un modelo de democracia que entiende el principio de mayoría en su forma más extrema, que antepone la seguridad a la libertad, y que debe estar constituido exclusivamente por los elementos (personas e ideas) nativos de la nación.

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