sábado, 23 de junio de 2018
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< ver número completo: Nacionalismo y extrema derecha (I)
Peru Erroteta

​Sorprendente efecto del maquillaje en el nacionalismo catalán

Periodista

El ADN del nacionalismo catalán, nadie lo cuestiona, es de factura netamente conservadora. Sin embargo, a lo largo del “Procés” su discurso ha ido mutando, hasta el punto de presentarse como todo lo contrario. Cosa que, a la luz de los hechos, tiene que ver mucho más con el maquillaje que con la realidad. En cualquier caso, buena parte de los materiales utilizados para ello proceden de la izquierda.


Bandera independentista


Stéphane Michonneau, profesor de historia contemporánea en la universidad de Lille y autor de numerosas obras sobre Cataluña, dice que el nacionalismo catalán forma parte de una oleada de nacionalismos que afloraron un poco por todo en esta época (finales del XIX). En el norte (Noruega), en el centro (Checoslovaquia y los países bálticos), al sur, Yugoslavia y el País Vasco y al oeste de Europa (Irlanda). 


En el siglo XIX, el nacionalismo catalán es un regionalismo que no difiere de otros movimientos del mismo tipo, que afirman la personalidad cultural regional, sin cuestionar su pertenencia a la nación española.


“Es sabido -afirma Michonneau- que el amor a “las pequeñas patrias” es la traducción del sentimiento nacional global”.


El profesor, para quien el nacionalismo catalán en su origen “es esencialmente un pensamiento de reforma de España y una tentativa de conquista del Estado liberal en construcción”, apunta que un parte de las élites catalanas defendían el catolicismo a toda costa. “Era el peso del legitimismo político -denominado en España carlismo- lo que estaba en causa (…) Y esta religiosidad iba de la mano de una modelo social jerarquizado, autoritario y holista, en el que el valor de la comunidad predominaba sobre el del individuo. De manera general, la sociedad era concebida e interpretada como una sociedad del Antiguo Régimen, constituida por estamentos autónomos, dotados de privilegios”.


UN CARLISMO RELEÍDO POR LA PEQUEÑA BURGUESÍA


Estas fuentes originarias del nacionalismo catalán, ancladas en una parte de la burguesía ascendente (mayoritariamente pequeña y mediana, y no alta como a veces se nos ha dado a entender) y el mundo rural, pilotado por la Iglesia, con marcada presencia menestral, no es privativo de Cataluña. También el nacionalismo vasco es un carlismo releído desde la pequeña burguesía urbana de Bilbao. No en vano, Luis Arana, hermano del fundador del Partido Nacionalista Vasco, Sabino Arana, pasó en Barcelona parte de su juventud en los años 80 del siglo XIX, época en la que comenzaba a tomar cuerpo el ideario nacionalista catalán. Existen marcadas diferencias entre ambos nacionalismos, claro está (como, por ejemplo, el mayor peso específico de la burguesía catalana respecto a la vasca), pero en ambos casos está presente el maridaje, aparentemente contra natura, del carlismo y la parte baja del liberalismo, con un papel relevante de la Iglesia. 


El propio Jordi Pujol, en su libro “El caminant davant del congost”, se reclama sin complejos heredero del carlismo: “un movimiento enormemente importante, popular y auténtico”.


Siempre según Michonneau, el nacionalismo catalán “supo aliarse a los círculos carlistas, muy numerosas en la vieja Cataluña pirenaica, asumiendo algunas de las cuestiones que lo estructuran, como la defensa del catolicismo. De otro lado, plantea Michonneau, el catalanismo (como así denomina el profesor el nacionalismo catalán) supo ganar para la causa a una parte de las filas republicanas, lo que le aseguró una presencia en la izquierda desde 1904 (…) A diferencia notable del nacionalismo vasco que permaneció confinado a un partido nacionalista aislado en una sociedad local, el catalanismo, diverso y contradictorio, se convirtió rápidamente en una parrilla común para movimientos políticos de origen diverso”. Y aquí yerra, el profesor, porque, el nacionalismo vasco, salvando siempre las distancias, también se hizo plural y desarrolló movimientos políticos, como Acción Nacionalista Vasca, que se definía como de izquierdas, republicana e independentista, y promovió Solidaridad de Trabajadores Vasco (ELA/STV), un sindicato obrero de gran calado social. Y, en cualquier caso, sería en todo caso muy discutible deducir que la aparición de nuevas lecturas nacionalistas conllevaba un desplazamiento del nacionalismo dominante de derechas hacia la izquierda.


El nacionalismo catalán, también al igual que el vasco, nace en medio de una revolución industrial, que genera en ambos territorios una clase obrera numerosa, organizada y politizada.


La feroz lucha de clases que ocasiona no es ajena al nacionalismo, sino todo lo contrario. Las tensiones sociales y políticas hacen de Barcelona la “Rosa de fuego”, de finales del XIX, y Vizcaya se instituye en cuna del socialismo. La izquierda obrera, anticlerical y revolucionaria, constituye la antítesis del nacionalismo de las clases medias, homogeneizadas por la Iglesia y la burguesía dominante. Entre esos polos, como consecuencia de los trasvases sociales, ideológicos, culturales…, surgen nuevas referencias nacionalistas que, con el tiempo, acaban metamorfoseándose en unas u otras direcciones.


EL NACIONALISMO, COMO LAS CÉLULAS, SE SUBDIVIDE


Así, por ejemplo, nace Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), cuyo ideario originariopoco tiene que ver con el que actualmente profesa, y más tardíamente, ETA en Euskadi o, recientemente la CUP, en Cataluña. Se revindican de izquierdas, pero los hechos ponen tercamente de manifiesto que su naturaleza, su función y sus objetivos últimos no son sino expresiones heterodoxas, simples variables, del original nacionalista, con añadidos de diversa índole, desde luego. Y en esto también se equivoca el profesor Michonneau cuando con, una no muy oculta simpatía hacia el nacionalismo catalán, señala que “en un planopolítico, el catalanismo cumple la misma función integradora, principalmente vehiculizada por las clases medias inquietas. Se trata de una respuesta local a problemas específicos que el resto de España ignora totalmente”.


A diferencia de Escocia, donde el nacionalismo es cosa de un solo partido y, por añadidura, de izquierdas, en Cataluña y en Euskadi el nacionalismo, al igual que las células, se subdivide y tiende a ocupar un amplio espectro social, sin dejar por tanto de ser nacionalista, sino al revés, en la mayoría de los casos. Y lo hace, no de manera mecánica, sino a través de alambicados procesos, a los que no es ajeno el tiempo, las luchas sociales, el contexto, las modas… Por utilizar símiles al uso, podríamos entender que el PDCat, heredera del nacionalismo conservador dominante, es ahora la derecha catalana, ERC representaría una especie de socialdemocracia y la CUP estaría, casi fuera de foco, en la extrema izquierda. Sin embargo, esta visión se difumina cuando, acercando la lupa, se descubre que la razón de ser de todos ellos no es otra que la independencia de Cataluña. Es más, resulta qué en ese espectro, a más aparente contenido social, más independentismo. De hecho, quizá debido a sus orígenes es, paradójicamente, el nacionalismo originario, el más de derechas (PDCat), el que ha hecho más profesión de fe de la moderación. Hasta ahora, hasta que una nota perdida, Carlos Puigdemont, parece dar pruebas de lo contrario. No es este el caso del PNV qué, a pesar de los pesares, sigue fiel a su vocación autonomista.


El cemento nacionalista, que en el caso catalán ha derivado en independentismo extremo, es en definitiva lo que define y explica la razón de ser de las distintas formaciones que en su ideario y práctica priman el hecho nacional sobre cualquier otro. 


ETA, por ejemplo, influida sin duda por un entorno proletarizado, luchas como la de Argelia y figuras como Che Guevara… fue, sobre todo y antes que nada una formación rabiosamente nacionalista y, finalmente, solo nacionalista. Su autoproclamado objetivo de la liberación nacional y social de Euskadi resultó, en definitiva, una mera proclamación de buenas intenciones, cuando no un eslogan destinado a lavar imagen y penetrar en segmentos sociales, históricamente reacios o enemigos del nacionalismo. Eso sí, el carlismo se instituyó, aún sin saberlo los propios implicados, en importante asidero del movimiento radical, no solo porque, como negación del padre, recurrió a lo de los abuelos, sino por su sentido de estar en posesión de la verdad, propia del integrismo católico, su fanatismo y la facilidad con que justificó el recurso a las armas.


LOS NACIONALISMOS TIENDEN A FORMAR FRENTES


Nada de extraño, en fin, que los parientes nacionalistas tiendan a encerrarse en la familia, a instituirse en frentes, cuando tienen mucho más de lo que les une que de lo que separa. Cosa que, como en el caso del “Procés”, deriva frecuentemente en un relato único, para un proyecto común. Un solo pueblo, una sola idea, un objetivo común. Y a estas alturas cabe interrogarse si los distintos nacionalismos son en realidad tan distintos o no tanto, si solo se distinguen por su grado de radicalidad. Y, desde la perspectiva de la izquierda, si más que fomentar no hacen sino obstaculizar las luchas sociales y, constituyen, objetivamente, un estupendo aliado de las clases dominantes. O, por el contrario, partidos que nominalmente se reclaman de izquierdas, como ERC, la CUP o Bildu, ¿Contribuyen a debilitar el nacionalismo y promover la justicia social?

A esta pregunta podría responder Gramsci planteándose la cuestión de la hegemonía ¿Quién o qué es determinante en los procesos? ¿Quién, por ejemplo, detenta la hegemonía en el interior del bloque soberanista catalán? Desde la perspectiva ideológica, la respuesta solo puede ser, clara y rotundamente, el nacionalismo. Y, por añadidura, el nacionalismo con sus peores atributos: etnicismo, supremacismo, clasismo… A partir de ahí, nada de extraño que los hechos políticos deriven hacia lo que todos sabemos en que han derivado.


Y aquí llega lo más chusco de la historia: el paso del nacionalismo por el salón de belleza, con la intención de someterse a un lifting, capaz de desproveerlo de sus rasgos más desagradables, de dotarle de una nueva imagen, acorde con los tiempos, chachi… ¿De qué modo lo ha hecho? Construyendo un relato que, como cualquier cuento nocturno, se narra a los oyentes, sin parar en mientes de su veracidad. Como se trata de ficción, según muchos de sus protagonistas, todo cabe en él. Desde las mentiras piadosas, hasta las trolas desmedidas, los datos tergiversados, las construcciones delirantes, las quimeras… 


Todo, absolutamente todo, está justificado por la causa. Así, en el hilo conductor del discurso van engarzándose eslóganes, consignas, reduccionismos, obviedades… que, repetidas hasta la saciedad, acaban convirtiéndose en doctrina. 


Democracia, libertad, votar es normal, si, un solo pueblo, España nos roba, Franco, hola Europa, etc. etc. etc. Todo ello, bien engrasado por los medios de comunicación adeptos y por una coreografía, cuyo último hallazgo es el color amarillo.


PARTE DEL ARGUMENTARIO PROCEDE DE LA IZQUIERDA


¿Cae todo esto, como la lluvia en primavera, sin comerlo ni beberlo? ¿Es obra del gabinete oscuro (Mas, Vendrell, Homs, Solé) y sus colaboradores? ¿Se trata de una creación propia del intelectual orgánico? ¿Se reduce todo a marketing? Estas y seguramente muchísimas más preguntas podrían formularse en torno al asunto que, dicho sea de paso, no deja de levantar envidias en los círculos activistas. Habrá seguramente de todo y más, como en la Viña del Señor, pero no cabe duda que una parte importante del argumentario del relato procesista le ha sido prestado, regalado o inducido por la izquierda, en ocasiones de manera escandalosa.


Visto el precedente vasco (donde buena parte de los grupos izquierdistas acabaron en Herri Batasuna) nada tiene de extraño que el izquierdismo hiperventilado catalán (entendido como la enfermedad infantil del comunismo) se deslumbrara ante las masas movilizadas, sobre todo si se tiene en cuenta el déficit histórico que por tal flanco afecta al grupusculismo. Si a la fascinación por el “pueblo en la calle” se le suman argumentos como la negación de la Constitución del 78, la radicalidad democrática, el soberanismo, la transversalidad…,entendidas de manera propia, el resultado solo puede ser convertirse en pasto favorito de la propaganda nacionalista. Si todo ello viene adobado con decisiones políticas tan torpes como el llamamiento de Podemos y los Comunes a participar como movilización en el no-referéndum del 1º (tras negarle legitimidad) y la sarta de gestos, guiños, y decisiones puras y duras, como romper la alianza con el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona, el plato no carece de desperdicio. Movimiento en el que no faltaron, sino todo lo contrario, tópicos como el del “eslabón débil” que, aplicado al “Proces”, considera Cataluña como el punto débil por el cual acabará saltando el sistema. En consecuencia, apretando por ahí no hacemos sino contribuir a la revolución.


Fenómeno este de la cesión de materiales ideológicos y políticos al enemigo y, en particular, al nacionalismo, que vuelve a interpelar a la izquierda sobre su tormentosa relación con causas que no solo son las suyas, sino que están esencialmente en contra de su propia razón de ser. 

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