domingo, 23 de septiembre de 2018
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< ver número completo: Nacionalismo y extrema derecha (I)
Carlos Píriz

​Europa, ultranacionalismos y abismos

Investigador en el Departamento de Historia Medieval, Moderna y Contemporánea de la Universidad de Salamanca

Que nuestro continente camina hacia atrás no es ninguna novedad. Entre los numerosos problemas que hoy asolan los países de la UE aparecen (de nuevo) amenazas que lo sitúan al borde del abismo. Una de ellas es el renacimiento de ciertos ultranacionalismos o, mejor dicho, su reapropiación por una derecha autoritaria y extremista. Quizá, si debiéramos ejemplificar esta idea mediante una imagen -darle un significado al significante-, es difícil no recordar a la periodista húngara Petra László zancadilleando y pateando a unos refugiados sirios. Lo mismo adultos que niños.


Islamofobia


Pensamos que estamos a vueltas con los fantasmas del pasado sin darnos cuenta de que lo que tenemos ante nosotros es algo diferente. Ya ha llovido desde que Nolte situase el fascismo en su época. De ese tiempo a esta parte, otros historiadores han demostrado que este ismo ya pasó. El profesor británico Roger Griffin certifica su muerte en 1945. Sin embargo, aún en las últimas semanas de 2017, aprovechando su visita a Valencia, Enzo Traverso era preguntado en una entrevista: “¿Vuelve Europa a los años 30? (…) ¿La historia se repite? ¿Se trata del resurgimiento del fascismo?”. La respuesta fue clara: “Si solo hubiera que contestar sí o no, diría que no”.


DERECHA(S) Y EXTREMA(S) DERECHA(S) EUROPEAS


La crisis primo secular ha sido la gran -pero no única- causante de los “malos recuerdos”. Sus implacables consecuencias no solo económicas sino también políticas, sociales, culturales, de liderazgo y valores, han revuelto el estómago de toda Europa. Un puñado bastante voluminoso de ávidos extremistas ha sabido jugar con ella. Otra vez, viene a la mente una icónica imagen, la del líder de Amanecer Dorado Nikolaos Mijaloliakos, en una de las primeras ruedas de prensa tras conseguir 21 escaños en el Parlamento griego en 2012 y en la que sus matones-guardaespaldas increpaban a los periodistas de medio mundo. Tras estos resultados, dijo: “Ha llegado la hora del miedo para los traidores de la Patria”. Hoy, buena parte de la cúpula del partido -incluido su cabecilla- está inmersa en el proceso judicial por la muerte del rapero antifascista Pavlos Fyssas.


Más allá de esta banda criminal y de las habilidades de algunos para sacar partido a las políticas austericidas de la Troika, otra extrema derecha más fina también se benefició de esta poli-crisis -y no solo en países donde la economía pendió de un hilo-. 


Estas formaciones políticas -algunas de largo recorrido- redoblaron su discurso sobre la defensa de la “identidad nacional”, la xenofobia y el euroescepticismo (cuando no euro-fobia). Nos referimos, claro está, al Frente Nacional (FN) francés, al Partido por la Libertad (PVV) holandés, al Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), al Vlaams Belang belga, a la Liga Norte italiana, al Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) o al Partido Popular danés (DF). Muchos de ellos llevan varias legislaturas con representación en el Parlamento Europeo. Hay quien les ha bautizado como nacional-populistas.


La cronología de acontecimientos de la última década hizo saltar las alarmas al establecer similitudes entre dos factores (las crisis económicas del 1929 y de 2008) y un mismo producto (el ascenso de la extrema derecha). 


Pero examinando con rigurosidad ambos contextos extraemos dos conclusiones llamativas: crisis económica no tiene por qué dar como resultado la irrupción de la ultraderecha (¿dónde está si no la portuguesa, la irlandesa o la española?) y, aunque, se pueden establecer analogías, poco tienen que ver ambos contextos si son estudiados multi-causalmente. A diferencia de lo que muchos piensan, la Historia no la forman repetidos loopings idénticos unos a otros. Este cuento es otro.


DE LA CAÍDA A LA RECONSTRUCCIÓN DE MUROS


Si bien hace décadas las paredes físicas eran derribadas a martillazos, ahora parece estar de moda amenazar con levantarlos (y hasta decir que los paguen otros). En este clima de post-verdad en el que, además, son de uso cotidiano las fake news, estos nacional-populismos ultraderechistas se mueven como pez en el agua. Tanto es así, que en buena parte de Europa ya se han consolidado entre las primeras fuerzas políticas en sus respectivos países. Algunos han quedado a las puertas de la victoria. Pensemos, por ejemplo, en las nada despreciables segundas posiciones de Geert Wilders (PVV) -que lideró durante meses las encuestas-, o de Marine Le Pen (FN) -que llegó a la segunda vuelta de los comicios presidenciales- en 2017. Pero otros, como el FPÖ austríaco, han llegado a entrar en gobiernos de coalición.


En todo este proceso, desde el último lustro ha habido tres factores muy a tener en cuenta. En primer lugar, estaría aquel que responde al refrán que dice: “quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”. 


La política exterior desplegada por Rusia en estos años se ha frotado las manos siempre que ha habido algún proceso en el que intervenir para desestabilizar a la UE. 


A consecuencia, no es de extrañar, por ejemplo, el apoyo del Kremlin a Farage (UKIP) en el marco del Brexit; la visita de Le Pen (FN) a Moscú en la recta final de la campaña de las pasadas elecciones presidenciales; o su injerencia durante el “Procés” donde, por cierto, avivó el ánimo de la extrema derecha española.


En segundo lugar, estaría aquel que responde al refrán que dice: “calumniad con audacia; siempre algo quedará”. Populismo y ultranacionalismo hacen una buena pareja y muchos partidos políticos lo saben. Como resultado, no ha de sorprendernos, por ejemplo, la ratificación de una ley en Polonia que permite castigar con hasta tres años de cárcel a quien relacione los crímenes del Holocausto con “la nación polaca”. Es decir, una ley contra la historia, contra la realidad y contra el rigor. Claro que al gobierno del ultranacionalista Ley y Justicia (PiS) esto poco le debe importar. Y mucho menos ahora.


El tercer y último factor responde al refrán que dice: “cuídame de mis amigos, que de mis enemigos me cuido yo”. La xenofobia propia de estos grupos tiene mucho que ver con la islamofobia. Los últimos atentados en Europa (París, Copenhague, Bruselas, Niza, Berlín, Londres, Estocolmo, Manchester, Barcelona…) han favorecido, además, el uso de retóricas simplistas de chivos expiatorios como la creencia de la existencia de una Quinta Columna yihadista en el continente. A raíz de estos ataques, este fue el discurso adoptado por Nigel Farage (UKIP) o, incluso, por Jacques Myard (LR-La Droite Populaire). La solución: control intensivo de la inmigración y defensa de “lo nacional”.


Hungría, de la que no hemos hablado aún, también tiene lo suyo. Allí el partido ultraderechista Jobbik -reforzado en las legislativas de 2014 con el 21% de los votos- venía dando que hablar por su marcado racismo y sus marchas al más puro estilo de la Cruz Flechada. Su rápido ascenso -fruto, como todos, de un proceso multicausal- permitió, incluso, que azuzasen a ciertas minorías étnicas (principalmente gitanos) a retirarse a guetos urbanos. Pero estas acciones están fuera de lugar, máxime si se está cerca de conseguir el poder -para las próximas elecciones parlamentarias del 8 de abril las encuestas los sitúan en segundo lugar-. Por eso llevan tiempo maquillando y reduciendo la radicalización de su discurso. Por eso despidieron a László sin pensarlo un segundo de “su” cadena televisiva, la N1TV.


Los que nos dedicamos a eso de pensar y repensar conflictos y radicalismos, examinarlos concienzudamente e imbuirnos de sus desoladores testimonios y recuerdos, rencores y tropelías, nos cuesta comprender por qué no seguir transitando la senda de los Derechos Humanos. 


Europa debe dejarse de “inventar tradiciones” -cuanto menos que algunos las enarbolen- y centrarse en consolidar una democracia y unos valoresque nunca han dejado de estar amenazados. Solo así dejaremos de preguntarnos, ¿Por qué este odio, Petra?



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