sábado, 23 de junio de 2018
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< ver número completo: Nacionalismo y extrema derecha (I)
Sergio Gómez Moyano

​El no-nosotros de la ultraderecha y el nacionalismo

​Profesor de Sistemas Políticos y Política Comparada de la Universitat Abat Oliba CEU

La ultraderecha y el nacionalismo, si bien son realidades diferentes, poseen unas actitudes comunes. Ambos dividen el mundo en dos: nosotros y el resto.


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La identidad del nosotros es, sin duda, un aspecto determinante. La sociología enseña que la adquisición de una identidad social colectiva es la garantía de la acción y del éxito del grupo. La identidad colectiva surge como una autodefinición grupal, es decir, como la definición que el grupo hace de sí mismo. Esto es lo que marca el nosotros. Eso no quiere decir que no haya algún tipo de elemento objetivo que todos los miembros del grupo consideren como propio.


La nación no tendría sentido si no existiese una etnia, idioma o tierra con el cual un grupo humano se puede identificar como diferente de los otros.


La gran exaltación de estas diferencias y la más clara demarcación de las mismas hay que encontrarlas en la Europa del Romanticismo. El movimiento nacionalista alemán, por ejemplo, basado mayoritariamente en la común herencia lingüística, vivió su momento de mayor efervescencia después de la invasión napoleónica. Este movimiento condujo a la unificación de Alemania, aunque no todos los países de la época que hablaban en alemán quisieron sumarse a este proyecto. Austria, sin más, se quedó fuera por propia voluntad. Un lugar donde se puede contemplar cara a cara las ideas que inspiraron a este movimiento nacionalista lo podemos encontrar en los discursos a la nación alemana de Fichte, pronunciados entre 1807 y 1808.


La emergencia de los nacionalismos del siglo XIX condujo a sumergirse en la historia y buscar las raíces identitarias en la Edad Media o incluso antes. 


En el caso de Alemania se llegó hasta el romano Tácito (55-120 d.C.), en cuya obra Germania quisieron ver que ya existía una nación alemana, lo cual constituye un anacronismo descarado. Pero cualquier método es bueno para justificar la propia causa. Incluso Hitler utilizó esta obra para afianzar los principios de superioridad de la raza aria.


Los grupos de ultraderecha que están en auge en Europa también se refieren a un nosotros que se distingue del resto. La ultraderecha también necesita un discurso de identidad. Y este se busca en la raza, la religión o el idioma. La ultraderecha europea suele ser blanca, anti-globalista, cristiana y usuaria de una lengua afianzada en la propia tierra, léase de origen latino, germánico, eslavo, etc. En fin, suelen reforzar la idea de recuperar o no perder los valores de la propia tierra.


MOVIMIENTOS SOCIALES REACTIVOS


A todos estos ejes del pensamiento ultraderechista se les puede argumentar si constituyen realmente un eje a partir del cual se puede construir una identidad; pero no es el objetivo de este artículo posicionarse en ese sentido, sino intentar dilucidar el porqué del auge de estos movimientos. Simplemente, nótese que la idea que se suele tener, por ejemplo, del cristianismo es puramente ideológica, en el sentido de que se sostiene el concepto y no la práctica del mismo como excusa o contrapeso al islam.


A los sociólogos modernos les gusta decir que este tipo de grupos se los clasifica como movimientos sociales reactivos o de resistencia; es decir, aquellos que buscan resolver el conflicto con el ambiente cambiante refiriéndose al pasado e hiper-afirmando los valores tradicionales. Por otro lado, estos mismos sociólogos remarcan la existencia de los nuevos movimientos sociales proactivos o innovadores. Estos son lo que resuelven el conflicto entre identidad y diferencia con una huida hacia delante. La diversidad se resuelve en el nacimiento de otra sociedad, de otro ser humano. Aspiran a transformar el modelo general de relaciones sociales entre las personas.


El auge de nacionalismos y de la ultraderecha no proviene, por tanto, de una supuesta mejora de sus discursos de identidad, sino en el problema que suscita esa diversidad que no forma parte del nosotros, es decir, que constituye el no-nosotros.


La actitud occidental de crítica constante a sí misma, ha llevado a nuestra cultura a ilustres descubrimientos y a grandes mejoras sociales. Aunque pudiéramos pensar, por ejemplo, que las ideas de Marx fallan en su análisis primario, no cabe la menor duda de que los movimientos sociales que suscitó ayudaron a muchos trabajadores a mejorar sus condiciones de vida. Por ello, sin despreciar los grandes logros conseguidos por nuestra civilización, el proceso del pensamiento social posmoderno puede ser percibido como una continua e inexorable desintegración de nuestra sociedad, una indefensión cada vez más aguda ante la globalización.


El feminismo es un movimiento social global, surgido en nuestro entorno cultural occidental, que parece querer desdibujar las diferencias entre lo masculino y lo femenino; a pesar de que se le debe reconocer el mérito de haber mejorado las condiciones de vida de millones de mujeres. 


El movimiento por los derechos de la comunidad LGTBI también parece querer disolver otra diferencia: la biológica y sexual, de manera que el ser humano no tenga que resolver su identidad en estos dos conceptos. Pero eso no quita, en absoluto, que gracias a esta haya muchos homosexuales que puedan sentir que su seguridad no corre peligro. El movimiento verde o ecologista, quizá en su vertiente más radical, quiere difuminar la barrera que separa lo humano del resto de seres del planeta. Y esto no menoscaba la gran labor de personas que consiguen concienciar a la humanidad de la necesidad de la sostenibilidad.


SE ESTÁ DISOLVIENDO EL MUNDO EN QUE VIVIMOS


A nivel de los hechos factuales -basta revisar los censos-, la población de nuestros países europeos se ha visto modificada en su composición hasta romper los equilibrios sociales preexistentes. Han entrado en juego factores culturales que antes no se tenían en cuenta como, por ejemplo, la masiva inmigración musulmana. Las grandes capitales europeas cuentan con enormes guetos de cultura islámica, una religión que Europa básicamente conocía porque luchaba con las armas contra ella. Y ahora habita en su seno.


La corriente de opinión mayoritaria o, al menos, políticamente correcta es de la opinión de que hay que aceptar la inmigración, ya sea por una tradición ilustrada de tolerancia y solidaridad o por el sentimiento de culpa por la colonización. 


Por eso, hay que acoger a los extranjeros, aunque sean de una naturaleza tal que contradigan los valores en los que se fundamenta la sociedad en la que van a ser acogidos. De esta manera se disuelven también las fronteras entre lo que los ciudadanos creían que eran y lo que ya no son, porque el entorno en el que viven ha cambiado demasiado.


Por otro lado, en la mente de estas personas es fácil relacionar los atentados islamistas, que ven en la televisión o han vivido en sus ciudades, con sus vecinos musulmanes.


En fin, es fácil pensar que se está disolviendo el mundo en que vivimos y que en el horizonte se vislumbra una nueva era. Si hay un auge de la ultraderecha es porque existe una mayor percepción de amenaza ante esta percepción de disolución.


Tampoco es baladí pensar que esta oleada de aumento de la ultraderecha arranca en la crisis económica. Es fácil percibir a los que vienen de fuera como aquellos que despojan a los locales de la riqueza, esa riqueza que comienza a escasear por culpa de una crisis que para los profanos es difícil de entender pero que se nota en el bolsillo.


Otra causa de esta crecida de la ultraderecha la encontramos en el voto de castigo a las élites gobernantes tradicionales. 


Este voto del descontento se recoge en los partidos de ultraderecha y otros populismos de izquierdas, como el caso de Podemos en España o Syriza en Grecia. Y va ligado con la percepción de la inoperancia de los partidos tradicionales ante esta situación de disolución, cuando no se perciben como causa de la misma. Quien más está sufriendo este castigo es la familia socialdemócrata, formada por partidos que alternaban en el poder con conservadores y que han retrocedido a niveles de partidos menores o casi han desaparecido, como en Francia.


Tanto el nacionalismo como la ultraderecha son, a mi modo de ver, intentos de solución, cada uno con su cantinela, de un conflicto provocado por un mundo cambiante que no puede controlarse, que se escapa de las manos y que, por su incertidumbre, da miedo

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