miércoles, 21 de agosto de 2019
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< ver número completo: Reajuste o crisis económica para este 2019
Antonio Argandoña

Economía española: empujando el año

Profesor Emérito IESE Business School, Universidad de Navarra

Hay un refrán catalán que puede traducirse como “el que pasa días, empuja el año”. Me gusta como lema para las empresas: vale para todos los años, pero me parece muy relevante para 2019.


Economu00eda previsiones


El punto de partida es una desaceleración de la economía global en 2018, que continúa en este año. Sus causas son bien conocidas: la reaparición del proteccionismo; el Brexit; las debilidades políticas en Europa, principalmente en Italia; la pérdida de ritmo de la industria en la Unión Europea, principalmente en Alemania, con el automóvil en primer plano; un repunte del precio del petróleo y la expectativa de normalización de la política monetaria norteamericana, con la expectativa de un alza de los tipos de interés.


Afortunadamente, algunas de estas causas están perdiendo fuerza en 2019: el petróleo ha vuelto a abaratarse, el problema de la automoción parece controlado, y la Reserva Federal ya ha anunciado que va a tomar con calma la posible subida de tipos de interés. Pero, como casi siempre, los economistas nos cubrimos diciendo que los riesgos son a la baja –frase ambigua que quiere decir que, si nos vamos a equivocar en nuestras predicciones, lo más probable es que sea porque fueron demasiado optimistas.


Aunque no puede desconectarse de todo lo que pasa más allá de nuestras fronteras, el panorama español es más optimista.


Las exportaciones acusan el menor crecimiento de la demanda exterior, pero la demanda interior se mantiene firme, especialmente el consumo. Lo que, en definitiva, mueve el gasto de las familias son el bolsillo y las expectativas. El bolsillo, es decir, la renta disponible, aumenta por el crecimiento del empleo y la mejora del poder adquisitivo de los salarios, fruto de una inflación moderada, de un mejor tratamiento fiscal y de un buen ritmo de concesión de crédito. Las expectativas vienen dadas por una sensación de confianza, basada, me parece, en que las empresas no manifiestan un especial nerviosismo, aunque sus inversiones acusan el impacto de las menores ventas en el exterior. Finalmente, el sector público está practicando una política más bien expansiva, alentado, probablemente, por la proximidad de elecciones.


Este es el entorno en que se mueve la actividad económica en 2019. Las expectativas son buenas, aunque no óptimas. Es de esperar que las incertidumbres exteriores se vayan moderando. La economía norteamericana crece con fuerza, y su política monetaria vuelve a ser neutral. China sigue siendo un riesgo, pero limitado, porque no parece que vaya a perder ritmo de manera significativa. Europa no pasa su mejor época, pero tampoco parece que vaya a caer en una recesión en los próximos años. No sabemos qué ocurrirá con el Brexit, pero todo hace pensar que su coste para España, en el peor de los casos, no será excesivo, salvo para algunas empresas y sectores.


En España estamos empujando días, y así va pasando el año. La incertidumbre política se nota sobre el clima ciudadano, pero no tanto como para meter miedo a los consumidores o a las empresas, de manera que las inversiones continuan. Las condiciones financieras no parece que vayan a cambiar, a corto plazo. Las exportaciones y el turismo no están en su mejor momento, pero tampoco parece que vayan a empeorar.


El Banco de España publicó hace poco sus previsiones de crecimiento del PIB real. Vale la pena ver la trayectoria: 2017, 3%; 2018, 2,5%; 2019, 2,2%; 2020, 1,9%; 2021, 1,7%. Moraleja: pasamos días, pero… cada vez nos cuesta más empujar el año.


Esto tiene dos lecturas extremas, y todas las intermedias que el lector quiera hacer. Una es: a pesar de los problemas, seguimos avanzando, y a mejor ritmo que nuestros socios europeos: ¡adelante!, ya volverán los tiempos mejores. Otra es: el globo se está deshinchando, y no se trata de un problema transitorio: ¡adelante!, pero hace falta algo más que empujar los días. La primera postura se fija en las cifras a corto plazo, como el que, al salir de casa, mira si está nublado, para saber si debe llevar el paraguas. La segunda consulta las previsiones meteorológicas y se fija, además, en otros indicadores.


Algunos de esos indicadores señalan problemas de carácter estructural, que no se solucionan con crecimientos del uno o dos por ciento.Por ejemplo: este año el Banco de España estima que cerraremos las cuentas públicas con un déficit de alrededor del 2,5% del PIB, una cifra que sería normal en un país en recesión, pero no en una economía que ya ha superado la crisis, tiene un crecimiento decente y está generando niveles de deuda pública próximos al cien por cien del PIB.


Seguimos teniendo una tasa de paro demasiado alta (14% esperado, a finales de 2019, después de seis años de recuperación del empleo); los jóvenes y los menos cualificados siguen teniendo grandes dificultades para conseguir un puesto de trabajo decente, y los resultados del sistema educativo dejan mucho que desear, mientras que las empresas se quejan de que no encuentran la mano de obra cualificada que necesitan. ¿Qué pasa aquí? Tenemos un mercado de trabajo dual, con demasiados contratos temporales. El estado del bienestar es difícilmente sostenible, debido a un problema demográfico que muchos denuncian, pero las llamadas partes sociales no se mueven. ¿Qué pasa aquí? La desigualdad es grande, no tan grave como algunos señalan, pero suficientemente importante como para preocuparnos, por razones de justicia y por estabilidad política.


¿Por qué son relevantes esos problemas, que hemos calificado de estructurales? A largo plazo, porque nos impiden crecer a tasas más altas, lo que nos permitiría crear más empleo, generar más ingresos públicos y privados y dejar a las generaciones futuras una economía más sólida. 


Crecer más no es un imperativo, pero sí algo necesario, si queremos un país con un nivel de vida alto, calidad medioambiental y oportunidades para todos.


Y, a corto plazo, porque… no podemos rechazar la posibilidad de que la economía mundial, la europea o la española puedan sufrir un shock negativo, como la crisis financiera de 2007. ¿Estamos preparados para una perturbación financiera, que ponga en peligro el sistema financiero, como ocurrió hace una década? Un problema que, probablemente, no empezará en nuestra casa, pero que se contagiará a nuestros bancos con gran rapidez. ¿Podremos seguir confiando en que el Banco Central Europeo siga sosteniendo al sistema financiero y a los gobiernos deficitarios, como hasta ahora? ¿De qué medios dispone la economía española para hacer frente a una recesión, si se produce, cuando algunos partidos proponen desmantelar algunas reformas estructurales adoptadas en los últimos años, o cuando los gobiernos no aprovechan las fases de crecimiento para sanear sus finanzas?


Perdone el lector si le he creado una preocupación que no tenía. Ya he dicho antes que 2019 se presenta como un año relativamente bueno: empujemos cada día, que, al final, pasaremos el año. Pero, del mismo modo que una empresa bien dirigida se preocupa de controlar sus riesgos, todos sus riesgos, vale la pena que nos preguntemos de vez en cuando, en medio de la monotonía de ir empujando los días: ¿y qué puedo hacer si, de repente, la carretera por la que empujo mi empresa, día a día, aparece cortada? 

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