miércoles, 21 de agosto de 2019
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< ver número completo: Reajuste o crisis económica para este 2019
Mª Jesús Fernández

La economía española en 2019: riesgos procedentes del exterior

Economista Senior de Funcas

La economía europea atraviesa por una fase de acusada desaceleración desde mediados del pasado año, a la que la economía española se ha mantenido ajena en gran medida, al menos hasta el momento. El crecimiento del PIB español en 2018 se ralentizó hasta una tasa del 2,5%, pero el ritmo intertrimestral se mantuvo estable en el tercer trimestre en un 0,6% y en el último incluso se aceleró hasta el 0,7%, en agudo contraste con el brusco frenazo de la zona euro, que pasó de tasas del 0,4% en los dos primeros trimestres del año a un 0,1% y un 0,2% en el tercero y cuarto, respectivamente. Especialmente alarmante fue la caída del PIB en Alemania en el tercer cuarto del año y la entrada de Italia en una situación de recesión técnica.


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Este frenazo ha tenido su origen en la industria, concretamente en el sector del automóvil, cuya actividad se paralizó en casi toda Europa al final del verano como consecuencia de las disrupciones provocadas por la adaptación a los cambios normativos en los procedimientos de medición de las emisiones. El estancamiento de las ventas en los últimos meses, muy generalizado en todo el continente, como consecuencia de las incertidumbres que sienten los compradores ante las posibles medidas restrictivas a la circulación que se pueden adoptar –o ya se están adoptando- en numerosas ciudades, también está repercutiendo negativamente en la actividad del sector.


Todo ello ha coincidido con una acusada caída del comercio internacional, derivada en gran medida del debilitamiento del crecimiento en China –cuya magnitud puede ser más intensa de lo que indican las cifras oficiales-, lo que puede contribuir a explicar la repentina recaída de la economía europea. 


Otro factor explicativo es la incertidumbre sobre el impacto de las guerras comerciales en la organización de las cadenas de producción globalizadas, que puede haber frenado la inversión internacional.


Finalmente hay que mencionar otra incertidumbre que puede estar lastando la inversión, que es la derivada del Brexit.


La actividad industrial también sufrió un retroceso en España en el último trimestre del año, aunque no se limitó al sector del automóvil sino que fue muy generalizado y vinculado también a la pérdida de dinamismo de las exportaciones que ya se observaba desde el inicio del ejercicio. No obstante, el impulso del resto de sectores económicos, empujados por la fortaleza de la demanda interna, compensó la evolución negativa de la industria.


Precisamente este elemento, el elevado dinamismo de la demanda interna, es lo que marca la diferencia entre España y el resto de la zona euro. Tanto el consumo privado como el consumo público y la inversión crecieron en España sensiblemente por encima de la eurozona en 2018. Esta pujanza es el resultado de la intensa creación de empleo y la contención de los costes laborales, así como de la caída de los tipos de interés, que ha hecho posible un notable descenso en los pagos por intereses de la deuda de hogares y empresas.


El crecimiento de la demanda nacional y del PIB desde 2014 no ha sido acompañado, al menos hasta el momento, por la generación de desequilibrios (en el sector privado): no ha aumentado el endeudamiento (al contrario, se ha reducido), tampoco se ha generado un déficit exterior, ni se ha perdido competitividad en costes (aunque esto puede empezar a cambiar), ni se ha formado ninguna burbuja en ningún sector (pese a la bonanza del sector de la construcción y el aumento del precio de la vivienda, no estamos ahora mismo en una situación de burbuja) y además la banca está saneada.


Sin embargo, sí se ha producido un punto de inflexión en la situación del balance de los hogares. La tasa de ahorro de estos se ha reducido hasta tal punto que su saldo financiero vuelve a ser deficitario, es decir, los hogares vuelven a encontrarse en una situación de necesidad de financiación, cuya manifestación más clara es el aumento del crédito al consumo.


Esto no implica que nos encontremos ante la generación de un nuevo desequilibrio macroeconómico, ya que la renta disponible de los hogares crece más que su deuda y la carga que supone el pago de la misma está en mínimos históricos debido a los reducidos tipos de interés. Estos, además, se van a mantener en niveles muy bajos durante mucho tiempo. Por ello, los hogares no se encuentran en riesgo de incapacidad para hacer frente al pago de sus deudas, por lo que es improbable que se vean inducidos a contraer el gasto (en términos macroeconómicos; por supuesto, puede haber hogares individuales que sí se encuentren en dicha situación). No obstante, debemos mantenernos vigilantes ante la posibilidad de que un continuo crecimiento del déficit de los hogares conduzca a una situación de riesgo en el plazo de unos pocos años.


Es muy improbable, por tanto ,a medio plazo, una recesión procedente de factores internos, ya que, ante la ausencia de desequilibrios, no es esperable el desencadenamiento de los mecanismos macroeconómicos que conducen a una economía a su autoajuste. 


Lo que sí cabe esperar es una ralentización debido al agotamiento natural de la capacidad de crecimiento de la demanda a medida que el ciclo avanzayal final del impacto de ciertos shocks positivos de los últimos años. Así, este año se prevé que el crecimiento se sitúe ya por debajo de la tasa de crecimiento de largo plazo, que es del 2,5%.


No obstante, esto no significa que no exista riesgo de recesión. Los riesgos existen, pero proceden del exterior. Un deterioro intenso de la economía internacional impactaría en la economía nacional por la vía del descenso de las exportaciones, que conduciría a una caída de la actividad industrial, de la inversión, del empleo y, finalmente, del consumo.


En caso de que este shock externo sucediera, hay dos elementos que podrían amplificar su impacto. El primero es el mencionado reducido nivel de la tasa de ahorro, que aunque por sí mismo no es, por el momento, un factor potencialmente desencadenante de una corrección, sí convierte el consumo en una variable macroeconómica vulnerable ante un cambio de ciclo, ya que en caso de un freno intenso del crecimiento la incertidumbre impulsaría a los hogares a intentar recomponer dicha tasa realizando un ajuste del gasto, lo que agravaría la situación.


El otro elemento es ahora mismo el mayor factor de vulnerabilidad de la economía española, el elevado déficit estructural de las cuentas públicas y su elevado endeudamiento. 


Esto implica que no existe margen de maniobra para realizar una política fiscal expansiva en un contexto de cambio de ciclo, ya que el déficit y el endeudamiento se dispararían hasta niveles que pueden generar dudas sobre su sostenibilidad. Esto podría desencadenar tensiones en los mercados financieros y elevar nuestra prima de riesgo, obligándonos a realizar un ajuste fiscal justo en medio de un contexto de debilidad económica. Así, tras una etapa de crecimiento superior a la media de la eurozona, favorecido por un consumo que crece al límite de lo que permite la renta disponible y por un ajuste fiscal incompleto, nos encontraríamos con una crisis más intensa que en dicha media, derivada del escaso margen de maniobra que dejan en herencia ambos desarrollos. Esta amplificación de las fases de expansión y de crisis es una característica tradicional de los ciclos económicos en España.


No obstante, la probabilidad de este escenario de riesgo con origen en la economía internacional ahora mismo parece reducida. La mayoría de analistas considera que el deterioro que ha sufrido la economía europea en los últimos trimestres es un bache transitorio, por lo que no afectaría a las perspectivas de crecimiento de la economía española, que proseguiría su senda de suave desaceleración según lo previsto. Pero hemos de permanecer vigilantes, ya que si la situación en Europa sigue empeorando podría desembocar en un frenazo económico de mayor magnitud. 

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