martes, 26 de marzo de 2019
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Rodolfo Rieznik

​Islandia, entre la envidia y la realidad

Doctor en Economía y miembro del Patronato de Economistas sin Fronteras

Islandia se codea en cifras con la élite del mundo desarrollado rico: 76 mil dólares de renta per cápita en 2018. Es el quinto país del mundo en ingreso por habitante, parangonando a Luxemburgo y Suiza, paradigmas mundiales de la riqueza económica, confort personal y bienestar social, entre otras cualidades de los que exhiben opulencia monetaria. Islandia ¿se mira en el espejo de la abundancia o es una leyenda que la crisis financiera del año 2008 desnudó?


Islandia Puerto


Cerca del ártico, entre dos continentes, con apenas 350 mil habitantes, cercados por volcanes activos y glaciares, recostados al borde del mar, los islandeses fueron “encomendados a dios” por su primer ministro una tarde de octubre de 2008. Ese día, la quiebra de sus tres primeros bancos colapsó al país y lo aproximó al abismo económico.


Islandia era una economía productiva limitada, de servicios, sencilla, del aluminio, de la pesca, del turismo y la construcción doméstica y que en un corto período de tiempo, en la primera década del siglo XXI, erigió una fenomenal estructura financiera. 


Un año antes del cataclismo bancario, en el 2007, los activos de la banca habían escalado hasta superar en un 45% al PIB. 


Los tres bancos más grandes: El Kaupthing, Glitnir y Landsbanki en cinco años, entre 1998 y 2003, habían multiplicado su balance por tres y llevado la deuda externa hasta los 88 mil millones de dólares, cinco veces el PIB de apenas 18 mil millones. El crecimiento de la economía real, en torno al 6,5% promedio, registrado en los cinco años anteriores a la hecatombe no justificaban ni las cifras de endeudamiento externo ni los pasivos expandidos de la banca.


La explicación, lógicamente, no se fundamentó en la economía real sino en la ficción financiera. En el año 2001, China entró en la Organización Mundial del Comercio (OMC) e irrumpió competitivamente en el escenario capitalista de principio del milenio XXI , agravando la tendencia ya por entonces negativa de la acumulación productiva rentable de la economía global. La globalización apresurada del último cuarto del siglo XX no compensaba los retos del capital riesgo privado. Las privatizaciones de empresas públicas se convirtieron en presa fácil del apetito por el lucro derivado de la liquidez del capital en búsqueda de opciones de ganancias más atractivas. La desregulación bancaria, simultáneamente, liberaba al capital de los controles monetarios nacionales. La literatura académica le puso “palabro” a este panorama emergente de la economía global de fin de siglo:  La financiarización.


Islandia, apéndice cercano y próximo al mundo desarrollando, ex colonia noruego-danesa, los vikingos de occidente eran un eslabón débil, pequeño en habitantes, inhóspito en geografía y acotado en dimensión económica, como para resistir los embates de la ambición desmedida del capital financiero. La diferencia con las incursiones prepotentes de las finanzas en otras regiones del mundo: América Latina, la Europa del Este, Asia o África, era que Islandia era territorio humano amigo, conocido y de fácil control. Fue el ambiente ideal para hacer de Islandia un objeto del deseo de la financiarización.


Antes el siglo XX la economía islandesa era tan pobre, precaria y de subsistencia que no requería de una banca propia y la circulación fiduciaria venía garantizada por la metrópoli danesa. 


La propiedad estatal inicial del sistema financiero convenció a los islandeses para que entregaran sus ahorros en forma de depósitos y cuentas corrientes. Los Islandeses confiaban en su sistema financiero. La inserción externa creciente de la economía islandesa al conjunto del mercado europeo, mediado el siglo XX, estimuló la consolidación de una economía y unas finanzas más sólidas que condujeron al nacimiento de una banca privada más importante al calor del desarrollo incipiente de un sector agropesquero y semimanufacturero de materias primas exportador.


Es ya, en los años 90 del siglo pasado, en la década neoliberal mundial de las privatizaciones por excelencia, cuando a través de procedimientos oscuros y amañados, la élite empresarial y política de Islandia se hace con control total de los bancos públicos. Y fue en el año 2003, una vez finalizado el traspaso de propiedad de todo el sistema financiero islandés, cuando los tres grandes bancos privados islandeses mencionados más arriba, Kaupthing, Glitnir y Landsbanki, salieron a captar pasivos a corto plazo. Se aprovecharon de los bajos tipos de interés vigentes en Europa desde el nacimiento del euro y de la liquidez monetaria de fin de siglo.


Las inversiones del dinero recogido se colocaron en una panoplia de activos financieros que iban desde créditos tradicionales al aluminio y a la construcción a otros de carácter puramente financieros respaldados, a su vez, por una cadena multiplicada de subyacentes y productos monetarios estructurados. Todos ellos rebosaban en riesgo, incluso los dirigidos a la economía productiva circulaban por la bolsa inflando los precios de las acciones con altos retornos, tipos de interés, que sostenían coyunturalmente el circuito reproductivo –especulativo financiero. No había correspondencia entre los plazos a corto de la deuda y las inversiones de largo plazo. El mercado interbancario terminaba cerrando la brecha del servicio de la deuda. Además, la novedad tecnológica de las punto.com sirvió para atraer, a través de la banca digital, por internet, depósitos en el exterior, Reino Unido y Holanda, fundamentalmente. Captando a unos 300 mil clientes, casi tanto como la población islandesa.


En fatal sintonía con lo sucedido en el conjunto de las economías capitalistas desarrolladas, la quiebra de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, fue el pistoletazo de salida para la explosión de la burbuja acumulada en el sistema financiero islandés. Un mes después, el primer ministro Geir Haade anunció la bancarrota nacional. El sistema financiero dejaba una deuda de 10 veces el PIB y hundía en las tinieblas a toda la economía islandesa.


EL RESCATE IMPOSIBLE


La magnitud del desastre impidió una solución inmediata a la quiebra de los bancos. Islandia no podía acudir al rescate porque no tenía como hacerlo. La crisis arrastró una indignación ciudadana extraordinaria, con grandes movilizaciones y protestas que obligaron a poner a debate como reflotar los bancos y si había que honrar las deudas de los especuladores extranjeros. Para aplacar la ira ciudadana el gobierno convocó a consultas para decidir sobre el pago de la deuda foránea de los bancos quebrados. El resultado fue negativo. El conflicto, especialmente con los ingleses, derivó en un congelamiento de las cuentas de los bancos islandeses en el Reino Unido que recurrió a la legislación antiterroristas para expropiar los activos del gobierno islandés en territorio inglés.


Un mes después el FMI, en noviembre de 2008, lideró un paquete de ayuda urgente en préstamos y swaps con condiciones stand by ,esto es, con controles de política económica para rescatar, no al país , sino al sistema financiero. Concurren al salvamento Alemania, Holanda, Reino Unido Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca y hasta las Islas Feroe con una cifra cerca del 3% de su PIB. Incluso, por razones estratégicas, participaron los rusos. En suma, la ayuda fue inmediata y se articuló en un respaldo monetario superior a la economía anual de Islandia. Y simultaneó con un aporte de liquidez para respaldar las inversiones de los clientes especuladores extranjeros, ingleses y holandeses principalmente. El objetivo fue que no cundiera el pánico en un momento de hundimiento financiero global que creara un precedente peligroso para los dueños de la masa ingente de las finanzas mundiales, varias veces superior al producto real de la economía.


ISLANDIA ENSAYO GENERAL FRENTE A LA CRISIS


Islandia no fungió como un ensayo general de cómo actuar frente a catástrofes bancarias y que a la bancarrota de Lehman Brothers había puesta dramáticamente en escena. No fue un rescate de los ciudadanos de Islandia a quienes la crisis los atrapó dramáticamente. Desocupación, perdida de ahorros, devaluación salarial, precariedad laboral, recorte de servicios y prestaciones sociales ,elevación de impuestos indirectos, entre otras cosas, fueron el resultado. Sencillamente se trató de evitar el pánico en un momento extraordinariamente convulso de las finanzas mundiales y transmitir la voluntad política del establishment de las finanzas de que los cracs financieros no evaporarán la riqueza de los grandes patrimonios. Un país del tamaño de Islandia podía permitir una inyección de recursos mayor a su PIB.


Por aquellos años, entre 1990 y 2002, Argentina, un país de la periferia mundial, en cualquier caso 20 veces mayor que Islandia, se enfrentó en varias ocasiones al default de la deuda externa. En todas las ocasiones a la Argentina se la dejó caer y que su economía se derrumbara estrepitosamente con políticas económicas de ajuste social duro y de empobrecimiento del país y de los ciudadanos. Para, a continuación con devaluaciones competitivas o dolarizaciones forzadas de la economía en aras de un país económicamente competitivo asegurar la tesorería de dólares para el pago a los acreedores de la deuda financiera.


LOS MITOS DE LA SOLUCIÓN ISLANDESA


En cualquier caso, a 10 años de la quiebra los mitos de que Islandia afrontó la debacle de las finanzas con una solución más digna se diluyen en el análisis de las variables reales, económicas y políticas: La corona islandesa se devaluó un 50% respecto a 2007, el PIB no recuperó los valores de 2007 hasta 10 años después, la desocupación se elevó hasta al 8% (era un país prácticamente de pleno empleo). Los impuestos indirectos subieron y los directos bajaron. El 10% de los hogares perdieron sus ahorros, 10 mil personas, un 3% de la población, fue desahuciada de su vivienda. El país perdió población, los islandeses emigraron; se calcula en términos netos unas 10 mil personas, dos generaciones teniendo en cuenta que nacen un promedio de 4,5 mil bebes por año.


La recuperación poblacional viene siendo de la mano de los emigrantes demandados en tareas precarias asociadas al boom del turismo, como en España.


Aun habiendo recuperado La competitividad a través de la industria turística (Islandia recibe al año 2,5 millones de visitantes, 7 veces sus habitantes) las dos compañías de aviación que habían creído extraordinariamente al calor del boom turístico: Icelandair y Wow Air están al borde de la quiebra amenazando con el desencadenamiento de una nueva ola de bancarrotas. Finalmente: los dos grandes partidos políticos involucrados en la crisis de 2008 siguen el poder: El Progresista y los Independientes, sólo que acompañados por los verdes de Izquierda. Los juicios a los responsables de la bancarrota, aun cuando se saldaron con condenas no mantienen a nadie en la cárcel. Islandia tranquilizó momentáneamente a las finanzas, pero no a los ciudadanos. Aun así Islandia confunde a unos y otros: según Naciones Unidas es el noveno país más desarrollado del mundo y la base de datos macro del FMI nos informa que es el quinto, de 196, en renta per cápita.

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