domingo, 21 de julio de 2019
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Elvira Méndez Pinedo

Islandia-España: 2008-2018. Dos países a diez años de la crisis

Catedrática en la Facultad de Derecho de la Universidad de Islandia

¿Qué tienen en común Islandia y España? Dos países tan obviamente diferentes y tan lejanos entre sí: uno nórdico, luterano, pacífico, perdido en la periferia del Atlántico, caracterizado por la cultura del trabajo y el otro sureño, culturalmente católico, tocado por una historia europea de guerras y enfocado al buen vivir así como a una cultura del ocio. Pues la respuesta es inusual, tienen bastante más en común de lo que inicialmente parece.


Mapa de europa


Sorprende mutuamente tanto a españoles como a islandeses descubrir que muchos rasgos de nuestro carácter son comunes: la pasión por la vida, una energía desbordante (sobre todo cuando luce el sol), la improvisación, la falta de organización y planificación confiando en que las cosas se arreglarán por si solas, y, ante todo, una creatividad innata, una confianza última que lleva a terminar los proyectos en el último momento de forma genial y brillante. Sorprendente, sí, que Islandia y España se parezcan en algo.


A pesar de obvias diferencias, estas dos sociedades han tenido que solucionar retos y problemas similares tras afrontar, bien de forma radical en 2008 bien más gradualmente durante 2008-2018 diversas crisis: financiera, económica, social y política. 


Diez años han pasado desde entonces ¿Qué hemos aprendido en este tiempo?


Sin entrar en detalles, ambos países tuvieron un problema grave e urgente, cómo afrontar una gran depresión: eso significó ajustar su tren de vida, equilibrar la balanza de pagos de exportaciones/importaciones, rescatar a su sector financiero doméstico y restructurar su sector bancario (cajas de ahorro en España), lidiar con una deuda pública en torno al 100% del PIB, y reducir un problema de sobre-endeudamiento del sector privado, amén de otras cuestiones.


Las consecuencias de la crisis sobre la economía no fueron tan distintas como pudiera parecer en principio, se trata de un tema con variaciones.


En Islandia se contuvo la pérdida de empleo por una emigración hacia Escandinavia y países desarrollados (pérdida de dos generaciones) pero se desbocó la deuda privada (por la indexación del crédito e hipotecas a divisas extranjeras y a la inflación que siguió la devaluación brutal de la moneda). En España la deuda nominal en euros se mantuvo estable pero se perdieron los trabajos y los ingresos. En ambos casos la consecuencia fue similar: a nivel macro la economía se contrajo y a nivel micro familias y empresas no pudieron cuadrar ingresos y gastos, muchas familias perdieron sus hogares y se vieron en situación de bancarrota o perdieron sus viviendas y negocios. Sin el sector privado tirando del avión de la economía solo quedaron los motores del sector público y la exportación para que planease dicho avión. Difícil reto para ambos países.


Ahora bien, fueron sin embargo las diversas metodologías que se adoptaron así como factores externos las que distinguieron a estos dos sociedades y las que han permitido a Islandia recuperarse milagrosamente en una década y a España a sufrir un proceso largo de ajuste al borde de la estagnación del que no acaba de salir.


Fuera de la Unión Europea y de la zona euro (a pesar de estar en el Espacio Económico Europeo junto a Noruega y Liechtenstein), Islandia adoptó soluciones drásticas justificadas por la emergencia de la situación: devaluación de su moneda local, la corona (circa 50%), intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI) y restricciones a la libre circulación de capitales (básicamente para asegurar la supervivencia de la corona islandesa). Aun así, hubo consenso social para intentar proteger en la medida de lo posible a los más desfavorecidos. España, dentro de la Unión Europea y habiendo perdido su soberanía monetaria en la zona euro, tuvo que proceder a una devaluación interna igualmente dolorosa: desempleo, ajuste de salarios, reforma y precariedad laboral, recortes en educación, sanidad y políticas sociales. La austeridad impuesta por las exigencies de la gobernanza del euro llevó a un aumento de la desigualdad, que afectó sobre todo a aquellos más vulnerables.


A partir de ahí, todo diverge. Islandia resurge de sus cenizas ayudada por sus ricos recursos naturales y energéticos así como por una política monetaria y fiscal independientes y, sobre todo, al hecho de situarse como destino turístico novedoso tras la erupción del volcán Eyjafjallajökkullen 2010.


De recibir a 300.000 turistas en 2001 pasa a más de 2 millones en 2018.


Tras unos años difíciles, Islandia devuelve el préstamo al FMI y congela el proceso de adhesión a la Unión Europea iniciado en 2009. Entra en una nueva espiral de crecimiento que parece frenar en 2018.


Esto no quiere decir, por supuesto, que la economía islandesa esté libre de problemas. La alta inflación y las crisis periódicas son estructurales. Su falta de sincronización con la zona euro se debe al hecho de ser una economía de tipo emergente, con más crecimiento pero de más riesgo (aunque solo sea por tener la moneda independiente más pequeña del mundo, respaldada únicamente por 350.000 habitantes). 


Es una economía “de la montaña rusa”, emocionante pero vulnerable e inestable, lo que corresponde a un país, además, muy joven cuya edad media ronda los 36 años.


España, a pesar de su gran potencial y grandes activos como sociedad y econoomía, sigue lastrada por problemas de difícil solución: alto desempleo, sobre todo juvenil, precariedad laboral, envejecimiento de la población, insostenibilidad del sistema de pensiones, etc.


Si hubiera que encontrar la diferencia fundamental entre políticas económicas, quizás el factor esencial sea que España grava el trabajo con cargas sociales directas (lo que conduce al desempleo ex-ante); mientras que Islandia ocupa a casi toda su población mediante cargas reducidas y grava en cambio ex-post el consumo, el ocio, la vida social (lo que para muchos equivaldría a gravar el “buen vivir”). Junto a las cargas sociales que en un caso gravan el trabajo y en el otro se recaudan sobre todo vía impuestos indirectos; España cuenta con un sistema de pensiones intergeneracional y colectivo mientras que Islandia cuenta con un sistema de pensiones de capitalización individual (obligatorias por ley). Podría decirse de este modo, forzando un tanto el argumento, que España crea estructuralmente desempleo mientras que Islandia conduce a otros problemas no menos graves (indices mayores de depresión y ansiedad, lo cual resulta conforme a los datos en consumo de ciertos medicamentos según la OCDE). La geografía, latitud y el clima exageran por supuesto las diferencias existentes entre una política económica mediterránea del ocio y otra nórdica del trabajo. Pero, junto al clima, los incentivos económicos y fiscales son parte importante de las políticas públicas. 


Aún así, ningún modelo es perfecto, depende finalmente de preferencias vitales como sociedad.


Pero, una vez más, y a pesar de las diferencias, la crisis ha puesto de relieve cómo los retos y turbulencias que nos esperan comos ociedades son comunes puesto que se trata de cuestiones que nos trae este nuevo siglo: cómo reformar matrices económicas productivas basadas excesivamente en el turismo y el empleo de bajos salarios y baja productividad;,cómo construir modelos de economías sostenibles e inclusivas que, fundadas en el capital humano y los derechos fundamentales, respeten los límites y recursos de nuestro planeta; cómo afrontar los retos de una gran fragmentación política y nuevos partidos emergentes; cómo mejorar nuestras democracias representativas con mayor participación ciudadana; cómo reformar constituciones un tanto desfasadas por la aceleración de la historia; cómo tasar los ingresos del trabajo de individuos y de capital y de sociedades multinacionales de forma más justa en esta nueva economía; cómo redistribuir los recursos entre los individuos más o menos necesitados, regiones que se despueblan y sector esemergentes/en crisis; cómo conciliar una vision cosmopolita e humanitaria del derecho con una dimension igualmente necesaria comunitaria, basada en una identidad, lengua común y territorio; cómo afrontar un populismo de análisis certero y promesas demagogas e imposibles. Cómo mejorar, al fin y al cabo, el nivel de vida de los ciudadanos y solucionar sus problemas reales.


Porque en ambos países la crisis ha producido el mismo efecto: un abismo entre una clase política privilegiada que vive en su burbuja de intereses partidarios y sectoriales y una clase de ciudadanos indignados, escandalizados y hastiados de ver cómo esa refundación del capitalismo que se prometió tras la crisis no ha llegado nunca a materializarse. A diez años de la crisis, tanto el islandés medio como el español medio han aprendido esto: nada fundamental ha cambiado, todo sigue fundamentalmente igual.



Elvira Méndez Pinedo P se formó en Derecho comunitario europeo en las universidades Paris II-Assas y Alcalá de Henares. Ha realizado estancias de investigación en Estados Unidos, Italia y Bélgica. Es catedrática en la Facultad de Derecho de la Universidad de Islandia donde trabaja desde 2007 como docente a nivel de postgrado e investigadora. Asimismo es responsable del área del Derecho de la Unión Europea y Espacio Económico Europeo en dicha facultad.

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