miércoles, 19 de diciembre de 2018
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< ver número completo: Nacionalismo y extrema derecha (I)
Holm-Detlev Köhler

​El nacionalismo, la gran desgracia del mundo actual

Profesor de Sociología en la Universidad de Oviedo

"Sabemos desde el siglo XVIII, gracias a la Ilustración y el empeño posterior de los historiadores críticos, que todas las historias nacionales y credos patrióticos se fundan en mitos (...), ya que estos mitos, manejados sin escrúpulo como un arma ofensiva para proscribir la razón y falsificar la historia, pueden favorecer y cohesionar la afirmación de "hechos diferenciales" insalvables, identidades de calidad agresivas y, a la postre, glorificaciones irracionales de lo propio y denigraciones sistemáticas de lo ajeno." (Juan Goytisolo).


LA LIBERTAD GUIANDO AL PUEBLO


El nacionalismo como fenómeno político de masas es algo muy reciente. Antes de la I Guerra Mundial solo unos veinte estados europeas y americanas tenían algo como una conciencia nacional. Los nacionalistas del siglo XIX concebían la unificación nacional como la superación de los separatismos y de la 'balcanización' por encima de diferencias étnicas, culturales y lingüísticas. Solo muy a final del siglo XIX emergieron ideas esencialistas de naciones étnico-culturales como expresiones de sujetos colectivos antiguos en búsqueda de su autorrealización en forma de un estado-nación. Cualquier análisis serio no solo revela estas construcciones como mitos y artefactos inventados, sino que además niega la posibilidad de la coincidencia entre una nación étnica y culturalmente homogénea con un territorio determinado. 


Ni las limpiezas étnicas de gobiernos nacionalistas han sido capaces de eliminar la plurinacionalidad de cualquier territorio.


No eran las naciones que se crearon sus Estados sino los Estados modernos con sus monopolios de poder centralizado que mediante políticas militares, educativas, culturales y mucha represión fomentaron un proceso de construcción nacional entre sus poblaciones multiculturales, multiétnicas y multi-lingüísticas. La imposición de una sola cultura oficial y la invención de un enemigo común, de una amenaza constante extranjera, crearon las naciones. Las naciones modernas son el resultado de la represión estatal de las culturas no oficializadas y de guerras contra los enemigos exteriores.


La dimensión ideológica de la construcción de naciones aporta la historia nacional, la invención de una memoria colectiva, de tradiciones y experiencias vividas por generaciones, de leyendas heroicas, de tierras prometidas, de derechos históricos, de un sujeto imaginario que anda por la historia de la humanidad luchando por su integridad como cuerpo nacional. Al contrario de las ideologías nacionalistas, ni la lengua ni la cultura ni la historia común estaban al comienzo de la nación sino en un Estado que introdujo e impuso una lengua, cultura e historia nacionales mediante su nuevo monopolio de violencia central destruyendo las culturas existentes y falsificando la historia real e inventando una ficción nacional. Los Estados se convirtieron en Estados-nación creando símbolos, banderas, himnos, museos, fiestas, deportes, etc., nacionalizando así las multitudes de pueblos existentes en sus territorios.


EN EL INICIO, LA IDEA ROMÁNTICA


La idea romántica de la nación cultural de finales del siglo XIX sirvió de bisagra para la perversión del nacionalismo desde una ideología emancipadora y revolucionaria hacia la base ideológica de los totalitarismos del siglo XX. 


La Revolución Francesa estableció la nación política como solidaridad voluntaria de ciudadanos iguales en derechos y unidos por el respeto incondicional de los derechos humanos y civiles universales.


La igualdad y la libertad individual unía a todos los habitantes por encima de sus diferencias étnicas, religiosas, lingüísticas y culturales. Fue alrededor del cambio del siglo XIX al XX cuando el nacionalismo adopto su carácter actual excluyente, racista, antisemita, irracional y totalitario. Se convirtió desde una fuerza unificadora en una fuerza divisora y secesionista.


El fundador de la Action Française Charles Maurras proclamó en 1898 "Tú no eres nada, tu pueblo es todo" expresando con claridad este giro reaccionario del nacionalismo, según el cual no es el ciudadano libre sino el cuerpo nacional que monopoliza los derechos de decisión y gobernación (la autodeterminación nacional). La derrota definitiva del internacionalismo proletario en vísperas de la I Guerra Mundial que convirtió a todos los proletarios y burgueses en soldados de naciones abrió el camino a los genocidios y crímenes contra la humanidad del siglo XX, todos ellos cometidos en nombre de la nación. 


Hitler y Stalin convirtieron el socialismo en nacional-socialismo o nacional-bolchevismo con todas sus terribles consecuencias.


La imposición de los idiomas nacionales es un buen ejemplo de violencia en la homogeneización nacional. Ni un 10% de la población de Francia hablaba francés o entendía las declaraciones revolucionarias a finales del siglo XVIII, y el primer parlamento italiano de Torino 1860 hablaba francés porque ni un 3% de la Italia del Risorgimiento hablaba el dialecto de la Toscana, que posteriormente se convirtió en el italiano. La férrea disciplina de los cuarteles y escuelas tardaría aún generaciones en matar las lenguas populares e imponer un sólo dialecto como lengua nacional, un proceso que duró en todos los casos hasta el siglo XX, realizando de esta forma lo que Antonio de Nebrija (1492) ya había procurado con su primera gramática castellana: hacer del idioma un arma del imperio.


LA UNIDAD NACIONAL COMO RELIGIÓN CIVIL


Con la victoria del principio de "autodeterminación nacional", proclamado por el presidente de EE.UU. Woodrow Wilson a final de la I Guerra Mundial y el derrumbe de las utopías y movimientos internacionalistas, la legitimidad política pasó definitivamente desde principios universalistas democráticos a la nación. La idea de identidad entre las fronteras culturales, étnicas y lingüísticas con las fronteras estatales sirve desde entonces como movilizador de enfrentamientos bélicos en todo el mundo. La unidad nacional funciona como religión civil por encima de cualquier otro objetivo social o político. 


Una persona se convierte en ciudadano no por un derecho humano, individual y civil, sino por formar parte del organismo nacional.


La creación de poblaciones mono-étnicas, mono-linguísticas y mono-culturales sólo se puede conseguir por cuatro tipos de política: la asimilación forzada mediante la coerción estatal, la expulsión masiva de grandes poblaciones (limpieza étnica), el genocidio, o las políticas de "apartheid"; las que convierten a todos los que no forman parte del grupo dominante en extranjeros o ciudadanos de segunda clase. La formación de las naciones fue un proceso destructor sin parangón de culturas, lenguas y tradiciones populares.


En el mundo actual existen más de un millar de grupos étnicos y se habla más de 6.000 lenguas. Si la formación de unidades nacionales fuera la solución, el reducir este número hasta el establecimiento de un sistema internacional de estados-naciones sería una solución muy sangrienta y darwiana, algo como una Yugoslavia de los años 90, permanente. El intento continuo de ordenar el mundo según este principio sólo puede llevar a una eterna lucha sangrienta.


En ningún caso un pueblo grande tiene una historia nacional, una considerable antigüedad, una continuidad histórica o homogeneidad étnica. En estas circunstancias la nación es un invento tan absurdo como de gran transcendencia histórica por nuestra incapacidad de aprender de la historia.


El nacionalismo había surgido a finales del siglo XIX para convertirse en el sistema de creencias más poderoso del siglo XX. 


Su fuerza reside en su simpleza, es una caja vacía de contenido que puede ser llenado con cualquier ideología para formar un nacional-catolicismo, un nacional-socialismo o un nacional-bolchevismo con el fin de elevar el pueblo en cuestión en algo superior frente a los enemigos exteriores.


Esta flexibilidad y simpleza hace el nacionalismo tan fuerte en nuestros tiempos de poca fe religiosa y del fracaso de otros 'ismos' de mayor contenido ideológico como eran el liberalismo, el socialismo, el anarquismo, el fascismo o el comunismo. Todas estas ideologías probaron en algún momento la alianza con el nacionalismo para finalmente quedar absorbido o derrotado por él. "Ninguna ideología ha podido competir con el nacionalismo en su macabro poder para convertir a los hombres en asesinos, tanto en tiempo de paz como de guerra" (Andrés de Blas Guerrero). Ser nacionalista no requiere ningún esfuerzo intelectual y esto es el secreto de su éxito. El nacionalismo ofrece la identidad colectiva más fácil y más barata, no tienes que pensar en algo común sino solo en algo que te separa de los demás. En un mundo globalizado y 'líquido' (Zygmunt Bauman) de fragmentación de biografías y culturas el nacionalismo ofrece una identidad aparentemente sólida.


NACIONALISMO COMO PRESTIGIO COMPETITIVO


George Orwell (1945) define al nacionalista como alguien que piensa únicamente en términos de prestigio competitivo, cuyo pensamiento gira siempre en torno a victorias y derrotas, triunfos y humillaciones. El nacionalismo es sed de poder mitigada con autoengaño. Después de la terrible experiencia de la II Guerra Mundial, los intelectuales y demócratas europeos consideraron la superación del nacionalismo en sus formas políticas y culturales la tarea más urgente y prioritaria de la humanidad, una tarea que sigue sin hacer hoy todavía.


"La idea del estado-nación es, hoy día, la gran desgracia de Europa y de todos los continentes. Mientras esta idea representa hoy la fuerza destructiva omnipotente en el mundo, nosotros podríamos empezar por analizarla y superarla desde sus raíces." (Karl Jaspers: Libertad y reunificación: sobre las tareas de la política alemana, Munich 1960, p. 53)

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