jueves, 13 de diciembre de 2018
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Javier Orrico

El oasis desnudo

Catedrático de instituto de Lengua y Literatura y periodista. Autor de 'La tarima vacía'

¿Podría decirse que el régimen erigido por Jordi Pujol en Cataluña, y aún intocado, es un régimen neofascista, totalitario, autoritario o xenófobo? Sin duda, frente a los regímenes plenamente totalitarios, el sometimiento a los resultados electorales y al juego democrático, aunque sólo hasta septiembre de 2017, desmentiría tal afirmación. Hay, sin embargo, algunos rasgos en los que conviene detenerse para verificar si estamos ante un régimen neo-totalitario, al menos en sus efectos más notorios: unanimidad impuesta, falta real de libertad de expresión y de separación de poderes, control de todos los resortes del Estado (Generalitat) y de la sociedad por un grupo ideológicamente legitimado sobre el resto de la población, dividida por una frontera xenófoba entre buenos ciudadanos afectos al régimen y la nación -usuarios convencidos de la “lengua nacional” y étnicamente puros-, y desafectos o indiferentes, de origen y lengua materna ajenos al cuerpo originario y primogénito. Y, en lo que aquí abordamos, la existencia de una prensa “nacional” cuya finalidad no es informar a una sociedad libre, sino crear el imaginario de legitimación del grupo dominante.


Fake


A ello hay que sumar que desde 1980, con la excepción del periodo de Vidal-Quadras al frente del PP y del periodo posterior a la irrupción de Ciudadanos, en ninguno de los procesos electorales celebrados hubo verdadera oposición, nunca se discutió sobre la naturaleza del régimen, sino sólo sobre quiénes habrían de encargarse de dirigirlo, dado que la oposición socialista (y luego de la Esquerra) era solo supuesta, consecuencia de una cooptación que se repartía los ámbitos de control institucional y económico (municipios y diputaciones para el PSC, gobierno autonómico para CiU) y que en nada cuestionaba el fundamento del pujolismo: la nación ante todo. Nadie podía impugnar, so riesgo de marginación completa, cuando no de acoso, el dogma constituyente: Cataluña era una nación milenaria y, por tanto, destinada a contar con un Estado propio, como todas las naciones “normalizadas”. Y así, desde ese impulso rector, la construcción nacional, fundamentada en una lengua propia (y, por tanto, otra impropia e ilegítima), se justificaba la sumisión de toda acción política, cultural, social o educativa y, sobre todo, de subvenciones, a la satisfacción de ese objetivo. Y, de paso, la identificación entre la riqueza de la nueva nación-Estado y la de su hacedor, su Rey Sol, Jordi Pujol, y sus partidos, casi todos.


ESTE PAÍS SIEMPRE SERÁ NUESTRO


Pero si treinta y cinco años de gobierno nacionalista no nos habían enseñado lo suficiente, el discurso de Ernest Maragall (miembro de una destacada familia de la gauche divine la burguesía ilustrada de la pérgola y el tenis que puso el voto de la clase obrera al servicio del nacionalismo) en la apertura del nuevo Parlamento autonómico el pasado día 17 de enero, acababa así: “Este país será siempre nuestro”. De los nacionalistas, claro, y de sus asimilados; del grupo étnico-lingüístico propietario legítimo de Cataluña, frente a los “nou vinguts” (aunque lleven cien años allí, aunque hayan travestido sus nombre, sus apellidos los delatan: comprueben los apellidos separatistas hoy); de aquellos que no discuten la supremacía de una Cataluña sobre la otra, que defienden y defenderán con uñas y dientes su control de los mecanismos de poder de una sociedad que les pertenece por derecho de herencia; de aquellos, los nacional-catalanistas, que no aceptarán nunca la democracia de los derechos individuales, de la ciudadanía, de la superación de las adscripciones tribales, lingüísticas o de cuna. En fin, de quienes nunca han ocultado su defensa del Ancien Regime, de los derechos estamentales y la clasificación social por la sangre, vigentes aún en esa utopía reaccionaria que es el regreso a antes de 1714, al paraíso étnicamente puro y perdido, con sus almogávares y su imperio ensoñado, que garantizaba un orden inalterable. Otro rasgo también típicamente fascista: la idealización del pasado y su nostalgia.


Para ello, era imprescindible, además de usar la educación como arma de futuro, poner los medios de comunicación al servicio de dos fines complementarios: ocultar todas las ‘necesarias’ actuaciones (ilícitas o no) que el pujolismo se viera obligado a llevar a cabo para el fin superior de la dominación nacionalista; y convencer a los reticentes para sumarse al proyecto, aunque fuera en papeles secundarios o de bufones bien pagados. 


Eso es lo que se llamó el oasis, una prensa sumisa y comprada, con instituciones oficiales de filtro y censura (el CAC, por ejemplo), que creaba la ficción de una sociedad plácida y armoniosa, sin disidencia (una sola alma, un solo pueblo, un solo líder), dispuesta incluso a acatar un suceso como el “apagón informativo” del hundimiento del barrio del Carmelo. 


Una prensa, convergente o socialista, daba igual, que respondía a los intereses estrictos de los dos partidos que se repartían Cataluña, y fingían oponerse en los ámbitos de dominio respectivo, pero siempre sin hacerse daño.


Y así, tras el hundimiento de uno de los barrios más característicos de la inmigración (de donde bajaba el Pijoaparte, en su motocicleta de “mursianu”, a encontrarse con el oasis al que nunca podría pertenecer, en las “Últimas tardes con Teresa” de Marsé), se produjo un acontecimiento plenamente revelador de la verdad última de los medios catalanes, con honrosas excepciones (como la del prematuramente fallecido José Clemente, que lo cuenta en su libro “El oasis catalán”, de 2005). Nada menos que la prohibición de acceso de los periodistas al escenario de los hechos, y hasta a los hoteles donde se alojaban los afectados. La actuación del Colegio de Periodistas de Cataluña, entonces en manos socialistas, aceptando el veto informativo y casi justificándolo, constituye un ejemplo palmario del servicio de los medios al poder político, y una prueba de la inexistencia de oposición y de la culpable participación de la izquierda en las mismas prácticas del régimen.


LA UNANIMIDAD MEDIÁTICA Y SOCIAL


Y, siempre, la lengua como excusa. Las políticas lingüísticas (¿Debe haber política lingüística?), en una sociedad crecientemente sofocada en sus libertades, resultaban el parapeto perfecto para que la nueva nación (y sus administradores) ocupara todo el quehacer mediático: habría de ser la “promoción” del catalán la vía a través de la cual llegaría una generosísima financiación (calculada, en 2017, entre unas cosas y otras, en 91 millones de euros, sin contar con el gasto en TV3) para unos medios cuyas crisis, recurrentes, se hacían cada vez más graves al hilo de la presencia de la red en el acceso a la información. Y, además, mientras se mantenía con respiración asistida a la prensa de papel (uno de la derecha nacionalista, otro del socialismo nacionalista), hasta incluir la insólita compra de acciones del también convergente Avui, la red permitía crear un conjunto de prensa digital nacionalista directamente ingeniada o pagada por el poder político, mucho más descarado en su intervención, si cabe, durante el tripartito nacionalista de izquierdas que bajo el mismísimo Pujol.


Este devenir hacia la unanimidad mediática y social, un triunfo indiscutible de la maquinaria nacionalista, se forjó sobre dos hitos sin parangón en cualquier otra democracia: el caso Banca Catalana, en el que Pujol se convenció de haber domado al Gobierno central y a la sociedad catalana, y haberlos convertido en escenario de su impunidad; y el incomparable, espectacular acontecimiento periodístico que constituyó el editorial conjunto firmado por toda la prensa regional en 2009. Es decir, por todos los medios, salvo los de implantación nacional.


Redactado, según se dice, por el periodista de la Vanguardia Enric Juliana, destacado nacionalista del sector “maldades a media voz”, constituyó el argumentarlo fundamental que desembocó en el “Procés” y en la declaración de independencia de octubre de 2017: el agravio a Cataluña que suponía cualquier alteración del nuevo “Estatut” por parte del Tribunal Constitucional. 


No importaba que el estatuto fuera o no constitucional, ni que diseñara una situación de soberanía quebrada, de Estado dentro del Estado, por la que los demás españoles quedarían en una condición casi de colonia del poder catalán, el cual gozaría de la facultad de intervenir en los asuntos del Estado, pero sin que el Estado pudiese hacer lo propio en los asuntos de Cataluña. 


Lo que no en vano era el resultado de un pacto entre Zapatero y Maragall (no con Mas, no se engañen), la misma situación, por cierto, de que goza el PSC con respecto al PSOE, pero peor, pues la Generalitat pasaba a tener incluso derecho de veto sobre todo lo que considerase que le afectaba. En fin, un poema más del zapaterismo, fenómeno cuya memoria sólo produce melancolía inversa.


LA “FAKE POLÍTICA” PARA CONSTRUIR HEGEMONÍA ELECTORAL


Por último, si este era el panorama de una prensa supuestamente privada y libre, capaz de elaborar y firmar ese manifiesto nacionalista, qué podríamos decir de los medios de la Generalitat, TV3 y sus radios, etc., sino que han sido y son (porque el pacto PP-PSOE-C’s para la aplicación del 155 les ha permitido seguir en completa impunidad, empujando al golpe y legitimando a los golpistas) instrumentos fundamentales para el sostenimiento de la “fake-política” sobre la cual se ha construido la hegemonía electoral recién renovada.


Y, sobre todo, para la expansión del victimismo (esas imágenes de las cargas policiales del 1-O, esos heridos de pega) que todo lo justifica: la mayor mentira, de todas cuantas han coadyuvado a esta situación absurda, en la que los privilegiados, los “propietarios del país”, se presentan como pobres perseguidos por sus empleados, los trabajadores de la banlieu. Es ahí donde se produce la apoteosis del papel de los medios en la creación del monstruo separatista: la difusión asfixiante del “Espanya ens roba”, el lema que supo aglutinar todo el egoísmo fascistoide de quienes encontraron en él la razón para acudir a la llamada de una independencia que iba a lograr, al fin, la Cataluña (más) rica y plena de la utopía segadora.


Seguramente por eso, porque se trata de una revolución al revés, pero revolución al fin, es por lo que uno de sus máximos conseguidores ha sido Jaume Roures, el millonario que se dice troskista mientras sus medios alimentan de fútbol y falsedades (como el documental sobre la “represión" en Cataluña que ha mostrado por medio mundo) a las masas opresoras: esos millones de españoles que ven los partidos que a él lo bañan en oro ¡Qué tiranía tan extraña, la metáfora de esa España que los ha hecho ricos, a él y a los suyos, mientras la desprecian! 

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