miércoles, 17 de octubre de 2018
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Peru Erroteta

Benoît Hamon, robótica e impuestos

Periodista



Benoît Hamon, ha sido el ganador de la segunda vuelta en las elecciones primarias del Partido Socialista en Francia, con el 58,72 % de los votos emitidos, frente al ex primer ministro Manuel Valls, quien obtuvo el 41,28 % de sufragios.


Benoit Hamon -informa desde París, para "Periodista en Español", Julio Feo Zarandieta- defiende propuestas de izquierdas, como la abrogación de la ley trabajo, la reducción de la semana laboral, el subsidio social universal y la reestructuración de la política fiscal, una visión de una sociedad más justa, humanista y no sometida al imperativo de la productividad y de los beneficios financieros, la transición ecológica en lucha contra los lobbys industriales, así como la instauración de una sexta Republica que modifique las actuales instituciones. Propuestas que le sitúan en sintonía, en gran parte, con las defendidas por Jean Luc Melenchon.



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"Un programa que le ha valido ser calificado de "utopista" e "izquierdista" por los fieles guardianes del actual dispositivo electoral, agrega Julio Feo, puntualizando que "En Francia, como en Europa, cuando la prensa seria no caía en tantos excesos, se solía calificar con razón de "izquierdista" a la extrema izquierda extraparlamentaria, que preconizaba la revolución, sin necesidad de pasar por las urnas. Pero los comentaristas de los grandes medios televisivos han decidido ahora que la extrema izquierda empieza en Hamon, la extrema de la extrema en Melenchon, la extrema de la extrema de la extrema en Arlette Laguillier u Olivier Besancenot, y sin contar otras corrientes libertarias (…) A este ritmo dentro de dos días, nos van a explicar que François Fillon y Emmanuel Macron son peligrosos izquierdistas frente a Marine Le Pen".


Los "robots" no son sino máquinas


En este contexto, nada tiene de extraño que la casta mediática, incluidos los think tanks (que, como dice Soledad Gallego-Díaz en "El País" están substituyendo a los militares como el mayor peligro para la democracia) hayan salido en tromba contra Hamon, poniendo en primer plano no sus propuestas generales, su discurso o su talante, ni siquiera la cuestión del salario social universal, sino los "robots". Así, el personal (que por cierto está poniendo muy claramente de manifiesto que quiere un giro a la izquierda) se despista y puede acabar soñando, como en la novela de Philip K. Dick, con ovejas eléctricas, en vez de interesarse por los problemas que realmente le afectan.


Además de poner el carro (robots) delante de los bueyes (salario social universal), el statu quo neoliberal lo hace con un lenguaje reduccionista y maliciosamente intencionado, en el que asocia la tecnología y lo que todos entendemos por máquinas a "robots", que en el imaginario colectivo se perciben más bien como cacharros inquietantes de aspecto humano, que no sirven para casi nada. Los denominados "robots", que los vamos a tener hasta en la sopa, no son sino máquinas, más o menos complejas, pero máquinas en definitiva y no otra cosa. Y de máquinas sabemos mucho las personas, porque son tan viejas como la propia condición humana. Y de siempre, las máquinas han substituido a los humanos porque esa es su razón de ser. Las hemos ido creando para realizar tareas que nos resultaban costosas, en términos de esfuerzo físico, tiempo, recursos… Y, claro, tal cosa conlleva pérdidas, por ejemplo de tareas, oficios y puestos de trabajo y, en consecuencia, generan alarma. Nada de extraño, en consecuencia, que los "ludistas" rompieran los nuevos telares y máquinas e hilar a principios del siglo XIX, a quienes achacaban la degradación de sus empleos, que fue real.



De máquinas sabemos mucho las personas, porque son tan viejas como la propia condición humana. Y de siempre, las máquinas han substituido a los humanos porque esa es su razón de ser



Pero gracias a las máquinas también nos hemos liberado, por ejemplo, de los esfuerzos físicos, con lo cual la maldición bíblica del trabajo (ganarás el pan con el sudor de tu frente) empieza a carecer de sentido. Con la lavadora doméstica ha desaparecido la profesión de lavandera (a las que hasta hace no mucho cantaba Marisol), los camiones acabaron con los arrieros y así ad infinitum. En tal sentido, parece de cajón que el desarrollo tecnológico es una tendencia que debemos asumir como, por ejemplo, la de la globalización. Otra cosa es como ¿Dejándola a su libre albedrío (laisser faire laissez passer), cómo proclama el liberalismo o regulando, estableciendo reglas, controlándolo para que no acabe controlándonos a nosotros?


Una forma de control, no la única desde luego, pasa por los impuestos, no entendidos solo para sufragar el salario social universal sino, más allá, como vía de manejo de la implementación tecnológica. Cosa que, sin duda, tiene que ir acompañada de otras muchas iniciativas no solo a escala nacional, sino planetaria. Pero, claro, "La tasa robot desincentiva la robotización de la economía" clama, por ejemplo, a grandes titulares el conservador diario francés "Le Figaro", citando al think tank Génération Libre. Del mismo modo que la supresión de los paraísos fiscales desincentiva la especulación financiera, al igual que la no deslocalización desincentiva a las empresas o que las leyes contra el narcotráfico, por ejemplo, desincentivan el negocio de la droga.


El salario social no pasa por un impuesto a los "robots"


El salario social universal no pasa ni está asociado por un impuesto a los "robots", como vocea el coro neoliberal. De hecho, Podemos ha planteado la cuestión en España, apuntando como vía de financiación los impuestos tradicionales, eso sí mejorando su percepción y su distribución. Porque, como sostiene Andrew McAfee, quizá no se trata tanto de gravar las máquinas con nuevos impuestos (sobre todo si resultan difíciles de diseñar y cobrar) como de hacer pagar los actuales. Cosa que, a todas luces, no ocurre, y en ocasiones de manera escandalosa, como es el caso de las grandes tecnológicas con sede en pequeñas islas, y sin actividad reconocible en ningún país, a pesar de que facturan miles de millones.



Mucha gente en muchos sitios se rebela contra la globalización y acabará rebelándose contra las máquinas y contra lo que haga falta no tanto por el hecho en sí, sino por el salvajismo y la impunidad con que se está haciendo



Esto nos conduce directamente al meollo del asunto que no es otro que el de la política. La "fiscalidad robótica", por supuesto el salario social universal y, desde luego, la globalización son cuestiones absolutamente políticas. Y, como todos sabemos, la política va por detrás, muy por detrás, de la tecnología y de la globalización y así nos luce el pelo. Lo mismo que ponerle puertas al campo, como reza el dicho popular, carece de sentido limitar el desarrollo de la tecnología o impedir que las empresas busquen ventajas competitivas por el mundo. El asunto está en el cómo y el cómo es la política que, en el actual estado de la cuestión, trasciende de las fronteras nacionales y está frontalmente reñida con el nacionalismo. Reclama acuerdos globales como, por ejemplo, algo tan sencillo como la eliminación de los paraísos fiscales.


¿Es casual este decalage entre tecnología, globalización y política? No, a todas luces. A nadie se le oculta el interés del dinero y lo que a él le rodea en obstaculizar, ralentizar e impedir el desarrollo de normas, reglas de juego (impuestos desde luego, incluidos) capaces de permitirnos retomar control de las cosas. Y así pasa lo que pasa


Mucha gente en muchos sitios se rebela contra la globalización y acabará rebelándose contra las máquinas y contra lo que haga falta no tanto por el hecho en sí, sino por el salvajismo y la impunidad con que se está haciendo. Y la solución, no está como proclama el Presidente de los EE.UU., en volver atrás (apoyando eso sí a los que más se lucran con el actual estado de cosas), sino en ir mucho más allá y de modo más rápido en el control de las cosas, en hacer mucho más política y, claro está, de izquierdas.



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