miércoles, 19 de diciembre de 2018
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< ver número completo: Nacionalismo y extrema derecha II
Élisa Goudin

​La nueva extrema derecha alemana

La Vie des idées

La reciente subida de la extrema derecha altera el equilibrio político en Alemania. Por su racismo, ilustra las insuficiencias de la “desnazificación” en el Este y la introspección histórica en el Oeste. Cita para las próximas elecciones, en 2021.


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A pesar de que los vínculos entre Francia y Alemania son innumerables, los dos países se conocen finalmente muy mal, y los comentarios de la prensa francesa, a propósito de las elecciones que tuvieron lugar el 24 de septiembre de 2017 en Alemania, constituyen un nuevo ejemplo de ello. Difícil, escuchando únicamente los ecos de éstas elecciones en Francia, entender que es realmente esta nueva extrema derecha alemana, e tipo de discurso y de relación con la historia que vehiculiza.


LA EXTREMA DERECHA EN EL PARLAMENTO ALEMÁN


El partido AfD (Alternative für Deutschland / Alternativa por Alemania) obtuvo el 12,6% de los votos, con un avance de 7,9 puntos con respecto a las últimas elecciones en 2013. Esta subida, más allá de los sondeos más pesimistas, permite a esta formación política de extrema derecha estar representada en el Parlamento alemán, con 94 diputados.


Es la primera vez. Gracias a la regla del 5%, adoptada en 1949 (aprendida la lección del fracaso de la República de Weimar) un partido no puede disponer de representación parlamentaria si no obtiene un 5% de los votos, o tres mandatos directos. Cosa que ninguna formación de extrema derecha había logrado hasta el 24 de septiembre de 2017. Esta entrada en el Bundestag tiene consecuencias concretas; por ejemplo, en el plano financiero. 


La AfD recibirá 16 millones de euros de dinero público cada año, cifra calculada en base al número de sus electos.

Si se mira más de cerca la subida del AfD, la diferencia entre los nuevos Lander (la ex-RDA) y el resto de la RFA salta a los ojos. En el Este, el 21,5% de los ciudadanos (26% de hombres y 17% de mujeres) han votado por este partido, mientras que al Oeste son “solamente” 14% de hombres y 8% de mujeres. En Sajonia, la AfD es incluso el primer partido, con un 27% de los votos. Se adelanta por algunos votos a la CDU de Ángela Merkel, el partido de los cristiano-demócratas.


Los sondeos muestran que la AfD se ha hecho con votos de todos los partidos sin excepción, y concretamente de la CSU, el partido-social bávaro muy conservador, y Die Linke, el partido a la izquierda del SPD, que agrupa el PDS, heredero del Partido Comunista en el poder en la RDA y los socialdemócratas decepcionados por la política económica liberal de Schröeder.


Pero los esencial de los votos viene de los abstencionistas. La AfD ha convencido a 1,2 millones de ciudadanos que no tenían la costumbre de votar de acudir a las urnas por primera vez, específicamente en el tramo de los 35-44 años, y sobre todo entre los parados, los obreros y los empleados. La AfD ha desencadenado una dinámica que le permite afirmar, en la cadena de televisión Mittel Deutscher Rundfunk (MDR), que estas elecciones no han sido más que un primer paso en el camino que les llevará al gobierno, en las próximas elecciones de 2021.


RELACIÓN DESACOMPLEJADA CON EL NAZISMO


En cualquier caso, la campaña electoral de la AfD ha multiplicado las provocaciones, hasta el punto de justificar que los electores alemanes hubieran dado la espalda a un partido así.


Alexander Gauland, que dirigió la campaña al lado ded’AliceWeidel, afirmó por ejemplo que Alemania podía “estar orgullosa de lo que habían hecho los soldados alemanes durante las dos guerras mundiales”. Y declaró a un periodista, a propósito del jugador negro del equipo JérômeBoateng, que “la gente le encuentra bien como jugador de fútbol pero que no les gustaría tener un Boateng como vecino”. Propuso también “mandar a Anatolia” al secretario de Estado socialdemócrata para la integración AydabÓzoguz, empleando la palabra “entsorgen”, que es más próxima a “deportar” que a “reenviar” y que literalmente significa “desembarazarse”.


En cuanto a Beatrix von Storch, la vicepresidenta de la AfD, propuso rotundamente en 2016, en una declaración oficial, que los policías alemanes que trabajan en las fronteras sean autorizados a disparar sobre los emigrantes ilegales, incluidos los niños. Así, se podrían multiplicar los ejemplos. 


El denominador común a todas estas tomas de posición terribles en una relación totalmente desacomplejada con el pasado nazi de Alemania.

No se trata de una casualidad que los mayores avances de la AfD se produzcan en la ex-RDA. Influye sin duda el hecho de que el paro y la precariedad en el empleo son mayores que en el Oeste. Pero hay también razones históricas. Desde el 26 de febrero de 1948, la administración militar soviética puso fin oficialmente a la desnazificación en su zona de ocupación. Con el acuerdo de Moscú, fue creado el Partido nacional-demócrata de Alemania, en la futura RDA, que existió hasta 1990. Formaba parte de los partidos denominados “Blockparteien”, en la lógica de una falsa concurrencia con el SED, a fin de justificar la celebración de elecciones.


Este National-demokratische Partei Deutschlands (NDPD) fue fundado con el objetivo de acoger a ex-cuadros del partido nazi (NSDAP), oficiales de la Wehrmacht y algunos prisioneros de guerra de vuelta a la RDA. Disponía de 52 diputados, su propia editorial, Die Nation, e incluso de un periódico. En el SED, partido en el poder en la RDA, también figuraban ex-cuadros del NSDAP, de tal modo que la extrema derecha nunca dejó de existir en la RDA.


Además, en la medida en que Estado fue fundado sobre el mito del antifascismo y el heroísmo comunista en la resistencia contra Hitler, ningún trabajo serio de reflexión sobre sobre el nacional-socialismo se llevó a cabo, ninguna introspección crítica, como la que tuvo lugar en la RFA.


DÉFICIT DE INTROSPECCIÓN CRÍTICA


Este rechazo a asomarse sobre el pasado tuvo excepciones notables, pero el mito fundador del antifascismo resultó dominante. Explica en sí mismo el hecho de que artistas e intelectuales se instalaran en la RDA, tras las Segunda Guerra mundial, a fin de mostrar al mundo entero, tras los crímenes nazis, que una sociedad socialista, sin explotación del hombre por el hombre era posible. Una mujer como Christa Wolf adoptó desde el principio esta visión sobre el proyecto de sociedad de Alemania del Este.


La desnazificación, rápidamente abandonada en la zona de ocupación soviética y el posicionamiento particular de la RDA sobre el pasado nacional-socialista (“nosotros no tenemos nada que ver con eso, nosotros estamos en tanto que comunistas en la vanguardia de la resistencia contra Hitler”) tuvo consecuencias muy concretas. Jana Hensel, nacida en 1976, cuenta por ejemplo en su obra Zonenkinder que, algunos años después de la caída del muro de Berlín, se encontró en una cena con estudiantes de Alemania del Oeste que contaban como tenían abuelos, tíos-abuelos, vecinos…, que habían pertenecido al partido nacional socialista. Y entonces se dio cuenta que nadie, ni en su familia, ni en su entorno, ni en las familias de sus amigos de la escuela, habían tenido el menor vínculo con el partido hitleriano.


Pero el problema está en que ese déficit de introspección crítica concierne ahora también a la Alemania del Oeste. Justo después de la unificación y durante todo el decenio de los 90, este trabajo de vuelta al pasado conoció un verdadero boom. Una exposición sobre la Wehrmacht en 1995 puso de manifiesto por primera vez que, contrariamente a lo que se había pensado, las manos del ejército alemán no habían estado limpias -lejos de ello- y que actos muy parecidos a los de las SS habían sido cometidos por el Ejército, concretamente en el frente del Este.


La aparición en 1966 de libro de Daniel Goldhagen, profesor en Harvard, “Hitler’s Willing Executioners. Ordinary Germans and the Holocaust” (Los verdugos voluntariosos de Hitler. Los alemanes ordinarios y el Holocausto) suscitó igualmente numerosos debates en el espacio público alemán. La apertura de los archivos de la Stasi, en 1990, y otros elementos contribuyeron igualmente a alimentar la reflexión sobre la responsabilidad colectiva de los alemanes en las dos dictaduras sucesivas.


¿ESTABILIDAD POLÍTICA O FALTA DE IMAGINACIÓN?


Sin embargo, después del año 2000, todo esto tiende a desaparecer, y la llegada de Ángela Merkel al poder en 2005 ha aportado un elemento nuevo. La cancillera decidió gobernar con los socialdemócratas, en el marco de eso que se denomina en Alemania una “gran coalición”, de manera que el debate izquierda-derecha, que normalmente es estructurante en una democracia, no puede expresarse libremente.


Esta gran coalición existe desde 2005, a excepción del período 2009-2013. De este modo, un espacio ha sido abierto por los discursos radicales como el de la AfD, que ha fundado una parte de su argumentario en la necesidad de renovación y la idea de que todos los partidos políticos tradicionales tienen el mismo programa.


Resulta incontestable que la vida política de la RFA estuvo caracterizada por una gran estabilidad. Entre 1949 y 1966, los cristiano-demócratas permanecieron en el poder y después, a partir de 1966 y hasta la llega de Kohl, lo fueron los socialdemócratas. 


Khohl permaneció 14 años en la cancillería y Merkel es cancillera desde hace doce años. En ningún otro país europeo ha habido una estabilidad comparable.

En septiembre de 2017, en Le Monde, Emmanuel Droit publicó una tribuna titulada “Los alemanes se aburren y eso les gusta”. Insistía en la atonía de la campaña electoral y en el hecho de que los alemanes, que sufrieron mucho y sobe todo hicieron sufrir en el siglo XX, hoy manifiestan el deseo de “retirarse de la Historia”. Pero el problema está, según él, en que lo hacen en el peor momento, en el momento en que la extrema derecha sube por todo Occidente y hará falta imaginación para relanzar la democracia y la construcción europea.


En este sentido, se le ha dejado una avenida a AfD, que ha utilizado la retórica tradicional de la extrema derecha. La oposición al “sistema”, sin saber exactamente qué es lo que esta palabra recubre. La desconfianza hacia las “élites” y los intelectuales, el discurso crítico hacia los medios, aunque utilizándolos en su provecho (El Bild publicó durante semanas un número impresionante de fake news sobre agresiones sexuales a mujeres jóvenes rubias por solicitantes de asilo, desmentidas en el número siguiente en pequeños caracteres; es decir, no desmentidas del todo.


MIGRANTES Y MUSULAMANES


El agresivo discurso de la AfD se centra principalmente en el Islam, tras la crisis de la emigración de 2015, lo cual representa en este sentido un cambio. Fundado en 2013 como un partido liberal y euroescéptico, la AfD se convirtió a partir de 2015 en un partido de extrema derecha, según el modelo del FPÖ austriaco.


Cuando un periodista pidió a Alice Weidel, líder de la campaña de la AfD su opinión sobre el “matrimonio para todos”, en el momento del debate que precedió a su adopción por el Bundestag, en junio de 2017, se declaró en contra, a pesar de que vivir con una mujer (una suiza procedente de Sri Lanka), con la cual cría dos niños adoptados. Justificó esta contradicción afirmando que el debate del “matrimonio para todos” no tenía ningún sentido “cuando millones de musulmanes para los que la homosexualidad es un crimen llegan y amenazan nuestra libertad”. Aparece aquí un elemento recurrente en la retórica de la AfD: la presentación deliberada del Islam como una cultura arcaica y homófoba.


La argumentación de la AfD se sustenta sobre el postulado de una incompatibilidad entre la “salvaguardia de la identidad nacional alemana” y la llegada de emigrantes. 


Los carteles electorales del partido son en este sentido particularmente reveladores: un vientre de mujer blanca embarazadas y el eslogan “¿Los nuevos alemanes? Nosotros los hacemos nosotros mismos”.


El cartel más triste e inquietante es sin duda la foto de tres bávaros con vestimenta tradicional, con el subtítulo: “¿La diversidad de los colores? Ya la tenemos”. Difícil mostrar menos empatía hacia los emigrantes, poniendo en pie de igualdad el color de la ropa y los colores de la piel.


Esta sombría constatación no nos tiene que hacer olvidar que el 87% de los electores alemanes han votado contra la AfD. Entre las dos vueltas de la elección presidencia francesa, el miedo a que Marine Le Pen pudiera resultar elegida estuvo presente en Alemania, incluso más que en Francia.


Existen razones para esperar que esta brecha abierta en el consenso en torno a los valores fundamentales de la Constitución alemana, de la lucha contra el racismo y la defensa del derecho de asilo, seguirá siendo un epifenómeno, y que la AfD no terminará instalándose en el paisaje político, como la FPÖ en Austria.



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