sábado, 23 de junio de 2018
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< ver número completo: Nacionalismo y extrema derecha II
Juan F. López Aguilar

​Independentismos y ultraderecha

Eurodiputado socialista

Llegué al Parlamento Europeo en 2009. En exacta coincidencia con dos acontecimientos que han adquirido resonancia histórica. De un lado, la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que ponía por fin punto y aparte a un prolongado ciclo constituyente europeo que había encallado en los fallidos referendos francés y holandés (en dos países fundadores de la construcción europea) del nonato Tratado Constitucional para Europa (el mismo que los españoles votamos favorablemente en referéndum convocado, febrero de 2005, por el Gobierno Zapatero en que fui ministro de Justicia). De otro lado, la inmersión de la UE en la peor crisis de toda su historia: la que arrancó en la Gran Recesión iniciada en 2008, luego devenida en glaciación europea. Una crisis que no fue -como engañosamente se nos dijo- financiera y económica (esto es, de “deuda soberana” y “gobernanza del euro”), sino que fue desde un principio, tal y como se reveló, una crisis política, de voluntad de Europa, de identidad y proyecto.


Europa


A lo largo de su pésima gestión -que cronificó la crisis, singularmente a rebufo de la austeridad recesiva que se impuso de la mano de una amplia hegemonía conservadora en el timón de la UE-, se desataría no sólo un crudo ajuste de cuentas contra lo mejor de la UE (nuestro “modelo social”, que era la razón de ser de la construcción europea, y contra nuestro acquis comunitario en que la libre circulación que conocíamos como Schengen era el activo más preciado por la ciudadanía); sino que se acabaría produciendo también, como consecuencia, un empobrecimiento de las clases medias y una depauperación sin precedentes de las clases trabajadoras. Y, consecutivamente, en estrecha conexión causal con la exasperación brutal de las desigualdades, un profundo malestar social y un cabreo transversal (especialmente sañudo en las generaciones más jóvenes, privadas de expectativas y esperanzas de empleo digno) que acabaría dando lugar a sucesivos cataclismos políticos y electorales: ¡Son los que hemos padecido, acumulativamente, tanto en las elecciones europeas de 2014 (donde crecieron como nunca los eurófobos) como en los EE.MM a todo lo ancho de la UE! Una de sus expresiones ha sido la multiplicación de escaños de extrema derecha, nacionalismo reaccionario y populismo rampante, enhebrados a menudo en discursos y momentos de nacional-populismo.


MUCHAS SEMEJANZAS ENTRE LOS NACIONAL-POPULISMOS Y LOS FASCISMOS 


En estos tiempos turbulentos en los que tanto se ha hablado y escrito sobre esta urdimbre en la que se funden -retroalimentándose, claro- extrema derecha y populismos, se advierte nítidamente que -junto a otros denominadores comunes entre quienes reclaman en posiciones distantes o en híbridos ideológicos- esas formaciones extremistas y populistas de toda laya y latitud, florecidas por doquier, estilan rasgos compartidos. 


En resumida síntesis: 


a)-Simplifican lo complejo, oponiendo ante la enormidad de los retos de la globalización o la economía digital “soluciones efectistas” de simplicidad ramplona (¡“la soberanía que nos roban”!), recetas equivocadas tan inútiles como estúpidas (frente a problemas reales, y a un cabreo fundamentado); 

b)-Señalan chivos expiatorios (¡¡”los inmigrantes, los gitanos, los musulmanes, los judíos, los extranjeros, los refugiados, los europeos del sur, los políticos, la “casta”!!); 

c)-Formulan propuestas políticas que abominan de cualesquiera instituciones de control externo o contrapeso (incluyendo en su rechazo a órganos del Estado, la Justicia independiente, los medios de comunicación, y los partidos caricaturizados como “viejos” o “tradicionales”), así como rechazan de plano toda intermediación entre representantes y representados, abogando por un vínculo “directo”, inmediato y personal entre el “líder” y su “pueblo”, encarnadura virtuosa de los “oprimidos”, “de abajo”, en una masa en movimiento y sublevada contra los “privilegiados”, “de arriba”; 

d)- Exaltan así una supuesta “democracia directa” de ejercicio “asambleario” y/o “plebiscitario” frente a la democracia constitucional representativa, a la que se execra como “caduca” o “corrupta”.


Tal y como se observa enseguida, son simplemente pavorosas las semejanzas y analogías entre estas soflamas nacional-populistas y la altisonancia agresiva de los fascismos que hicieron estragos en el primer tercio del “olvidado siglo XX” sobre el que escribió Tony Judt, y que despeñó a toda Europa, y a la humanidad entera, a la más sangrienta pesadilla que haya conocido la historia. Nacionalismos agresivos guiando al mundo a la guerra y a la catástrofe total en una orgía de ceguera y delirio destructivo.


De ahí, lógicamente, que -tal y como ensayaron en el pasado siglo XX las dictaduras fascistizantes- tanto los extremismos como los populismos gusten de las apelaciones directas al “pueblo”/“masa” (“Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer!”) y, consiguientemente, adoren los referéndums, convocados, claro está, desde el poder que los trastoca en “consultas plebiscitarias” de reconfirmación del liderazgo supremo (tanto Hitler como Franco ganaron por goleada todos los referéndums que en su día convocaron para “legitimar” estrategias ya adoptadas).


CONTEMPLAR LOS REFERENDOS CON RAZONABLES CAUCIONES


El referéndum, en efecto, se somete fácilmente, y con ductilidad, a la estrategia populista y al “irresistible ascenso” de la derecha extrema: 


a)- Simplifica lo complejo, achicando opciones múltiples y agregaciones de intereses en presencia o en conflicto a una reductiva y sencilla confrontación binaria -“SÍ” o “NO”-, sin escrúpulo ni freno ante la dificultad de gestionar el día después de una sociedad plural que ha quedado fracturada sobre un solo eje o bisectriz; b)- Incita a la legitimación de la autoridad convocante, desde su control de resortes públicos (o coercitivos) que pueden inducir o incluso predeterminar el resultado: es ahí cuando los referéndums se tornan "plebiscitarios" (que se ganan o se pierden según la mayoría apoye la propuesta propugnada por el gobernante, o la desapruebe).


No es extraño , por lo tanto, que el constitucionalismo europeo invoque como su fundamento los principios generales del Derecho de la UE y su vinculación con las “tradiciones constitucionales comunes” (art.6 TUE) sintetizadas en los llamados “criterios de Copenhague” (por haber sido fijados bajo Presidencia danesa en 1993) (art.2 TUE): Estado constitucional, imperio de la ley, gobierno de la mayoría, protección de minorías, democracia representativa y garantía judicial de los derechos fundamentales. Ni puede sorprender tampoco que el constitucionalismo democrático europeo y de sus EE.MM contemple los referendos con razonables cauciones (así lo ejemplifica, por ejemplo, lo dispuesto en el art. 92 de la Constitución Española de 1978). Se entiende de esta manera fácilmente que la reivindicación -repetitiva, machacona, hasta volverse obsesiva- de convocar un referéndum como supuesto cauce alegadamente "democrático" (por más que así se divida en dos mitades confrontadas a sociedades democráticas) para una "decisión" por una eventual “mayoría favorable” (por circunstancial que ésta resulte, y por estrecho que resulte el margen de voto que imponga esa mayoría), alerte al observador sobre los peligros intrínsecos a las derivas populistas en democracias asentadas, o sobre el deslizamiento hacia el populismo rampante de gobernantes reaccionarios, ultranacionalistas o abiertamente enfrentados a los principios basales del pluralismo democrático. Pongamos que hablamos, por ejemplo, de la putinización de Hungría y de la orbanización de Polonia...


Parlamento Europeo


Pues bien, en el curso de mis años de trabajo en el Parlamento Europeo -cinco de ellos (2009-2014) presidiendo la Comisión LIBE- he explicado muchas veces mi honda preocupación por la deriva fascistizante que muchos europeístas entrevemos en la proliferación de episodios de odio y hostigamiento, acoso, violencia y discriminación contra categorías enteras de personas previamente señaladas como "diferentes" al resto. Se trata de una secuencia de erupciones regresivas que vienen abriéndose paso a lo largo y ancho de la UE. Victimizando, frecuentemente, a aquellas personas y colectivos más vulnerables de una sociedad europea crecientemente desigual e insolidaria (negando así de plano el mandato de “solidaridad” del art.80 TFUE), como ejemplifica el ascenso de la aporofobia (rechazo contra los "pobres"), y los discursos de odio (HateSpeech) contra las minorías, los refugiados y migrantes. Suenan así, desde hace tiempo, todas las alarmas ante rebrotes de signos de intolerancia y de negación virulenta de la dignidad de los "otros" y de las diferencias en particulares segmentos de sociedades complejas en cada Estado miembro de una UE que solo se fundamenta y explica como civilización en Derecho y valores democráticos compartidos.


EL FANTASMA DEL NACIONAL-POPULISMO


A nada de todo ello resultó ajena la dinámica que condujo al Brexit. Pero tampoco a la agravada situación en Cataluña, donde el nacionalismo y el populismo se abrazan; y lo hacen, por cierto, al calor de la proliferación de las llamadas fake news, noticias falsas fabricadas masivamente, cómo no -desde terminales o trolls radicadas en Rusia...- con el declarado objetivo de fomentar la división y la fractura en Europa y de socavar la estabilidad en los EE.MM; y, consiguientemente, minar el proyecto europeo y la integración de la UE. Como tampoco es ajena a la virulenta pujanza del populismo reaccionario en las sucesivas citas electorales nacionales en los EE.MM de la UE de los últimos dos años: Países Bajos (PVV, Geert Wilders); Francia (FN, Marine Le Pen); Austria (FPÖ, Heinz-Christian Strache); Alemania (AfD, Alexander Gauland y JörgMeuthen); Italia (M5Stelle, Lega Nord,...), Reino Unido (UKIP, Nigel Farage), Grecia (Amanecer Dorado), Bélgica (VB), etc.


Cien años después de 1917, un fantasma recorre Europa. Pero no es el fantasma del comunismo del Manifiesto de Marx (1848) que inspiró a los bolcheviques. Es el fantasma del populismo, un populismo a menudo teñido de nacionalismo reaccionario. Lo que viene a refrescarnos algunas lecciones importantes. La primera es que nunca ningún derecho ni ninguna libertad están conquistados para siempre. Tampoco en la Unión Europea. La segunda, que es una triste paradoja mantener la resistencia a un régimen fenecido resucitando sus fantasmas. Y eso le puede pasar a quien mantenga una retórica antisoviética o antirrusa imitando al régimen de Putin, o al que mantenga una retórica antifascista o antifranquista ¡cuarenta y dos años después de muerto Franco! mientras practica desde alguna instancia de poder político una restricción del pluralismo, de las libertades, o una negación de las diferencias y del derecho a convivir bajo la ley, rompiendo el Estado de Derecho. Como ha sucedido en Cataluña bajo la irresponsable deriva hacia la frustración que ha surfeado el delirio de la DUI del Govern de Puigdemont.


En tiempos como estos, contaminados por el discurso del odio, por la posverdad y por las noticias falsas (fake news), como decía Albert Camus: “la indiferencia puede llegar a ser criminal”. 


Otro filósofo francés, André Glucksmann, en su libro El discurso del odio, dejó escrito que la primera respuesta ante la retórica de la discriminación y menosprecio al diferente, tiene que ser su exposición al ridículo.


Pero en Europa hace tiempo que hemos aprendido que sólo con eso no basta. Hemos aprendido, entre otras cosas, que nos hace falta transponer definitivamente la antigua Decisión Marco 2008/913/JAI contra el discurso del odio y la discriminación en todos los Estados miembros de la UE, para asentar en todos ellos los límites penales de una amenaza muy seria contra la democracia, en la que Europa lo arriesga todo: la de propalación de prejuicios e infamias estigmatizantes que incitan a la violencia y al rechazo contra nuestra propia diversidad identitaria. Ahora, hace falta más. 


Hace falta averiguar cómo se propaga en las redes tanto discurso del odio, y saber cómo se financia; y cómo proteger a las víctimas del odio y de su exaltación en la red y en el mundo digital.


Y, por supuesto, hace falta además saber que nombrar las cosas por su nombre es el comienzo del rigor cívico y del coraje político necesarios para evitar, de nuevo, que la “banalización del mal”, de la que nos habló Hannah Arendt, sea la semilla del fascismo.


TABARNIA, UNA METÁFORA 


"Para destruir un principio, nada hay tan efectivo como extraer de él todas sus consecuencias". Esta máxima filosófica ayuda a debatir con un fanático y contra el fanatismo, refutando las pseudo-argumentaciones, sofismas y falsas ilaciones lógicas que frecuentemente empiedran muchas pretensiones políticas que nada tienen que ver ni nada deben a los principios que grandilocuentemente invocan en apoyo de sus tesis.


Finalmente, la súbita popularización de "Tabarnia" como arquetipo del derecho a constituirse como "sujeto político" (eventualmente una nueva Comunidad Autónoma en España autosegregada de Cataluña, en el caso de que ésta se autosegregase del resto de España) pone de manifiesto, con carga de profundidad, la endeblez y las contradicciones intrínsecas de la falseada pretensión de transportar en un contexto democrático el invocado "derecho de autodeterminación" que el Derecho Internacional acuerda reconocer sólo a pueblos oprimidos que pugnan por liberarse de una opresión colonial que niega sus libertades y la participación política de la población sometida.


La puesta en escena de "Tabarnia" resulta así más que un sarcasmo: es también una metáfora de cómo la alegación de que la "democracia" consiste en que cualquiera reclame el "derecho a decidir" cualquier cosa, en cualquier momento, y de cualquier manera (sin respeto a garantías, formas y procedimientos, y sin limitación ninguna por ninguna ley, puesto que esa "mayoría decide" en cada momento a su arbitrio si la ley es vinculante o no) no es más que una fabricación sofística cuyas últimas consecuencias conducen inexorablemente a la destrucción del principio democrático y de la propia idea de democracia como orden de convivencia.


Porque hace tiempo, en efecto, que esas élites dirigentes que se han librado a una aventura en la que se matan a besos se han desentendido del todo de la razón última de ser del autogobierno incorporado en la Generalitat de Cataluña. Por contra, hemos asistido a su subrogación por una consociación trufada de contradicciones insalvables que desvirtúa las exigencias de la alternancia política y la confrontación, para sumar a los herederos de la CiU cleptocrática (el PdeCat) con la sedicente radicalidad de ERC y la “antisistema” y “anticapitalista” CUP.


Y así han venido trazando, sin concesiones, una obsesiva y monotemática hoja de ruta secesionista, abruptamente escorada hacia el unilateralismo, en la que se entremezclan tres quininas indigestas para la democracia constitucional (la única en que puede gestionarse en paz el conflicto político): 


a) -el tartufismopseudo-democrático (la hipócrita pretensión de que se pueda "decidir", votando, cualquier cosa en cualquier modo y cuando les apetezca, por más que se violen las reglas de juego pactadas para convivir y por más que ello incite a los demás a un desacato simétrico de lo que así se "decida"); 

b)- el victimismo impostado (buscan, cueste lo que cueste y sin reparar en perjuicios, provocar "reacciones" en aras de la defensa de la legalidad para de inmediato presentarlas como "represión" o "fascismo"); 

c) -el teatral martirologio (presentar “ante el mundo” sus provocaciones y sus ilegalidades penales, cuando no sus fechorías y su responsabilidad en el latrocinio sistemático de las arcas públicas, como si fueran la anticipación de una causa que acabará por ser heroica y triunfadora en la Historia).


Nada hay tan expresivo de la estrecha conexión entre la extrema derecha y el independentismo europeo como el calor entusiasta con que la bancada del nacionalismo antieuropeo y el extremismo reaccionario aplauden con regocijo el secesionismo catalán en el PE. Olfatean con claridad hasta qué punto los secesionistas son su herramienta útil para la voladura por dentro de la construcción europea con la que tanto sueñan.

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