martes, 23 de octubre de 2018
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Quizá el activo más importante o el único del “Procés” catalán, que no ha sabido o no ha podido acumular fuerza suficiente para imponerse, es su poder de movilización. Seguramente, las cifras manejadas por los interesados en las concentraciones del 11 de septiembre de los últimos años y actos similares no se corresponden del todo con la realidad. Pero, en cualquier caso, no estaría de más preguntarse por el papel de la gente en los movimientos nacionalistas, en Cataluña y también fuera de ella.


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En general, existe la tendencia a juzgar los hechos políticos como obra de los líderes, las cabezas visibles y los agentes que los protagonizan, más que como resultado de fenómenos o fuerzas en correlación, en los que la gente, las masas, ocupan un lugar preponderante. Se disocia la acción de los dirigentes de las que protagonizan y llevan a cabo todas y cada una de las personas que participan en un determinado movimiento. Y, en consecuencia, se responsabiliza más a las élites que a las masas de los hechos y sus resultados.


Sin duda, la relación entre el común y los jefes en la arena política ha sido y es materia de estudio sociológico, particularmente en su rama politológica, y es más que probable que hayan pautas y hasta modelos de comportamiento muy estudiados y definidos, al respecto. Cosa que, al igual que en otros ámbitos, no conlleva necesariamente una comprensión del fenómeno y mucho menos cambios en la percepción de las cosas.


El militante de ERC Toni Comín decía, refiriéndose al “Procés” desde su extrañamiento belga, que “vendrán curvas más complicadas de las que la gente podía prever”. 


O sea, que las “curvas” más que cuestión que atañía a los mentores del asunto y, en consecuencia, a él mismo, era algo más bien de la gente. A propósito de ello, cabría entonces preguntarse dónde late el pálpito del “Procés”: en los conductores, en los conducidos, o en ambos.


EL CRIMEN DEL ESTADO ATAÑE TAMBIÉN A LA GENTE COMÚN


Ya hizo referencia a esta cuestión Hannah Arendt cuando, con motivo del juicio al criminal de guerra Adolf Eichmann, llamó la atención sobre la banalidad del mal, las complicidades sociales en fenómenos como el nazismo y el crimen de Estado. Materia con la que Jonathan Littell construye su magnífica narración, “Las Benévolas”, poniendo al descubierto como, lejos de los estereotipos, de la estética, de los clichés, los humanos somos capaces de todo. Solo depende de las circunstancias que un pacífico mercero acabe arrastrando cadáveres o que un profesor de filosofía justifique o loe las ejecuciones en masa.


Las gentes que integraban las masas que en los años 30 recorrían las calles de Europa, movilizadas por los fascismos, no eran monstruos, sino todo lo contrario. En su inmensa mayoría, compaginarían su apego a la familia, el afecto a los hijos, el compañerismo…, con la xenofobia, el odio al otro y hasta la crueldad extrema. Solo era necesario que las circunstancias acompañasen.


Eran, según se nos ha contado y ahora vemos de cerca, personas sensibles al poder de las mayorías, y al poder tout court; gente inocente en muchos casos, amante del pasado glorificado y del futuro soñado. Muchedumbre, en fin, crédula, apegada a las cosas simples. Parte de la 'bona gent', como se la denomina en Cataluña.


Los líderes, no cabe duda, tienen una considerable parte de responsabilidad en las cosas. Son ellos los encargados de tomar las grandes decisiones. 


Son los narradores y, como tal, disponen de la facultad de poder modificar el guion, de decir u ocultar cosas. “Quizá insistimos poco en la parte inquietante del relato”, reconoce Comín. “Quizá se insistió demasiado en aquéllas cosas que sonaban mejor”, recalca, para concluir que “así la gente estaba más cohesionada”. Claro reconocimiento este de la función y la responsabilidad de Comín y de sus compañeros en el “Procés”.


Pero, el sujeto acaba siendo la “gente”. A ella se remite Comín y a ella apela redundantemente el “Procés”. La gente, la gente en la calle, movilizada, instrumentalizada y dejándose instrumentalizar, formando parte de la instrumentalización. La gente que no es comparsa (aunque también) sino sujeto activo y, en consecuencia, parte importante del problema. Dicho de otro, modo: cuando miles de personas actúan al unísono no es por generación espontánea y es cierto que responden a la apelación de alguien, pero igual de cierto es que esa gente, uno a uno, comparten el objeto que les moviliza. No pueden, en fin, ser exoneradas de responsabilidad y menos alabadas. Mucho menos cuando la masa adquiere perfil propio, se instituye en sujeto y actúa como ente diferenciado.


LAS MASAS PUEDEN SER EL MAYOR PELIGRO 


“En el interior de la masa siempre reina la igualdad”, afirma EliasCanetti. “En el fenómeno de la masa las diferencias entre los individuos se diluyen en pos de la fuerza común; se trata de un cuerpo en el que todos los elementos son iguales en la medida en que están fundidos en un mismo cuerpo unificado”. 


Refiriéndose a las masas abierta, sin límites prefijados, dice Canetti que se caracterizan por ser inestables, pero sumamente poderosas e incisivas.

También distingue a la masa retenida “que busca reunir a muchas personas en un mismo sitio, para después alcanzar el momento de la descarga en el que todos se consideran iguales en el cuerpo unificado de la masa”. En fin, en su y excepcional reflexión sobre la masa, Canetti también habla de la masa rápida (con metas cercanas y formación vertiginosa, propia de la política, el deporte y otras prácticas beligerantes) y la lenta, que puede perseguir el más allá o la gloria eterna.


En movimientos como el “Procés”, la gente movilizada, la masa, seguramente obra puntualmente, dependiendo del objetivo y las circunstancias, pero de modo general, los participantes actúan en comunión, comparten cosas y así lo ponen de manifiesto. Cosa que, al izquierdismo, entendido como enfermedad infantil de la izquierda, le conmueve, le motiva y le invita a sumarse. Porque, ya se sabe, hay que estar donde está el pueblo, la gente; porque la gente siempre tiene la razón, como los trabajadores en cualquier huelga, por ejemplo. No saben, porque quizá tampoco han leído con interés a Canetti, que la masa no puede disociarse del fenómeno, sino todo lo contrario. Forma parte de él y, en ocasiones, lo marcan y hasta lo determinan. Y, desde luego, que las masas ciegas, manipuladas, sin cabeza o con ella mal puesta tienen mucho peligro

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