miércoles, 19 de diciembre de 2018
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< ver número completo: Nacionalismo y extrema derecha II
Carlos Carnero

​La utilidad de Europa frente al nacionalismo y en la globalización

Director gerente de la Fundación Alternativas

Puede que la Unión Europea sea hoy el sujeto político más odiado por los nacionalistas y los más furibundos partidarios y radicales adversarios de la globalización real.


Es lógico.


MACRON


Por un lado, la Unión es la primera democracia supranacional conocida en la historia y tanto su creación como su evolución a lo largo de seis décadas han estado en todo momento inspiradas por las ideas más alejadas imaginables del nacionalismo.


Un nacionalismo, no lo olvidemos, que fue la ideología dominante que, encubriendo profundos intereses económicos, provocó el estallido de los dos grandes conflictos que devastaron Europa en el Siglo XX: la primera y la segunda guerras mundiales.


De hecho, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los padres fundadores del proceso de construcción europea suscribirían letra a letra la frase que el ultimísimo presidente François Miterrand pronunció ante el hemiciclo del Parlamento Europeo en 1995 -en una de esas ocasiones en las que uno puede decir aquello de “yo estuve allí”-: “El nacionalismo es la guerra”.


Pero no solo porque el nacionalismo provocara esas hecatombes y los terribles crímenes contra la Humanidad que tuvieron lugar en ese período -empezando por el Holocausto- apostaron los padres fundadores por iniciar la aventura de la construcción europea.


Lo hicieron también conscientes de que la progresiva superación de las fronteras en todos los ámbitos económicos y comerciales tendría un efecto multiplicador que permitiría a una Europa unida progresar geométricamente, algo imprescindible para renacer de las ruinas y construir el estado del bienestar.


LA UE, ESPACIO SOCIAL MÁS AVANZADO DEL PLANETA


Ese progreso económico es el que, paso a paso, ha convertido a la UE en el espacio más avanzado socialmente del Planeta, que en buena medida ha llevado al día a día el sueño de igualdad y bienestar soñado por generaciones durante dos siglos.


Si la UE es, como decía, la primera democracia supranacional conocida, no es menos cierto que también puede definirse como una unión de valores para garantizar derechos.

Esos valores de Europa, que hoy figuran en el frontispicio del Tratado y cuyo enunciado no puede ser más nítido: el respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Valores comunes que, como indica la constitución de la UE, son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres.


¿Es posible encontrar una mejor escala de valores contra las ideas del nacionalismo? Seguramente no.

Por eso parece coherente que Marine Le Pen, Wilders o la Liga Norte vean en la UE una construcción política antinacionalista, refractaria a las propuestas de la derecha extrema y en la que no tienen cabida por definición sus programas racistas y xenófobos.


Lamentablemente, muchos europeos han apoyado tales programas en las urnas. Para explicarlo hay razones que tienen que ver directamente con la crisis económica que ha golpeado con dureza a millones de ciudadanos desde 2008 y que la UE no ha sido capaz de gestionar más allá de la política de austeridad a ultranza durante un largo período.


Pero también lo explica la falta de convicción (y de credibilidad, todo hay que decirlo) de muchos dirigentes políticos y creadores de opinión europeos a la hora de defender nuestros valores y librar una batalla de ideas que durante demasiado tiempo ha estado hegemonizada por el campo que busca debilitarlos o, directamente, suprimirlos.


EUROPA NO SE CONSTRUYE LEVANTANDO MUROS


Una batalla de ideas que puede y debe hacerse con la bandera antinacionalista por excelencia: la de las doce estrellas con fondo azul, la de la Unión Europea. Pues frente a la intransigencia, la exclusión y el odio, lo que corresponde es defender más Europa y no menos. Macron y su campaña presidencial fueron un magnífico ejemplo de éxito partiendo de ese argumento.


En su propio contexto y salvando las lógicas diferencias, así también lo han podido comprobar los demócratas españoles cuando han sufrido el embate del nacionalismo independentista en Cataluña -que pretendía romper la Constitución de 1978 y pasar por encima de la voluntad ciudadana- y han tenido a la UE de su lado sin fisuras, defendiendo la unidad del país y recordando que Europa no se construye levantando muros, sino derribando fronteras.


Pero escribía al principio que la Unión es también objeto de las iras de los más furibundos partidarios y radicales adversarios de la globalización real.


La globalización no es algo caído del cielo, sino resultado del desarrollo dialéctico de los procesos históricos en lo económico y lo político, considerados como un todo: el capitalismo en su fase actual –tanto en el centro como en la periferia del modo de producción-, la desaparición del Muro de Berlín y la nueva orientación de China, entre otros.


En ese marco es preciso comprender la existencia de sectores que apuestan por la globalización neoliberal y desregulada, por la selva competitiva entre países y personas, donde solo terminaría ganando el más fuerte a costa de enormes sacrificios para la mayoría de la Humanidad y para el Planeta. Ahí están el Presidente Trump o los hedgefunds como buenos ejemplos.


Ellos saben muy bien que la UE no comparte ese punto de vista. ¿Porque no le conviene? Por supuesto, pues su modelo de sociedad –el estado del bienestar- necesita de otro contexto para mantenerse y desarrollarse y porque de sus genes ha desaparecido la competencia salvaje y priman las regulaciones. Tanto que puede considerarse a la Unión como el mayor poder normativo del mundo a través de su legislación, sus acuerdos comerciales y sus compromisos con pactos como el de París contra el cambio climático.


AVANZAR HACIA LA EUROPA FEDERAL


Curiosamente, los antiglobalizadores radicales se olvidan de algo tan fundamental y meten sin más a la UE en el saco de la mundialización sin reglas, equivocándose de medio a medio, ya que en realidad la Unión es hoy el factor más favorable a la reorientación de los procesos globales en un sentido económica, social y climáticamente sostenible.


Tanto que la modulación de la globalización depende directamente en buena medida del fortalecimiento de la Unión Europea, de su mayor capacidad de propuesta y actuación en el plano mundial.

Lo que significa que es imposible declararse alterglobalizador sin ser al tiempo europeísta, porque o primero sin contar con instrumentos para ejercerlo en la práctica carece de sentido.


La conclusión no puede ser más clara: avanzar hacia la Europa federal, con más competencias y recursos y también con más eficacia en los procesos de toma de decisiones es lo mejor que podemos plantearnos para derrotar al nacionalismo y conseguir un mundo más justo. Los factores objetivos están dados para conseguirlo. Ahora hace falta tener voluntad política para hacerlo. Las elecciones europeas de 2019 nos brindan una oportunidad extraordinaria en esa dirección.

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