lunes, 21 de mayo de 2018
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Ophélie Siméon. Profesora y periodista 

Elemento clave de las tradiciones políticas y los modos de movilización al otro lado del canal de La Mancha, la hostilidad a la Unión europea es uno de los asuntos fundamentales del referéndum del 23 de junio. Reactivando una cierta idea de la excepción británica, el euroescepticismo es también un rasgo de las luchas de influencia que libran los partidos políticos en la conquista de su electorado.

La mayoría de los británicos se reclaman actualmente euroescépticos u hostiles a Europa ¿Cómo explicar el fenómeno? En el Reino Unido el euroescepticismo es a la vez fruto de recientes evoluciones y de tradiciones políticas más antiguas, que se remontan hasta el final de la II Guerra Mundial. Desde el inicio del proceso de construcción europea, el país había querido mantener las distancias. Para explicarlo conviene superar el estereotipo de la insularidad. Es cierto que esta desconfianza es en parte portadora de argumentos soberanistas, de otro lado siempre presentes en el discurso euroescéptico de hoy. Contrariamente a sus vecinos de la Europa continental, el Reino Unido no vivió la ocupación nazi, ni jugó el juego de la colaboración. Así, no ha sentido la necesidad de reconstruirse, vía asociaciones interestatales. Al contrario. A lo largo del período llamado de "consensus" (1945-1979) conservadores y laboristas dejaron parcialmente de lado sus diferencias políticas para reconstruir el país, apoyándose en las tradiciones políticas nacionales. La continuación de las políticas del welfare state, apuntadas por los gobiernos liberales de principio de siglo, y la reafirmación de la soberanía parlamentaria. De hecho, la confianza en el Parlamento de Westminster como muralla contra las injerencias políticas, procedentes del monarca tentando por la tiranía o de potencias exteriores, se encuentra en el meollo de los principios constitucionales británicos desde el siglo XVIII y constituye desde entonces uno de los pilares de la identidad nacional.

Pero, paralelamente a este discurso soberanista, la desconfianza hacia Europa se nutre de argumentos internacionalistas. Con fuerte recuerdo del Imperio, el Reino Unido ha percibido el mercado común en formación como un marco demasiado estrecho para sus ambiciones mundiales. Desde un punto de vista geopolítico, las prioridades se han dirigido la reforzamiento de las especiales relaciones con EE.UU y al mantenimiento de los vínculos poscoloniales en el marco de la Commonwealth. Este compromiso extra-europeo tenía la ventaja de establecer un contrapoder a la pareja franco-alemana cuya potencia no cesa de afirmarse.

El euroescepticismo británico ha aumentado desde los años 90

Estas reticencias iniciales pueden entenderse como un conflicto entre dos culturas políticas muy diferenciadas. En esta perspectiva, no sorprende que la adhesión del Reino Unido a la CEE en 1973 fue situada bajo el signo del interés económico más que sobre la cooperación política. El gobierno conservador de Edward Heath consideraba que el mercado común constituía un marco favorable al ejercicio del libre intercambio. En consecuencia, la desconfianza en la UE no desapareció después de 1973. Incluso ha ganado terreno, a medida que la construcción europea superaba el marco económico de sus inicios para afirmar su vocación política supranacional. La política thatcheriana tuvo su influencia: la glorificación de un idealismo neo-liberal discurrió en paralelo con la voluntad de ir por libre ante la UE. Pero el euroescepticismo británico ha experimentado un aumento sin precedentes desde los años 90 y la ratificación del tratado de Maastricht, con el gobierno de John Major.

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