martes, 13 de noviembre de 2018
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Peru Erroteta. Periodista.

Largo y tendido se podría hablar de este 2016, que ahora termina. Pero si algo ha resultado en él especialmente significativo es, sin duda, el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. Sobre todo, a la luz de lo que ocurrirá en el año 2017 y sucesivos.

Los neocoms se apresuraron a instituir el unilateralismo de los EE.UU a escala global. Desparecida la URSS, solo quedamos nosotros y, en consecuencia seremos los que estableceremos las reglas de juego a escala planetaria y ejerceremos como potencia hegemónica, pese a quien le pese, se dijeron los ideólogos del sueño imperialista global americano. Y se equivocaron. A las primeras de cambio (Irak, Afganistán?) quedó claro que el mundo, como así lo ha reconocido y proclamado el presidente Barak Obama, es multilateral y solo desde esta perspectiva puede entenderse y manejarse.

Sin embargo, también es cierto que los Estados Unidos no es un país como cualquier otro. Además de acumular un descomunal potencial financiero, tecnológico y, particularmente militar, lo ejercita a escala global. Es decir, que lo traduce en políticas que determinan o influyen decisivamente en el devenir de buena parte de la humanidad, más allá de sus fronteras. Controla, además de silos nucleares, organismos como el FMI, el Banco Mundial, la OEA, la OTAN o la misma ONU. Y esto no es de hoy. A partir de la primera y sobre todo la II Guerra Mundial, no es posible interpretar la historia universal, sin el concurso de los EE.UU. O sea, EE.UU. no es el imperio, pero sí un imperio.

Harina de otro costal es como se desempeña cada emperador de turno. Ni Hilary, ni Trump se disputaron la presidencia para modificar ni la vocación las prácticas imperialistas de los EE.UU. En síntesis, se puede decir que mientras Clinton representa los intereses de la fracción imperialista del capital financiero especulativo (de tipo ficticio), Trump representa los de las fracciones del capital industrial que ciertamente ha perdido terreno en la competencia inter-capitalista a nivel mundial, en particular, frente a competidores como China. Sin embargo, desde la perspectiva de la historia y de la geopolítica imperialista ambas fracciones, si es que realmente existen, actúan como un solo hombre cuando sus intereses se ven amenazados por cualquier circunstancia. Además, como buen demagogo, Trump disociará las palabras y los hechos, seguramente hasta el paroxismo. Por ejemplo, afirmó en la campaña que impondría un arancel del 35% a las empresas y capitales que salgan de EE.UU. y, a las primeras de cambio, nombra un gobierno con lo más granado de los intereses transnacionales de las empresas americanas.

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