lunes, 21 de agosto de 2017
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Funcionarios de cinco estrellas

Javier Castro. Periodista

Entre el funcionariado también hay clases. Los hay de a pie -como los antiguos encargados de las ventanillas, objeto directo de queja de los administrados- intermedios en distintos grados y de cinco estrellas. Y por encima de todos ellos los gestores políticos de turno, un funcionariado a tiempo parcial que toma las decisiones y, en consecuencia, es responsable de lo que se ejecuta desde la Administración pública.

Se asocia en la percepción pública la idea de funcionario a la de alguien más bien gris en todos los sentidos, minúscula pieza de una gigantesca maquinaria que timbra, clasifica, archiva, expide? papeles y más papeles. Nada más alejado de la realidad. Porque el gris ha dejado de ser el color dominante en la vida, porque el papel está siendo sustituido por el ordenador y, sobre todo, porque la percepción social del trabajo público se está modificando a marchas forzadas, por mucho que algunos se empeñen en seguir asociándolo con burocracias insoportables como, por ejemplo, la franquista e incluso la de algunos blanqueados sepulcros empresariales.

Percepción que, claro está, empieza por la mayoría de los propios trabajadores públicos que, cada vez más, son conscientes de su función y, en consecuencia se sienten más próximos a los administrados. Prueba de ello, sin ir más lejos, son las movilizaciones de los empleados de la Sanidad y la Educación, que están defendiendo, más que los propios usuarios, la naturaleza pública de estos servicios. Podrían haberse plegado, obedientes, a las corrientes dominantes y haberse pasado a lo privado, donde hasta quizá gozarían de mejores remuneraciones.

Los empleados públicos no son ajenos a la realidad

A la luz de los acontecimientos que estamos viviendo, son meras insidias las que proclaman que los empleados públicos solo se interesan por sus puestos de trabajo. Es más, ni siquiera entre los privados ocurre tal cosa. El mundo está cambiando de piel. Por poner un ejemplo, lo que ayer era simple caridad cristiana se ha convertido en un universo en el que compiten multitud de agentes por prestar (o al menos, aparentar que se prestan) toda clase de soporte a las personas, hasta el punto de que los privados no dudan en apropiarse de servicios que tradicionalmente venían siendo gestionados por las Administraciones públicas, para hacer negocio sí, pero también con ánimo de blanquear imagen. En un paisaje, en fin, de ONG´s, en una cultura cada vez más marcada por el acercamiento a los problemas de las personas ¿Cómo no va a tener sentido la función pública? ¿Cómo no va a ganar terreno entre los encargados de administrarla una cultura y una sensibilidad que están en la calle?

Claro que el empleado público, todos los empleados públicos, cobran por gestionar las políticas que deciden quienes manejan los gobiernos. Pero también es cierto que los empleados públicos son personas no solo ajenas a las realidades del entorno sino todo lo contrario. Muchos de ellos por su propia función se encuentran más cerca de las personas y de las cosas y eso, necesariamente, lleva a una toma de conciencia, no solo de su condición personal sino de los hechos sociales, a pesar de la influencia de la pirámide jerárquica, de las coacciones y las mil y una alineaciones que soportamos. A pesar de los pesares.

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