miércoles, 23 de agosto de 2017
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Douglas Chacón. Filósofo. Catedrático en Ciencias Políticas Douglas Chacón

¿Podríamos llegar a tener sociedades y sistemas políticos sin partidos políticos? La respuesta es sí, pero no podríamos hacerlo sin la política. Me explico.

Los partidos podrían no tener ninguna función excepto ésa que hacen tan bien, llegar al poder para pensar en la siguiente elección.

Los grupos humanos, ya sean pequeños o grandes, antiguos o modernos, enmontañados o citadinos, han requerido de algún tipo de acuerdos, intersubjetivos y colectivos, para definir la gran pregunta a la que responde la política, ¿Podemos convivir juntos? y si la respuesta es sí, entonces, ¿Cómo podemos hacerlo?

En otras palabras, la sociedad sin política es imposible, pero sin partidos sí es posible. Pensarán que estoy loco, pues la democracia sin partidos es impensable, pero observe lo siguiente.

Los partidos políticos tal y como los conocemos, no tienen más de 250 años y en la génesis de éstos se disputaron la opinión pública con las facciones y las sectas. Bolingbroke (1678-1751) establecía sólo una diferencia de grado entre facciones y partidos, en donde las primeras eran apenas peores que los segundos.

La revolución francesa y la americana sospechaban de los partidos como nocivos a la unidad nacional. Según Sartori, lo que dio la posibilidad de una existencia digna a los partidos, fue sin duda los cambios culturales que favorecieron la tolerancia social y el pluralismo político.

Los partidos fueron vistos como amenazas a la unidad de la Nación

En resumen, los partidos no formaron parte de la constitución de los Estados- nación, más bien fueron vistos como amenazas a la unidad de la nación.

No obstante, los partidos políticos existen y forman parte de nuestro paisaje institucional, tuvieron su máximo desarrollo en las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, y de esta experiencia sacamos una herencia mental que nos hace añorar épocas en las que éstos eran: partidos de masas, ideológicos, basados en principios y programáticos.

No está claro de quién es la culpa. Si fueron los cambios en la economía, en la cultura, la desaparición de Estado de Bienestar, las variaciones demográficas o la globalización. Lo que sí está claro, es que ya nadie está contento con su forma de existencia.

Quienes nacimos en el siglo XX, pensamos por inercia cultural, que algo de noble hay en la experiencia de aquellos partidos: fueran liberales, socialistas, marxistas o democristianos y claro, denostamos a los actuales por ser cualquier cosa menos eso que conocimos.

Pero pensemos en esos ciudadanos que no conocieron, que no leyeron ni una sola obra de Mill, Marx, Bernstein o Adenauer y para quienes Sartori es una buena marca de vinos. Pensemos en quienes no leen; por una educación insuficiente, porque son personas completamente visuales y/o están asqueados de la política tal y como se ejecuta hoy

Dicho en breve, los partidos políticos ya no tienen ese sabor que tuvieron en el siglo XX. Parafraseando una deliciosa ironía de Kierkegaard, los partidos se nos parecen a esas hojitas de té que teníamos guardadas en la gaveta de nuestro escritorio con las cuales ya habíamos hecho té, diez veces.

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