domingo, 22 de octubre de 2017
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Ramiro Escobar la Cruz. Profesor en la Pontificia Universidad Católica y en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas

Todavía se comenta a nivel global -con entusiasmo, con prudencia o con escepticismo- los resultados de la COP21 de París, la conquista de un acuerdo climático que, casi al filo de la hora y el riesgo, pone sobre la mesa de la Humanidad la posibilidad de no auto-destruirse, o por lo menos de no socavar, por cuenta propia, una mínima calidad de vida. Hay que preguntarse, sin embargo, si lo logrado es real, viable, factible. Hay que pensar si, en verdad, hemos dado un gran paso.

Lo hemos dado sí, aun cuando sea por ahora solo una pisada tímida. Lo central y esperanzador del naciente documento que trata de luchar contra la amenaza del calentamiento global es que, por primera vez, todos se mojan para bajar el calor. A diferencia de lo ocurrido con el Protocolo de Kioto (1997), que comprometía solamente a las grandes potencias de entonces a reducir sus emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), acá el compromiso es mundial, involucra a débiles y poderosos.

Desde el punto de vista de las relaciones internacionales, se trata de un cambio fundamental que en cierto modo reorganiza los vínculos, por lo general tensos, entre todas o casi todas las naciones. El riesgo climático ha propiciado que se bajen, en grados modestos pero reales, las defensas inexpugnables de lo que se concibe como "soberanía". China y Estados Unidos, por citar a los dos países más emblemáticos y más emisores de GEI, han aterrizado finalmente en el pacto.

Con reticencias, discutiendo cada línea, pero lo han hecho. Aunque ahora no se perciba con plena claridad, la disposición de ambas potencias para mojarse en esta tarea es sintomática de cómo ha crecido la conciencia sobre el problema y cómo se comienzan a disolver (derretir acaso) las resistencias ideológicas o pragmáticas de los Estados. Las reticencias de la India (próximamente el país más poblado del planeta), por su parte, también hablan de los baches que aún persisten.

Este último país fue el que simbolizó, quizás con más fuerza, una idea que sigue flotando en el imaginario del desarrollo: tenemos que hacerlo, más o menos, cómo lo hicieron los países que ahora están en la cúspide del poder mundial. Poniéndolo en términos un poco rudos, la "mejor calidad de vida" tiene que consistir en más coches, más artefactos eléctricos, más infraestructura. Más consumo, sobre todo, porque se supone que eso es lo que nos lleva hacia cierta "felicidad".

El acuerdo tendrá que ser firmado y sucesivamente ratificado

Como escribo desde Latinoamérica, debo decir que por estos predios también se suele creer lo mismo, a pesar de que la realidad de un planeta exprimiendo sus recursos en aras del "progreso" hace crisis frecuentemente, en la figura del agotamiento de los recursos (bosques en esta región, verbigracia), o hasta en el clamoroso estallido de un deterioro moral generalizado. Lo acordado en la COP21, si bien tímidamente, suelta un aire de cuestionamiento a ese torvo modus vivendi.

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