jueves, 17 de agosto de 2017
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Redacción 

Hay quienes sostienen, como es el caso del historiador y economista anarcocapitalista Murray N. Rothbard, que el Estado de bienestar norteamericano parte de la convergencia entre el pietismo milenarista -que proclama el reinado de Cristo en la tierra junto con sus elegidos antes del juicio final-  y el interés económico se expande desde el siglo XVIII con un gran protagonismo de las mujeres y, a lo largo de los años, llegó a gozar del apoyo de ilustres apoyos, como el de los Rockefeller.

En consecuencia, poco tiene de extraño que no falten quienes interpretan que el modelo USA de Estado de bienestar es un salvavidas del capitalismo, aunque para la mayoría no es más que una copia, no muy acabada, de sus homólogos europeos.

Aquélla ideología religiosa de pietismo, procedente del protestantismo y de marcado carácter puritano, fue derivando a lo largo de todo el siglo XIX hacia la idea de que el reino de Cristo en la tierra se materializaba a través del Estado, que adquiría así carácter divino. Así, del fomento de una moral estricta y una primitiva caridad, el pietismo pasó a utilizar el gobierno como palanca de transformación social en línea con sus intereses, en ocasiones, como fue el caso del prohibicionismo, con notable éxito. Las políticas de apoyo a la infancia y la mujer y los ancianos, impulsadas sobre todo por el incipiente movimiento feminista de perfil pietista, la influencia de las corrientes socializantes procedentes de Europa y el compromiso relevante de comunidades como la judía, crearon un caldo de cultivo que, a mediados de los años 30 del pasado siglo, facilitaron el New Deal (Nuevo trato o nuevo reparto).
Derrotados los republicanos en las elecciones de 1932, el nuevo presidente, el demócrata Franklin Delano Roosevelt, adoptó una serie de medidas tendentes a resolver la grave depresión en que se encontraba sumida la economía norteamericana. Estas medidas puestas en marcha durante los cien primeros días de su mandado tuvieron continuidad a lo largo de los años y fueron bautizadas con el nombre de New Deal. En realidad, se trató de un plan de urgencia que priorizaba la demanda e incrementaba el consumo para reactivar la producción y hacer así frente al drama de 12 millones de parados
Paquete de medidas contra la crisis
En tal sentido, potenció un mayor control del Estado sobre los bancos (Banking Act, de 1933) y exigió un incremento de sus reservas, a fin de garantizar su solvencia. Estimuló además la concesión de créditos a la inversión empresarial y promulgó la Ley de Obligaciones Federales, a fin de proteger a los inversores de posibles fraudes y devaluó el dólar un 41% para facilitar las exportaciones.
En el ámbito industrial potenció las subvenciones (National Industrial Recovery Act, de 1993) con el objetivo de estimular la recuperación y acometió gigantescos proyectos de infraestructuras, a través de la Publics Works Administration (WPA, 1935). Organismo que en colaboración con la Tennessee Valley Authority, creó diferentes empresas públicas que construyeron embalses, centrales hidroeléctricas y reforestaron extensas áreas, dando con ello empleo a más de tres millones de trabajadores.
A través de la Agricultural Ajustment Act (AAA, de 1933) buscó la recuperación del campo disminuyendo la producción a cambio de indemnizaciones, ya que la sobreproducción que se arrastraba desde la década de los años 20 había hundido los precios y los beneficios de los agricultores. En tres años se consiguió duplicar las rentas agrarias.
En el terreno laboral, por medio de la National Labor Relations Act se regularon las relaciones entre patronos y obreros, estableciendo un salario mínimo y la jornada horaria máxima. Con la disminución del paro, la fijación del salario mínimo y la tendencia al alza de los sueldos, se creó una masa de asalariados con cierto poder adquisitivo que multiplicó la demanda. Mediante la Social Security Act, se creó el primer sistema federal de seguro de desempleo y de pensiones
Aunque los propósitos del presidente Roosevelt de invertir la tendencia recesiva se cumplieron, el balance final de su plan no alcanzó todos los objetivos que se había marcado. La actividad anterior a la crisis del 29 no llegó a recuperarse hasta la Segunda Guerra Mundial, que obligó al país a explotar toda su capacidad productiva. El aumento de las inversiones públicas fue extraordinario, pero no fue suficientemente complementado por la iniciativa privada. El paro continuó siendo elevado, en 1937 afectaba a más de siete millones de personas.

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