sábado, 19 de agosto de 2017
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MIEDO

Peru Erroteta. Periodista
 
Estado y bienestar -el de carácter general, claro, y no el propio- son términos que no agradan a los conservadores. Consideran el reparto contra natura, porque a su juicio el individuo es esencialmente egoísta y de hecho consideran que cada céntimo que se redistribuye les ha sido arrebatado ilegítimamente de cada uno de sus bolsillos. De hecho, el debate sobre la naturaleza, legitimidad y viabilidad del Estado de bienestar comenzó con su propia idea y no ha cesado hasta hoy.

Históricamente, los poderosos solo han cedido poder frente a la presión de los desposeídos o de unas circunstancias en las que estos podían constituir una amenaza. Así, el tan cacareado Estado social de Bismarck no fue en definitiva más que una reacción temerosa de las clases dominantes ante la marea socialista que amenazaba con llevarse por delante todo el viejo orden monárquico alemán. Plenamente identificado con la ideología conservadora, Bismarck hablaba de la "codicia de los proletarios" y el ideólogo Von Stein, padre de la criatura social alemana, sostenía que había que las reformas que propugnaba "evitarían el proceso de las clases que buscan ascender socialmente".

Menos explícito, aunque en el fondo compartiendo similares intenciones, resultó el "New Deal" de Roosevelt. Solo ante la catástrofe de 12 millones de parados y una economía gripada, que asimismo amenazaba con llevarse todo por delante, fue capaz de reaccionar el sistema americano. A posteriori y con afán propagandístico se han divinizado las medidas de Roosevelt que, en realidad, fueron de mayor calado económico que social y que, en último término, tenían como finalidad facilitarles las cosas a las empresas. Todo ello con el añadido, como no, de una resistencia numantina de los conservadores a las medidas de carácter social -bastantes de las cuales fueron impedidas- y una negación del modelo que aún pervive, más descarnadamente si cabe. "Algunos piensan que la fuerza de Estados Unidos proviene del gobierno, que los desafíos exigen más gobierno, leyes y más protección social frente a la competencia del mercado. Eso se llama Estado del bienestar. Ese es el camino elegido por Europa. Eso condujo a una elevada tasa de desempleo", repetía en su campaña el candidato republicano a la Casa Blanca Mitt Romney.
Ante la eventualidad de perder todo, llegaron las concesiones
Hasta en el aparentemente impecable modelo sueco de Estado de bienestar subyace el temor de los ricos al enemigo de clase. Sociólogos e historiadores bucean en el pasado tratando de dar con las claves capaces de explicar "la rareza nórdica" de la justicia social. Apelan, por ejemplo, al talante comunitario en unas aldeas dispersas y otras causas para explicar el fenómeno pero, en realidad, el motor de los cambios fueron los desposeídos, organizados en este caso en potentísimos sindicatos de clase. Y no puede obviarse tampoco que a sus puertas acababa de tener lugar una amenazadora revolución social.
Ante la eventualidad, percibida en algunos momentos como muy real, de perder todo, lo que se denominó "burguesía" empezó a soltar lastre y así nació lo que ahora conocemos como Estado de bienestar. Cosa que, en último término, constituye para los poderosos una concesión a los desposeídos de algo que legítimamente pertenece a los poseedores. En ningún caso un asunto de justicia, equidad e incluso sentido común. Solo algo dictado por el interés.
Efectivamente, como sostiene Murray N. Rothbard en el caso americano, hubo otros factores que seguramente contribuyeron al Estado de bienestar como, por ejemplo, los de carácter religioso. Pero el paso de la antigua caridad a la redistribución no estuvo exclusivamente inducido por el "buenismo". Aquéllas piadosas damas que organizaban colectas para atender a niños y ancianos poco tenían que ver con quienes reclamaban justicia social, aun entendiendo esta como la realización del reino de dios en la tierra. Los hospicios, asilos, manicomios, escuelas y otras instituciones sociales, regentados en su mayoría por religiosos, en muy poco se asemejaban a los hospitales o la enseñanza pública del Estado de bienestar.

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