Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación y mostrarle publicidad y contenidos de su interés. Al continuar navegando, consideramos que acepta su uso.
Miércoles, 17 de septiembre de 2014 | 11:31
 Corrupción y ambiente político
13/02/2013 20:36
 

Carlos Mella

Estudió Derecho en el Complutense de Madrid y Ciencias Económicas en la Sorbona de París. Fue diputado en el Parlamento gallego y Vicepresidente de la Xunta de Galicia, Presidente de la Asociación de Escritores en Lengua Gallega y desde hace pocas fechas es presidente de la Fundación Castelao .



"¿Acaso se reconocen como corruptos los diputados que guardan su escaño votando lo que ordena el encargado de la disciplina partidista? Pues lo son "
 

 Hace ya casi un siglo, Ortega se preguntaba, maravillado, cómo era posible que veinte millones de pulquérrimos ciudadanos se empeñasen siempre en elegir a veinte sinvergüenzas para que los gobernasen.
 
Se puede o no estar de acuerdo con la respuesta que el propio Ortega da a tal interrogante, pero es difícil negar que, hoy en día, la pregunta sigue vigente.
 
Hoy se habla de la corrupción política como preocupación fundamental del ciudadano, de la necesidad de reformar la legislación sobre funcionamiento de los partidos políticos, de una nueva ley electoral ; todo ello parece necesario y conveniente pero no suficiente y, voluntaria o involuntariamente, se está convirtiendo en un modo de ocultar las causas últimas de la corrupción; una manera de tomar el rábano por las hojas, un darle importancia, a veces grotesca, a cuestiones formales, mientras se deja escapar sin diagnóstico las causas esenciales de esa corrupción.
 
Así se observa como el funcionamiento de los partidos es puesto en solfa: y es cierto que el enroque de las direcciones, el considerar que el diputado es un funcionario de la organización que tiene que votar obligatoriamente lo que señale el partido, aun cuando sea contrario a lo defendido en la campaña electoral, el castigo inmediato al no obediente y el premio al dócil, coadyuvan a la formación de una clase política incompetente, renuente a la exigencia ética, donde la sumisión priva por encima de las capacidades.
 

"¿Acaso se consideran corruptos los gobiernos que colocan, con razonados discursos, los beneficios de grupos poderosos por encima del bien común, la justicia y la dignidad? Pues lo son"

 La corrupción es sistémica

También es cierto que la ley electoral, con listas cerradas y bloqueadas, acentúa el carácter burocrático del mundo político y traslada a esta el concepto de escalafón en el diputado, que puede rotar de lista en lista, por provincias que nunca ha pisado. 
 
Todo ello es cierto, pero un buen ejercicio nos llevaría un poco más lejos. La corrupción parece sistémica y no se limita sólo a los partidos ni es sólo económica; afecta a todas las instituciones. La monarquía está fuertemente tocada, el Tribunal Constitucional ha perdido su crédito después de sentencias incomprensibles y tardanzas inadmisibles, semanas caribeñas y otros aconteceres desprestigian a un sistema judicial de agónica lentitud y la banca recita una interminable letanía de acciones de dudosa moralidad cuando no de flagrante ilegalidad ante el estruendoso silencio, sino connivencia,  de los reguladores.
 
Y cómo se encuentra el ciudadano delante de este panorama, se puede preguntar. El ciudadano, en apariencia, se queja, protesta y dice sentirse atónito, pero ese ciudadano, por lo menos hasta hoy, no parecía sentirse demasiado incómodo en tan desagradable mercado; al contrario, al ejercitar su voto no sentía reparos y el corrupto confeso salía elegido por mayoría absoluta.
 

"El problema consiste en que, por lo menos hasta hoy, la corrupción bajo sus diversas formas está admitida socialmente. La solución, difícil, reside en dotar a la ciudadanía de un mayor cabotaje moral"

 La solución pasa por dotar la ciudadanía de un mayor cabotaje moral

Una pretendida democracia, puramente formal, legitima a unos poderes corruptos que no se sienten corrompidos, al mismo tiempo que el votante también se considera libre de toda responsabilidad, cerrándose así el círculo de un general y oculto consentimiento ¿Acaso se reconocen corruptos los ciudadanos que revalidan  a corruptos para ejercer el poder? 
 
Pues lo son ¿Acaso se reconocen como corruptos los diputados que guardan su escaño votando lo que ordena el encargado de la disciplina partidista? Pues lo son ¿Acaso se consideran corruptos los gobiernos que colocan, con razonados discursos, los beneficios de grupos poderosos por encima del bien común, la justicia y la dignidad? Pues lo son.
 
No vale engañarse con prédicas sobre reformas electorales, listas cerradas o abiertas, o cualquiera otra reforma legal. No se niega que sean necesarias pero son subordinadas y no suficientes. Para comprender esto preguntémonos porqué nuestro sistema electoral funcionaría razonablemente en el Reino Unido y, en cambio, el sistema electoral inglés no funcionaría en nuestro país.
 
El problema consiste en que, por lo menos hasta hoy, la corrupción bajo sus diversas formas está admitida socialmente. La solución, difícil, reside en dotar a la ciudadanía de un mayor cabotaje moral.
 

Nuevo comentario
*
*

* Campos obligatorios
Leer edición en: ENGLISH
Ronda Universitat 12, 7ª Planta -08007 Barcelona - Tlf (34) 93 301 05 12
RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS. EDITADO POR ORNA COMUNICACIÓN SL
Inscrita en el Registre Mercantil de Barcelona al tom 39480, foli 12, full B347324, Inscripció 1