martes, 20 de febrero de 2018
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Peru Erroteta

​TV3, el altavoz del “Procés”

Periodista

No necesariamente, una televisión pública debe estar al servicio de quien manda y, en consecuencia, paga. Existen ejemplos que, ponen de manifiesto como, justamente por su carácter, los medios de comunicación públicos tienden a la objetividad, la pluralidad y el interés general. La televisión pública catalana, TV3 es un claro ejemplo de lo contrario.


TV3



La Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA), que incluye a TV3, Catalunya Ràdio y sus medios digitales, contaba a finales de 2016 con una plantilla de 2.312 trabajadores, que suponen un gasto en plantilla de 159 millones de euros. La mejor pagada de las televisiones autonómicas. Esto significa que la media salarial anual de cada trabajador del CCMA es de 68.771 Euros, por encima de RTVE y de todas las autonómicas. La facturación por publicidad de la CCMA es de 61 millones de Euros, que solo cubre una quinta parte de sus costes totales.


Es natural que tan abultadas cifras susciten debates en torno a la naturaleza, la viabilidad y sobre todo el mantenimiento con dinero público de medios de comunicación. Resulta obvio, en comparación con otras modelos de televisión, sobre todo del perfil y la dimensión de las regionales a escala europea, que TV3 constituye un paradigma de sobredimensionamiento a todas las escalas empezando naturalmente por su presupuesto. Argumento que, tradicional y reiterativamente, es esgrimido por la derecha para cuestionar la existencia de servicios públicos de información.


Sin embargo, más allá del debate sobre la naturaleza pública o privada de los medios, del dinero de todos que se dedica a los primeros y también a los segundos, vía subvenciones, la cuestión más preocupante estriba en el para qué. Porque si, por ejemplo y aun reconociendo su gigantismo y, en consecuencia, su coste y demás lastres, TV3 se dedicara, por ejemplo, a informar con honestidad a todos los catalanes, fomentar las buenas prácticas ciudadanas, promover la democracia, educar y facilitar el acceso a la cultura… podría entenderse, justificarse y hasta defenderse el modelo. Lo grave es que parece ocurrir justamente para lo contrario.


TRANSMISIONES EFICACES DEL "MODELO NACIONAL CATALÁN"


Desde que el nacionalismo, en sus orígenes de menor intensidad, se fue haciendo con los resortes de poder autonómicos en Cataluña, prestó naturalmente especial atención a los medios de comunicación, a sabiendas de que constituyen la herramienta fundamental en la creación del espacio público.


En 1990 y de la mano de Jordi Pujol, nació el “Programa 2000”, un plan cuyo objetivo era promover su particular visión del “catalanismo en todos los ámbitos sociales”. 


En el apartado dedicado a los medios de comunicación, dicho plan establecía, textualmente, “lograr que los medios de comunicación públicos, dependientes de la Generalitat, sigan siendo unos transmisores eficaces del modelo nacional catalán”.


Cuando desde el poder, altamente concentrado en este caso por Convergencia y Unió, se establece que los medios de comunicación públicos “sigan siendo transmisores”, además de reconocer que, de hecho, ya venían siéndolo, se entiende que su función está en transmitir, trasladar lo que establezca el poder a los ciudadanos. Cosa que, en este caso, es el “modelo nacional catalán”; algo difícil de interpretar, pero que viene a decir lo que ellos entienden que es o debe ser Cataluña, en clave nacional. O sea, su Cataluña. Lectura parcial, excluyente y no democrática, en la medida en que, como ponen de manifiesto los hechos, esa Cataluña solo contempla una parte de ella y, además lo hace desconectándose de España.


Así las cosas, de modo intencionado, organizado, planificado TV3 se instituye en maquinaria propagandística de CIU, ERC… del nacionalismo y, específicamente, del “Procés”. Su gestión corre a cargo de un colectivo, formalmente independiente, pero en realidad cuidadosamente seleccionado, en función no tanto de sus méritos profesionales como de su adhesión al “modelo nacional catalán”. En el mismo sentido, las plantillas se corresponden hegemónicamente con el modelo. Todo ello orientado a difundir contenidos formulados y acuñados como propaganda, “entendida como una estrategia comunicativa y una técnica de ingeniería social, en la medida en que trata de construir y asignar identidades”, tal como apunta en estas mismas páginas Larissa Zakharova.


TOTALITARISMO COMUNICACIONAL


En línea con lo que dice Alexander Hanisch-Wolfram (“cuanto más compleja es la identidad colectiva más numerosos son los aspectos de la vida tocados por la propaganda y más puede ser calificada de totalitaria”), TV3 se dedica en cuerpo y alma a “hacer país”, a narrar el mundo a su manera, que no es más que una forma de construirlo, como muy bien saben los expertos en comunicación pública. Así, de forma transversal el nacionalismo se instala en el discurso del medio, impregna todos y cada uno de sus espacios, difunde los mensajes que considera más adecuados al “modelo nacional catalán”. Y lo hace no solo en los programas informativos, sino en los de carácter cultural, entretenimiento y diversión, económicos y hasta infantiles o deportivos. Por no referirse a las retramisiones en directo de los grandes acontecimientos del “modelo nacional catalán”, como las manifestaciones del 11 de septiembre, cuidadosamente organizadas para multiplicar sus efectos visuales, vía televisión.


Al calor de lo que afirma Kirill Postutenko (“La comunicación totalitaria es un tipo de específico de comunicación, anclado en la organización política de la sociedad y no un atributo exclusivo de los ‘regímenes totalitarios”), no parece muy arriesgado deducir que TV3 se configura como una variable de totalitarismo comunicacional. Eso sí, camuflado como el “Procés” y el nacionalismo a que responde, de estilo familiar, victimismo, “buenismo…”, no exentos, desde luego, de un marcado “supremacismo”, muy en onda con sus públicos más fieles.


Porque uno de los rasgos más llamativos de TV3 es su contribución a desconectar Cataluña de España. No se habla de Galicia, Andalucía, Euskadi y Madrid, por ejemplo. Y cuando se hace es muchas veces para mal. Con la intención no oculta de fabricar un imaginario de España ajeno, extraño, cuando no hostil y agresivo. Porque, como bien saben los profesionales del marketing político, los marcos de referencia (“el modelo nacional catalán”) no solo se crean, digamos, en positivo. Requieren también un contrario, el enemigo que, en este caso es España.


No es ajeno a TV3 el lucro, sino todo lo contrario. Acorde también con la ideología en que la se inspira, con los intereses que defiende y comparte, es de dominio público que la televisión pública catalana es uno de los “pesebres” más rentables de Cataluña. 


No solo un citoplasma de productoras, empresas y profesionales obtienen jugosos beneficios del medio, sino que algunos profesionales de la propia casa se benefician llamativamente de él. Cosa que, como bien se sabe, genera adhesiones inquebrantables.


Si en las agendas de los medios no aparecen reflejados adecuadamente los temas relevantes, es decir, aquellos que afectan directamente a la calidad de nuestras vidas, a la calidad de una democracia, esa democracia se acabará resintiendo, porque la opinión pública no tendrá información sobre ellos. Y si se entiende la democracia como la voluntad de que los ciudadanos dispongan de los medios para participar en la gestión de los asuntos que les conciernen, y que los medios de comunicación sean accesibles e independientes, los medios públicos catalanes y, por extensión, los subvencionados, que también se dedican a la promoción del “modelo nacional catalán”, solo pueden ser suspendidos en toda regla, por utilizar un término piadoso.

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