martes, 20 de febrero de 2018
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Redacción

La comunicación totalitaria, una técnica de ingeniería social

La discusión, procedente de la guerra fría, entre los partidarios de la escuela totalitaria y los revisionistas ha influido durante mucho tiempo no solo en la visión de la  URSS, sino como objeto de estudio. Si los primeros, que derivaron en expertos en Kremlinología, se interesaron por la propaganda, los segundos se adentraron en el campo de la historia social, de la historia de la vida cotidiana, valorando el papel de la sociedad y de los individuos en la evolución del régimen. Y fueron los revisionistas quienes revolucionaron nuestra percepción de la comunicación en la URSS, mostrando como las cartas de los ciudadanos ordinarios participaban de la política. Las cartas eran un medio de doble vigilancia: permitían el pueblo ejercer una forma de control sobre los burócratas y al régimen disponer de información sobre lo que pensaban los ciudadanos. Gracias a la correspondencia, la gente podía formular una denuncia, plantear una reivindicación e incluso acusar de manera interesada a un vecino de “acciones hostiles al régimen”, con objeto, por ejemplo, de disponer de una pieza complementaria en el apartamento comunitario. Las investigaciones llevadas a cabo en los diarios íntimos abrieron nuevos horizontes epistemológicos, dando nacimiento a la historia de la subjetividad. Gracias a nuevos desarrollos, los últimos trabajos sobre los medios no se limitan a examinar la propaganda a través de la prensa, la radio y la televisión, sino que prestan especial atención a su percepción en la sociedad. 


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Este antiguo debate parece superado. Sin embargo, son numerosos quienes todavía no saben qué términos emplear para distinguir de forma explícita países como la URSS, la Alemania nazi y las democracias liberales. Kirill Postutenko utiliza el adjetivo “totalitario” en la portada de su obra, integrada por diez estudios de casos, elaborada por sociólogos, politólogos, filólogos e historiadores, producto de en un coloquio organizado por la Universidad de Kanstanz en Alemania. El libro trata de la comunicación entendida esencialmente como discurso político y propaganda. Su objetivo no es focalizarse en las divergencias entre países, sino de presentar casos de comunicación totalitaria en países democráticos durante períodos específicos (la Franca de Vichi y con De Gaulle, los EE. UU y Gran Bretaña en el período de entreguerras) y en las “nuevas democracias” (Kirguizia post-soviética). La comunicación totalitaria -sostiene la obra- es un tipo de específico de comunicación, anclado en la organización política de la sociedad y no un atributo exclusivo de los “regímenes” totalitarios.


El fundamento teórico de la obra se resume en la idea de que la comunicación es una función de la vida social sin identidad propia y cuyo objetivo principal es servir a los miembros de la sociedad. 


Muchas aportaciones de la obra están influidas por las teorías funcionalistas del sociólogo alemán Niklas Luhmann, cuyas obras son más conocidas en Alemania que en Francia, donde siempre se han interesado por los trabajos de Jurgen Habermas, autor de la teoría de la acción comunicativa, en las antípodas del pensamiento de Luhmann. Este último rechaza el concepto individual en provecho del papel de las instituciones que organizan el orden social ¿Qué es lo que tal aproximación puede aportar a nuestra comprensión de los procesos de comunicación en regímenes políticos diferentes?


COMUNICACIÓN Y CULTO A LOS DIRIGENTES


Esta aproximación funcionalista permite en primer lugar preguntarse sobre el papel de la comunicación en la construcción del culto a los dirigentes. Kirill Posturenko realiza un análisis gramatical del discurso de Stalin, Hitler y Roosvelt y llega a la conclusión que la presencia de Stalin en sus propios discursos es más discreta que la presencia de Hitler o Roosvelt en los suyos (…) En sus discursos, Stalin se refiere poco a sí mismo; su culto es construido por su entorno. Por el contrario, Hitler participa él mismo en la construcción de su culto.


Nanni Baltzer analiza la construcción del culto a Mussolini en la comunicación por la imagen y la iluminación de los edificios públicos de Milán, con ocasión de las fiestas del 28 de octubre de 1933. La luz formaba parte de los eventos propagandísticos de la Alemania nazi y en la Italia fascista. Baltzer estudia un caso único de comunicación bajo el fascismo mezclando los registros de lo religioso y lo político. El retrato gigante de Mussolini fue colgado de la fachada altamente simbólica de la catedral de Milán. La estrategia de Mussolini fue sacralizar el fascismo. Integrando los elementos religiosos a su propaganda, el fascismo se apoyaba en actos e imágenes con gran carga positiva anclados en la memoria colectiva. La fotografía monumental debía servir para crear una figura de culto. El tamaño desmesurado del retrato sugería la naturaleza sobrehumana y la grandeza del líder.


¿UNA COMUNICACIÓN TOTALITARIA... EN LA ESFERA PÚBLICA?


Algunas aportaciones a la obra retoman el debate sobre la existencia del espacio público en la URSS estalinista o la Alemania nazi. Para el politólogo Jen K. Chalaby, autor del texto sobre la comunicación pública en los regímenes totalitarios, autoritarios y “estatistas” (la Francia gaullista en la que el Estado era un actor importante en la esfera pública y controlaba las comunicaciones públicas) no se puede hablar propiamente de esfera pública en los regímenes totalitarios y autoritarios, porque los primeros tratan de cambiar la manera de reflexionar de la gente, mientras que para los segundos lo esencial es mantener el statu quo, reducir los individuos al silencio. Los que leen la prensa entre líneas practican el escapismo.


Lorenz Erren responde de forma afirmativa a la cuestión de la existencia de una esfera pública en los regímenes totalitarios en su artículo sobre el gobierno de Stalin y sus prácticas de comunicación. 


Afirma que la habilidad política de Stalin consistía en crear un nuevo tipo de esfera pública, que le permitía no solamente controlar, modificar, destruir y reconstruir las relaciones sociales, sino prevenir todo riesgo de oposición social.


¿UNA CULTURA MEDIÁTICA?


Lorenz Erren analiza esto como una forma de comunicación entre individuos físicamente presentes, lo cual le permite trazar paralelismos con la comunidad del pueblo o la esfera pública urbana pre-moderna, en la que no había, dice, objetos mediadores, soportes de comunicación. Insiste así sobre la diferencia entre la esfera pública mediatizada de las democracias liberales, que recurren a métodos de distanciación y despersonalización.


Dimitri Zakaharine, Jurij Murasov e Irina Wolf insisten, por su parte, en la importancia de los medios en los procesos de comunicación totalitaria. 


La paradoja viene del contraste entre la pobreza informativa de las comunicaciones en los Estados “totalitarios” y el desarrollo desproporcionado de las tecnologías mediáticas, que se utilizan para transmitir este magro contenido. Según Murasov, el atraso de la cultura escrita en Rusia dio un impulso suplementario a los nuevos medios que formaban el universo cultural soviético. Simultáneamente, en la cultura soviética de fin de los años 20 y principio de los 30, la literatura formaba parte de los fundamentos del nuevo modo de comunicación, paradójicamente orientado hacia la oralidad. Por esta razón, la radio se convirtió en el medio principal de producción literaria y de su recepción. El interés soviético por las tecnologías mediáticas está confirmado por el estudio de Zakaharine, que muestra como los medios electro-acústicos fueron utilizados para reconfigurar el paisaje sonoro tradicional ruso. El objetivo de la propaganda que pasaba por el sonido era desmitificar los sonidos de las campanas de la iglesia ortodoxa y, a la inversa, espiritualizar los sonidos industriales.


Algunos Estados postsoviéticos adolecen aún de pobreza de medios de información. Irina Wolf plantea como la dependencia de los periódicos “privados” respecto al Estado kirguizio influye sobre el tono y el contenido de las publicaciones en relación con la organización islamista radical Hizb ut-Tahrir al-Islami. Comparando los artículos de la prensa kirguizia, británica y alemana de principios del 2000, concluye que la forma en que se trata la organización islamista no depende del estatus que posee en estos tres países, legal en Gran Bretaña, o ilegal en Alemania y en Kirguizia, sino de la independencia de los medios respecto a las autoridades.


TÉCNICAS DE INGENIERÍA SOCIAL


La propaganda es una estrategia comunicativa y una técnica de ingeniería social, en la medida en que trata de construir y asignar identidades. Alexander Hanisch-Wolfram compara los discursos del canciller austriaco Engelbert Dollfus en Viena, en 1933, con los del mariscal Pétain, en 1941, con objeto de comprender los procedimientos de construcción de identidades colectivas austriacas y francesa. La mitificación de ciertas nociones servía para minimizar la variedad de significaciones, fijar el sentido y reforzar el poder. Según el, cuanto más compleja es la identidad colectiva más numerosos son los aspectos de la vida tocados por la propaganda y más puede ser calificada de totalitaria.


John Richardson encuentra propaganda totalitaria en el diario británico 'Reality' de los años 30. En el contexto político y cultural específico de la época, el fascismo italiano era tratado de modo favorable en las páginas de la publicación, que trataba de preservar la “pureza” de la identidad británica y protegerla de la influencia “extranjera”; es decir, judía. 


Por su parte, Werner Binder estudia el impacto, sobre el imaginario social, de las comunicaciones, en relación con el uso de la tortura en las sociedades pre-modernas totalitarias y democráticas. Si las autoridades soviéticas utilizaban la tortura contra su propia población, en EE.UU. la tortura era esencialmente aplicada a los no americanos. La tortura y la comunicación sobre ella construía una jerarquía que permitía separar a los buenos ciudadanos de los elementos hostiles.


Si la potencialidad de la comunicación política para producir un culto a los dirigentes, las jerarquías y las identidades colectivas no ofrecen ninguna duda, el libro no aclara, de todos modos, en qué medida la comunicación es capaz de desestabilizar el orden político y social. En la obra, la comunicación se presenta como un proceso unilateral abstraído de la recepción por parte de los individuos. Todas las aportaciones de la historia social, incluida la historia de la subjetividad, son de este modo ignoradas. La distinción que se hace entre los líderes y la gente congela las sociedades examinadas. En cualquier caso, tener en cuenta las reacciones individuales en la comunicación política, examinar la comunicación a muchos niveles, incluido el de abajo a arriba, o a escala informal, permiten llevar más lejos las comparaciones y matizar este fresco de “jerarquías, códigos y mensajes”, los tres temas que estructuran el libro. Esperamos que el proyecto continuará, dedicando atención a los nichos semi-públicos de comunicación en los cuales los mensajes “codificados”, permitirán a la comunicación liberarse de las restricciones del ritual y del control.



Larissa Zakharova, “La communication totalitaire, une technique d’ingénierie sociale”, La Vie des idées, 23 mars 2011. ISSN: 2105-3030. http://www.laviedesidees.fr/La-communication-totalitaire-une.html


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