martes, 16 de enero de 2018
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La fuga de empresas, como consecuencia de la aventura independentista del nacionalismo catalán, ha sido para Barcelona una “puñalada trapera” porque, como significa la expresión, se ha cometido con ella una traición repentina e inesperada.


Barcelona


La mayoría de las 2.745 empresas que, a 26 de septiembre, habían trasladado sus sedes desde Cataluña a otros lugares de España (entre ellas las de mayor tamaño y significación, como La Caixa, Banco de Sabadell, Repsol o Gas Natural) tenían su sede en Barcelona. En consecuencia, el golpe económico repercutirá de manera especialmente negativa en la ciudad, no solo en forma de impuestos y tasas que se dejarán de recaudar sino, sobre todo, por la merma de empleos, en muchos casos altamente cualificados, y en definitiva debido a la pérdida de competitividad como metrópolis global.


El asunto no viene de hoy. Desde mucho antes de iniciarse el “procés”, el régimen de Jordi Pujol trató por todos los medios de recortar, mediatizar y encorsetar la gran Barcelona porque, en su opinión, le hacía la competencia a la Cataluña autonómica y, sobre todo, porque en ella se albergaban “los otros catalanes” y el enemigo, la izquierda. Al parecer, explicando desde un helicóptero el territorio a unos visitantes, al acercarse al Prat Pujol dijo “I aquí comença aquest merder de l’área metropolitana de Barcelona”.


Como todas las grandes ciudades, Barcelona no se circunscribe a su antiguo recinto amurallado, al espacio creado con sus sucesivos ensanches, ni siquiera a lo que establecen administrativamente los límites municipales. 


Viven en ella casi tres millones y medio de personas y alberga un potente tejido industrial, comercial y de servicios. Es, más allá de las fronteras burocráticas, las visiones cortas o los intereses localistas, una metrópoli global. Y, como tal, está llamada a competir y colaborar en la red internacional de metrópolis.


Las metrópolis pugnan por atraer a sus espacios actividades de valor añadido, se especializan, ofrecen incentivos…, siempre a escala global. Sus referentes no están en los territorios vecinos sino en el planeta. Se interesan por lo que ocurre en otras metrópolis, hablan con el mundo mucho más que con lo que geográficamente les rodea. El geógrafo británico Peter Hall usa el término "ciudades mundiales" para referirse a las grandes ciudades con relaciones mundiales socio-económicas significativas respecto a la política, la economía, la cultura y el arte.” Y eso, en fin, es también, Barcelona.


EL GRAN “PERO” DE BARCELONA ES CATALUÑA


John Friedmann considera la ciudad mundial como un principal centro financiero con oficinas centrales de empresas transnacionales, con instituciones internacionales, con un rápido incremento del sector de servicios al productor, como un importante centro de la producción, como un principal nudo de transporte, a lo que añadió el criterio del número de los habitantes.


Las ciudades clave están usando el capital global como base. Friedmann habló, en fin, de las funciones de control global de las ciudades mundiales que se reflejan en la estructura y en la dinámica de sus sectores de producción y ocupación.


El gran “pero” a la naturaleza global, al interés y la vocación de Barcelona como ciudad global, es Cataluña, concebida como lo hace el nacionalismo. Es decir, como mera capitalidad del país. 


Esta visión, que se corresponde con tiempos pretéritos, frena la potencialidad de Barcelona, la distrae de sus objetivos, la lleva a terrenos que no son el suyo, como la identidad. El territorio, teme y envidia, como les ocurría a las tribus turcomanas con Bizancio, la ciudad. Esta contradicción atávica, ya superada por la mayoría de las metrópolis actuales, no solo sigue funcionando en el caso de Barcelona, sino que se ha agravado con el independentismo, y está desbordando las líneas rojas con el “procés”.


La Barcelona de proclividad internacional, abierta, cosmopolita, está siendo fagocitada por el relato nacionalista, por un discurso de campanario nada acorde con sus realidades, por una construcción ideológica y política que la asfixia. Barcelona está siendo reclamada más para que participe en la AMI (Asociación de Municipios por la Independencia) que para posicionarse con posibilidades de éxito en la competencia por albergar la Agencia Europea del Medicamento. A Barcelona se le exige obsesivamente que se retrate en todas y cada una de las ocurrencias del independentismo. No se piensa en Barcelona como un lugar donde sus futuros habitantes puedan encontrar acomodo laboral, económico y de bienestar sino como una pieza más del puzle soberanista.


Y los actuales gobernantes de Barcelona, en vez de hacer frente con uñas y dientes a esta tendencia perniciosa, que está reduciendo la ciudad a un lugarejo turístico de sol y playa, se deja llevar por la corriente o no es capaz de bracear en su contra. En vez de poner pancartas de apoyo a la candidatura a la agencia de medicamentos, los balcones del ayuntamiento lucen llamamientos a “la libertad para los presos políticos”. En vez de establecer alianzas visibles con los alcaldes de Londres y París, por ejemplo, actúa como un zombi político, arrastrado por el nacionalismo.


LA DECISIÓN DE IRSE ES GENERALMENTE IRREVERSIBLE


Y así sucesivamente hasta llegar a catástrofes como la estampida de empresas. Cosa nada baladí si se tiene en cuenta que en Montreal se perdieron 40.000 empleos altamente cualificados, con una deslocalización de sociedades tres veces menor que la de aquí. Por eso, en contra de lo que ha dicho Oriol Junqueras, mover la sede fiscal lleva consigo el cambio de ubicación de unidades directivas. Y según los expertos, eso siempre termina arrastrando consigo parte de las operaciones y, en muchas ocasiones, suele detener las inversiones en el territorio que se abandona.


El traslado de domicilio fiscal prueba que las decisiones de irse revisten un cierto carácter irreversible. De hecho, bastantes empresas de las que se han ido no han hecho más que aprovechar las circunstancias para materializar algo que ya venían barajando. 


La declaración unilateral de independencia ha sido, en fin, la alfombra roja para compañías que tienen gran parte de su mercado fuera de Cataluña, operan a nivel global y tienden a fijar sus sedes donde más les conviene. 


Las raíces, el conocimiento del terreno y otros vínculos hacían que algunas de estas empresas siguieran en Barcelona. Al ponerse en riesgo ese marco, con todos los peligros que conlleva, incluido el de quedarse fuera de la UE, han optado por poner tierra de por medio. Pregunten a los vascos el esfuerzo que les costó anclar en sus territorios sedes como la de Iberdrola o el BBVA.


Por eso, ahora que el federalismo comienza a salir del armario, una de sus primeras miradas tendría que ir dirigida a la propia Cataluña, un ámbito desequilibrado donde los haya. Sometida a un nuevo centralismo autonómico, con graves problemas espaciales, medio-ambientales, sociales y políticos, Cataluña demanda a gritos un nuevo amoldamiento, en el que Barcelona y su área metropolitana tendrían que disponer de un especial estatus, no tanto formal, aunque también, como sobre todo orientado a promover su rol de ciudad global, facilitándole el diálogo con el mundo y no reduciéndola como se viene haciendo a parte indiscriminada del territorio catalán. Cosa que, de otro lado, acabaría beneficiando y mucho a la propia Cataluña.

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