sábado, 16 de diciembre de 2017
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Estudios, pensadores, ciudadanos y gobiernos se replantean el concepto de riqueza y en qué medida esta se conecta con la satisfacción personal. Algunos incluso analizan qué tipo de consumo concreto está asociado con una mayor felicidad. Hacemos un repaso por diversos estudios y enfoques para tratar de hallar una respuesta.


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A pesar de que la renta per cápita real japonesa se ha quintuplicado (entre los años 50 y los 90) prácticamente no se ha incrementado la satisfacción media con la vida, explica el estudio "Con más dinero, ¿Se puede comprar más felicidad?", de IESE, que ve patrones similares en otras economías avanzadas como Estados Unidos.


Tampoco los ganadores de la lotería, encuestados un año después de que la suerte les sonría, expresan un aumento significativo de su bienestar en comparación con el resto de la población. "Si la sociedad se acostumbra o se adapta a niveles de consumo más altos a medida que aumentan los ingresos, no habrá ninguna ganancia en los indicadores de la felicidad observada", establecen Manel Baucells y Rakesh K. Sarin, autores de este estudio que sintetiza y compara muchos otros llevados a cabo en las últimas décadas en torno a la felicidad y la riqueza.


Lo que entendemos por riqueza varía enormemente, como muestra la última campaña de Triodos Bank en Holanda, en la que se ha preguntado a personas de entornos diferentes cómo la entienden ellos. "La auténtica riqueza no es a qué puedo recurrir, es qué valor puedo crear y proporcionar en mi mundo por el que la gente va a querer recompensarme", explica el filósofo norteamericano Douglas Rushkoff, para quien "debemos dejar de pensar en cómo extraer valor de otros y pensar en cómo intercambiarlo", ya que "enriquecerse significa enriquecer también a otros".



La auténtica riqueza no es a qué puedo recurrir, es qué valor puedo crear y proporcionar en mi mundo por el que la gente va a querer recompensarme



La verdadera riqueza, el conocimiento


Angaangaq, un anciano de una tribu de Groenlandia, considera que "la verdadera riqueza es el conocimiento". Descendiente de una época y un medio en el que "no había tiendas" y la vida se basaba en la caza y el intercambio común de bienes y habilidades, señala que "cuanto más comparto mi conocimiento, más rico soy. Y, por supuesto, si soy más rico, puedo dar más. Cuanto más doy, más recibo, en un círculo sin inicio ni fin y al que pertenecemos todos". "Para mí, la riqueza es ser capaz de compartir y eso aporta satisfacción", añade por su parte Isabel Rupschus, ciudadana holandesa que experimentó vivir sin dinero durante un periodo de su vida, explorando otras formas de intercambio. Pone un ejemplo sencillo: "He leído ese libro tres veces, así que, ¿Para qué lo necesito todavía?" Junto a los trabajos que indican que más riqueza económica no es sinónimo de mayor felicidad, otros van, sin embargo, en sentido contrario. "En una sociedad, la gente más rica es más feliz que la gente más pobre", observa un estudio reciente de ONS, el equivalente británico del Instituto Nacional de Estadística que, al mismo tiempo, considera también que "el bienestar medio de un país no mejora a pesar de haberse producido aumentos sustanciales de la renta per cápita". El debate sigue vivo, también a nivel público.


Con entidades globales como la Sustainable Development Solutions Network, asesora de Naciones Unidas, que promueve ir más allá de los indicadores económicos convencionales a través de su informe anual mundial sobre la felicidad, o Eurostat y el INE, que trabajan desde hace años para medir de otro modo el progreso económico y social, con nuevos elementos como la satisfacción global y la felicidad de una población. Qué prefiere, ¿Dinero o tiempo?


"Recortar el gasto es una manera de ganar tiempo, que es uno de los grandes tesoros perdidos de la actualidad. ¿Quién duerme 8 horas hoy en día?", lanza Toni Lodeiro, miembro de Opcions y autor de "Consumir menos, vivir mejor". Algo similar se han planteado en la Universidad de British Columbia, en Canadá, implicando a más de 4.600 participantes en seis estudios relacionados.


Felicidad1


En la disyuntiva entre disponer de más tiempo o más dinero, los interrogados se distribuyeron prácticamente a partes iguales, pero según concluye la directora de los trabajos, Ashley Whillans, "tener más tiempo libre parece más relevante para la felicidad que tener más dinero". Una elección que no siempre estamos en condiciones de poder realizar, pero que sin duda alienta a reflexionar sobre nuestros estilos de vida. "Nuestros padres y madres vivían para trabajar y para ahorrar; hoy en día, vivimos para trabajar y consumir", comparte Lodeiro, quien apunta cómo las 3V - vivienda, vehículo y vacaciones- han encadenado a muchas personas. "Pero tener una segunda vivienda o irnos de vacaciones muy lejos no nos hace necesariamente más felices que tener más tiempo en nuestra vida cotidiana o trabajar en algo que nos gusta aunque esté peor pagado" sostiene.


Consumo feliz


Un consumo exacerbado no aumentaría nuestra satisfacción personal sino que incluso contribuiría a deteriorar el ánimo, según muestra un estudio psicológico en la revista Motivation and Emotion, del Knox College, en Estados Unidos. En cambio, unas pautas concretas de consumo sí pueden sumar en nuestra vida cotidiana. En "Dinero feliz: la ciencia del consumo inteligente", coescrito por los académicos Elizabeth Dunn y Michael Norton, basándose en la compilación de estudios sobre uso del dinero y felicidad, señalan cinco aspectos clave: sustituir en lo posible el consumo material por el de experiencias, que quedan en el recuerdo en mayor medida; evitar la rutina en la compra, ya que "la abundancia es el enemigo de la apreciación"; invertir dinero en disponer de más tiempo libre para estar con familia y amigos; si es posible, pagar primero y consumir después, evitando la ansiedad de hacerlo al revés; y donar o gastar dinero en los demás.



El dinero es, por encima de todo, seguridad y, por lo tanto, un elemento necesario, pero en ningún caso una garantía de felicidad



Sobre este último punto, un amplio trabajo de la escuela de negocios de Harvard, con datos de 136 países, apoya "una constante psicológica universal: personas de todo el mundo obtienen beneficios emocionales de utilizar sus recursos financieros para ayudar a otros". El cruce de datos que efectúa el estudio muestra un resultado positivo en el 90% de los países estudiados y, como apoyo complementario, aporta trabajos de campo propios en Canadá y Uganda, seleccionados por su diversidad cultural y diferente renta per cápita. En estos, se contó con dos grupos diferentes de personas, a los que se proporcionaba una suma de dinero y se les animaba a gastarlo en productos o servicios para ellos mismos o bien para otras personas.


Las conclusiones muestran cómo aquellos a los que se indicó que hiciesen un gasto en los demás obtuvieron una mayor satisfacción personal. Además, que la cantidad de dinero empleada no variaba el resultado, ya que se establecieron subgrupos en función del nivel de gasto. "Sortear la infelicidad por razón de ingresos es un buen modo de comenzar a ser feliz", admite Gonzalo Fanjul, investigador y activista contra la pobreza que, por otro lado, no ve "una relación íntima" entre dinero, riqueza y felicidad. Para Fanjul "el dinero es, por encima de todo, seguridad" y, por lo tanto, un elemento necesario, pero en ningún caso una garantía de felicidad. Diego Isabel, impulsor del Global Hub for the Common Good, un thinktank ciudadano que promueve la Economía del Bien Común, complementa esta visión: "Por desgracia, el mantra del actual sistema, cuanto más dinero tienes más puedes consumir y cuanto más consumes más feliz eres, se sigue repitiendo en los anuncios, las televisiones y hasta el sistema educativo. Debemos construir una narrativa diferente que trasmita que felicidad depende de la cantidad y calidad de nuestras relaciones humanas, el encontrar sentido a lo que hacemos, cualquiera que sea nuestra profesión, y sentir que con nuestro trabajo y nuestra presencia contribuimos a la felicidad de los que nos rodean".


(*) Este artículo ha sido publicado en la revista 'Triodos'. Lo reproducimos con la autorización del autor.


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