jueves, 21 de septiembre de 2017
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DIOS DE LA POBREZA

Antiguo cuento japonés

Hace tiempo, mucho tiempo, en algún lugar del Japón vivía una pareja rodeada de niños....

A pesar de trabajar y trabajar, se encontraban en la miseria, hasta que un día, cansados de ver que su situación no mejoraba en nada, decidieron dejar de hacerlo.

Llegó el invierno y se acabaron el arroz y la verdura.

Los hijos decían: "Papá tenemos mucha hambre, queremos comer algo."

Él les respondió: "Perdón. Yo y mamá hemos trabajado mucho pero no sé por qué seguimos siendo pobres. Así que hablé con mamá y decidimos dejar el pueblo mañana por la mañana".

Los hijos comprendieron y le dijeron al padre: "Sí. Vámonos de aquí".

Esa misma noche el padre vio a un desconocido en casa y, muy sorprendido, le preguntó" ¿Quién eres tú?".

Y el hombre le contestó: "Soy el Dios de la Pobreza".

- "¿Eres el Dios de la Pobreza?"

- "Sí. He vivido mucho tiempo en esta casa".

- "¿Y qué estás haciendo?"

- "Mañana por la mañana quieren marcharse ¿verdad? Yo también me voy con ustedes. Por eso estoy haciendo estas sandalias de paja.

El padre preguntó: "¿Tú también vienes?"

Y el Dios de la Pobreza le contestó: "Sí. Seguiremos viviendo en armonía en la nueva casa".

El padre se sorprendió mucho y exclamó: "¡Vas a venir con nosotros!"

Por la noche contó atolondradamente a su esposa lo ocurrido. "Por eso somos pobres -le dijo-, si él viene con nosotros se repetirá lo mismo. Así que, mejor que nos quedemos."

Al amanecer, el Dios de la Pobreza estaba esperándolos.

- "Tardan mucho en venir"; dijo. "Voy a seguir haciendo más sandalias de paja mientras espero."

El Dios de la pobreza esperó durante días y elaboró muchas sandalias. Disfrutaba mucho haciéndolas.

Al ver aquello, algunos aldeanos, a quienes les gustaron mucho las sandalias, se arremolinaron en torno al Dios de la Pobreza y éste, halagado, empezó a regalarlas.

El padre, viendo lo que ocurría, pensó en venderlas. Las metió en un saco, se fue al pueblo y las acabó vendiendo como si de pan caliente se tratara. Se hizo con mucho dinero pero su situación no cambió, seguía tan pobre como siempre.

Y es que se dio cuenta de que seguiría siendo pobre mientras el Dios de la Pobreza viviera en su casa. Así que decidió librarse de él.

Dirigiéndose al Dios le dijo: "Con la venta de las sandalias he ganado mucho dinero y por eso te vamos a hacer una suculenta comida".

Esa noche comieron y bebieron en abundancia y lo pasaron muy bien. El Dios de la Pobreza al ver todo eso dijo: "Como ustedes ya tienen dinero yo no puedo seguir aquí,en esta casa, así que me iré".

Esa misma noche, el Dios de la pobreza salió de la casa y los esposos se pusieron muy contentos.

Pero, antes de acostarse, el padre fue al baño y allí se topó de nuevo con el Dios de la Pobreza "¿Aún sigues por aquí?", preguntó.

Y el Dios de la Pobreza respondió: "Me fui a otra casa pero, en ésta me he sentido tan bien que he decidido regresar".

Los esposos se miraron y pensaron ¡Qué le vamos a hacer! ¡Tendremos que vivir siempre con este Dios!

El Dios de la Pobreza se pasaba todo el santo día haciendo sandalias y para que continuara en su trabajo, los esposos decidieron sembrar arroz, pues del arroz se obtenía la paja con que elaboraba el calzado.

Pasado un tiempo, los esposos acabaron dándose cuenta que al menos no les faltaba arroz para comer.

Al final, nunca pudieron llegar a ser ricos, pero se dieron cuenta que no hay bien que por mal no venga y pudieron apañárselas durante muchos años con el arroz que cultivaban.


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