viernes, 22 de septiembre de 2017
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Redacción

 La miserable metáfora de la tartera

tartera

Peru Erroteta
 
Hay niños, seguramente  más de los que se cree, cuya única comida equilibrada del día era la de la escuela. Pues bien, se acabó. A partir de ahora, en Madrid, Valencia, Cataluña..., los peques que quieran comida que la paguen y sino que se la lleven en su tartera al cole. Es más, si es menester también se cobrará por esto, ya que tal cosa implica usar el servicio, neveras, microondas, vigilantes, limpieza y demás gastos relacionados... 
 

En los años del desarrollismo, una señal visible de la condición proletaria, era la canariera: una cestita de mimbre con la tartera, los cubiertos, la servilleta... Cada día, miles de trabajadores acudían a sus fábricas con la canariera en la mano y, a mediodía, a toque de sirena, a pie de máquina almorzaban. Los directivos disponían de comedores privados, con servicio incluido, y los empleados de corbata comían en sus casas o en restaurantes. Luego llegó el plástico y con él el tupperware, un recipiente hermético para guardar y transportar comida, más funcional y que, sobre todo, permite camuflarlo en la mochila o la cartera, aunque conceptualmente no difiere mucho de la canariera: a la hora del almuerzo, hay quien va al comedor, al restaurante o a su hogar y hay quien come de la tartera. Algunos lo prefieren, se dice, porque así no dependen de los menús, pero también los hay quienes se ven forzados a usarla, sobre todo en las escuelas, porque no queda más remedio. Y a eso se le llama discriminación, discriminación pura y dura.

Así se enteran los niños de que no todos somos iguales
Tomás Gómez, secretario general de la federación socialista madrileña ha dicho, refiriéndose al asunto que "Esperanza Aguirre quiere instaurar un modelo anterior a 1978, un modelo predemocrático en el que entra el tupperware".
Efectivamente, de eso se trata. Así entenderán los niños que no todos somos iguales y, por añadidura, se entrenarán para comer durante toda su vida de táper y sentados en una acera, al igual que los oficinistas de Wall Street.
Fue el Gobierno de Cataluña el que, como en otros muchos recortes, capitaneó la medida, anunciando que "los escolares podrán llevar la comida de casa al comedor escolar, pero que tendrán que pagar 3 euros por ello". Siguió la estela el Gobierno de Madrid, que compite con el de Artur Mas en pulsión neoliberal y, como no, el de Valencia, que generosamente estableció una tasa de 1,50 euros. Entre otros, Anna Simó, portavoz de ERC en el Parlamento Catalán, respondió que la medida del gobierno autonómico iba "en contra de la equidad y la igualdad que predica la Ley de Educación de Cataluña y los mínimos del sentido común y la sensibilidad social" ¿Seguirán vigentes estas bellas palabras tras las elecciones catalanas y el pacto con CIU? ¿Tomará alguna iniciativa su formación política para revocar ésta y otras medidas similares, como el euro por receta o, por el contrario, apoyará ingeniosas iniciativas barajadas por CIU como la de cobrar la comida en los hospitales? ¿Defenderá, en fin, lo que queda del Estado de bienestar o venderá su alma al diablo a cambio de un táper de lentejas?

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