viernes, 20 de octubre de 2017
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Manuel Villoria

Ocupa actualmente una Cátedra de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid; Doctor en Ciencia Política y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, Licenciado en Derecho y Licenciado en Filología; fue becario Fulbright en USA, donde realizó estudios de Master en Public Affairs por la Indiana University. Es Director del Departamento de Gobierno, Administración y Políticas Públicas del Instituto Universitario Ortega y Gasset



La aplicación de la teoría económica al estudio de la democracia daba por supuesto que, periódicamente, electores racionales expulsarían del poder a gobernantes ineficaces y/o deshonestos y votarían a otros mejores, generando, a través de la competición, un sistema en constante proceso de mejora y de depuración. Así como el libre mercado fomenta la creatividad y la lucha por la calidad para atraer clientes, del mismo modo la democracia fomentaría la eficiencia y el buen gobierno pues los partidos políticos que ganaran las elecciones buscarían buenos resultados y honestidad para atraer votantes y los votantes actuarían racionalmente votando sólo a aquellos políticos que les garantizaran la satisfacción general de sus preferencias (Schumpeter, 2003).

La historia de la democracia nos ha demostrado que esta previsión está lejos de ser cierta siempre. En la inmensa mayoría de las democracias que se han consolidado en países en vías de desarrollo la democracia se ha visto atrapada por trampas sociales y trampas políticas (Rothstein, 2011) que le han desviado de sus círculos virtuosos y, por el contrario, la han sumido en círculos viciosos (clientelismo, corrupción, parcialidad, mal gobierno...) de muy difícil salida. Más aún, en las democracias de los países más desarrollados la desafección política y la desconfianza institucional se han expandido y, en algunos casos, como los de Europa Central y Oriental y el sur de Europa se han consolidado de forma altamente dañina para la institucionalización de una democracia de calidad (ver Standard Eurobarometers 2004?2010). Las razones de esa desafección han estado vinculadas normalmente a la percepción de falta de buen rendimiento y honestidad por parte de los representantes y a la percibida incapacidad del votante de poder cambiar las cosas eligiendo mejores representantes (Pharr y Putnam, 2000).
La explicación de estos fenómenos no es sencilla y, en todo caso, debe hacerse analíticamente, separando casos y variables de forma sistemática. No obstante, me voy a permitir anticipar dos teorías complementarias para explicar el fenómeno. En países en vías de desarrollo es muy normal que la democracia se instale sobre sistemas previos en los que la corrupción es sistémica y la existencia de sistemas cerrados y élites extractoras es una realidad constatable (North, 1990; Acemoglu y Robinson, 2012).

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