jueves, 14 de diciembre de 2017
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Redacción

Marca España: del totalitarismo a la inutilidad

Carme Adán. Deputada do BNG

Tuve que en entrar en la página Web del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación para comprender que era esa ficción bochornosa de la Marca España. Aún después de leer atentamente la presentación de este invento de marketing trasnochado sigo con serias dudas sobre su estatus en el mundo real, mas allá de gastar en congresos y encuentros de ministros.

Según dicha página: "Marca España es una política de Estado, cuya eficacia reside en el largo plazo. La garantía de la continuidad del proyecto Marca España es que nazca y se desarrolle fruto del consenso, por encima de cambios políticos. Su objetivo es mejorar la imagen de nuestro país, tanto en el interior como más allá de nuestras fronteras, en beneficio del bien común. En un mundo global, una buena imagen-país es un activo que sirve para respaldar la posición internacional de un Estado política, económica, cultural, social, científica y tecnológicamente." Lástima que se olvide de que el Estado español consta de varias nacionalidades históricas en su formación, expuesto en letra de la Constitución, y que cada una de ellas tiene lengua y cultura propia.

Los olvidos de la Marca España mirados con más detalle no son tales, ya que la misma concepción de esta pantomima mediática implica que la exclusión de la diversidad y la negación de la realidad plurinacional rezumen de nuevo ese tufillo rancio del centralismo de antaño. Otra vez a vueltas con la cuestión de una cultura, una lengua, un país. Y todo esto para esconder el fracaso de una verdadera política de desarrollo sostenible de la economía del Estado. Todo esto para ocultar que el paro se incrementa de forma alarmante y la política del ladrillo que se instauro en el inicio de este siglo está enviando a la emigración a la generación mejor formada.

Para una mujer nacionalista gallega como yo lo de la Marca España suena entre una tomadura de pelo o un insulto claro y directo. Los sectores productivos tradicionales de mi país, Galiza, han sido sacrificados en el altar de la política europea comunitaria. Ejemplos claros y contundentes son el sector lácteo, pesquero, eólico o naval. Sectores que han visto como se reducían sus puestos de trabajo y su desarrollo futuro obligados por la normativa europea o las transposiciones correspondientes. Si a esto le añadimos cuestiones como que producimos un 40% de electricidad más de la que consumimos y que la nueva reforma tarifaria nos obligará a pagar más cara la luz por ser productores, al escuchar lo de Marca España solo puedo sentirme indignada. En Galiza ni tenemos las corridas de toros, ni el sol es nuestra mayor seña de identidad. En nuestra costa atlántica los vientos rolan en otras direcciones, que como en el famoso episodio del Prestigie, no siempre se entienden cuando la mente española se empecina en tener una sola dimensión.

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