martes, 24 de octubre de 2017
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Camilo José Cela Conde. Profesor de Antropología de la Universidad de las Islas Baleares 

Olvidémonos de la señora Thatcher; la nueva Dama de Hierro de Europa es, por méritos propios, la cancillera alemana Ángela Merkel. 

Su proeza al rozar la mayoría absoluta en las últimas elecciones alemanas pese a un reglamento que convertía en casi imposible ese resultado termina por rematar lo que ya sospechábamos: Merkel llegó desde el oriente para quedarse y lo logrará haciendo gala de sus señas de identidad, que no son otras que las de la negativa absoluta a relajar las exigencias de los tratados que fundamentan la Unión Europea. Pero ésas son también las razones de que irlandeses, italianos, griegos, portugueses y españoles deseásemos tanto su derrota porque, en nuestro excesivo optimismo o falta de sentido común, quién sabe, creíamos que la desaparición de la generala Merkel llevaría de manera automática a que pudiésemos dejar de apretarnos el cinturón bajo el que nos tienen asfixiados los programas de austeridad extrema.

La política-ficción carece de sentido: si Merkel ha ganado de calle, si va a seguir siendo nuestra Dama de Hierro contemporánea, cabe olvidarse de qué otra alternativa nos habría ido mejor. Lo que hay es lo que tenemos: un programa de ajustes que, de puro conocido, tendríamos que entender a la perfección. No es así. Se le echa en cara a Merkel que nos exija a los sureños una disciplina presupuestaria terrible a la vez que deja hacer a los alemanes aquello que a los nosotros no nos permite. Pero de eso se trata: de que el sur de Europa e Irlanda se encuentran presos de unos errores de gobierno que Alemania no cometió. La verdadera cuestión es la de cómo salir de esa trampa. ¿Será a la postre la Dama de Hierro un diablo feroz o el ángel salvador capaz de guiar nuestros pasos?

Cuando las elecciones alemanas, Ignacio Sotelo -profesor, como se sabe, de la Universidad Libre de Berlín y nada sospechoso de comulgar con las tesis del liberalismo derechista- sostenía en Radio Nacional de España que lo peor que podemos hacer en este país es confiar en que la Unión Europea resuelva nuestros problemas. Al preguntarle acerca de la cuestión, casi retórica, de si las elecciones alemanas de entonces eran importantes para nosotros sostuvo que no, que lo que en verdad importa es que no nos endeudemos aún más. Con Merkel afianzada en el poder cabe esperar que no haya eurobonos ni se relajen los nuevos préstamos. Pero entonces, ¿Qué nos queda por delante? ¿Seguir asfixiándonos hasta que nos muramos todos?

Sotelo contestó también a esa pregunta aunque en realidad no se la hiciesen. Dado que Merkel se queda, lo que nos queda pendiente es la reforma fiscal, una puesta al día que permita acabar con la losa que está arruinando a las clases medias en España al imponer que sólo paguen la crisis los asalariados. Se ha rescatado a la Banca y se alivia la quiebra de las comunidades autónomas pero a costa de estrangular cada vez más a los funcionarios, a los contratados y a los pequeños empresarios. La administración y la clase política siguen con su gigantismo desmedido pero las Cortes nada hacen por evitarlo. Si añadimos que los ingresos del Estado van a la baja y tampoco se reforma el sistema tributario queda claro que o bien seguimos endeudándonos o esquilmamos aún más a quienes pagan impuestos, cosa para la que apenas queda margen.

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