martes, 24 de octubre de 2017
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Ignoto Silente. Periodista

Para mi generación, Alemania era un misterio. Y me temo que para las actuales también puede seguir siéndolo. Primero eran imágenes en blanco y negro. Uniformes, con abrigos hasta los pies y gorras levantadas, aviones, tanques, barcos, cañones?

Y ruinas, montones de ruinas, entre las que deambulaban desvalidos seres humanos. Y cadáveres, montañas de cadáveres, con pijamas a rayas, alambradas, perros. Y el desembarco de Normandía: libros ilustrados, fotos de barcazas, soldados que se llamaban aliados, sobre todo americanos con aquéllos equipamientos tan modernos, los gaiteros británicos desafiando las balas, los bunkers frente a las playas? También fotos de los desiertos de Libia, con Rommel el "Zorro del Desierto" y sus hombres frente a Montgomery. Ni una referencia al Este, a los soviéticos, que se les seguía llamando rusos.

En su versión propagandística, más aun la juvenil, la guerra era cosa de Occidente, de los aliados, y sobre todo de los Estados Unidos de América, grandes soldados y salvadores de la desangrada Europa¿Y los judíos? Ni existían, que de España ya se les había expulsado siglos atrás y el Régimen, ya se sabe, vivía con la obsesión de la conspiración judeomásónica. Y así lo creíamos.

A nuestros ojos, los críos de los años 50, la guerra europea resultaba una secuencia casi atemporal e incomprensible. Los malos, claro está, eran los nazis y los buenos los americanos. Y es que Franco, que antes y durante la Segunda Guerra, estaba en el bando perdedor, se apuntó bien deprisa a los ganadores y, como es propio de las dictaduras, toda interpretación, absolutamente toda, acabó pasando por ese canal. Cosa que no hacía sino agrandar la sensación de irrealidad que nos dominaba.

Para la propaganda franquista la Alemania derrotada tampoco existía

Enlazando con el aquél paisaje tétrico de la guerra, aparecen imágenes de chicos americanos en sus "jeeps";jóvenes desenfadados y libertadores, con la correa del caso suelta, aclamados, besando a las chicas en los Campos Elíseos de París, derrochando siempre simpatía? Más lejos, mucho más, en Japón, esos americanos hicieron estallar unas bombas atómicas, pero daba igual. Estaba justificado por la buena causa del fin de la guerra. Y después llegó Corea, con su paralelo 38 y los tebeos o los "chistes"de "Hazañas bélicas", que así se llamaban.

De aquello no aprendimos nada porque todo era confuso. Incomprensible como aquellos tipos sanguinarios que eran los alemanes podían perder siempre frente a los aliados. Una verdadera rareza. A lo máximo que pudimos llegar era a echar el alto en nuestros juegos bélicos clamando "!Atchtung¡" Siempre los americanos, los americanos hasta en la sopa. La caja de resonancia del franquismo nos inundaba de noticias y películas apologéticas de los EEUU, incluidas las del American way of life, con sus cochazos de colores pastel, sus atractivos galanes y sus guapísimas chicas.

La propaganda franquista de la época, la única existente, decidió prescindir de Alemania. Y para colmo, resultó que eran dos: la del Este y la del Oeste. Un lío, vamos. Aquello era el pasado, una especie de agujero negro del que era mejor olvidarse. Hasta que de repente nos enteramos de que los rusos, es decir, los soviéticos existíany,no se sabe bien cómo ni porqué, se les había ocurrido bloquear a los buenos berlineses, impidiendo que les llegase hasta la comida y levantaron un muro que nosotros, los jóvenes del franquismo, ignorábamos o no teníamos ni medio claro dónde nacía y a dónde llegaba. Lo único claro es que estaba por Berlín que era Alemania. Bueno una de las alemanias. Y tampoco teníamos claro en cuál de ellas, porque era un lío y el No-Do nos confundía aún más, dejándonos la mente en blanco y negro.

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