domingo, 22 de octubre de 2017
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Redacción

Europa dividida entre Estados y mercados

Jacky Fayolle. Doctor en Ciencias Económicas

Dos obras constatan los puntos muertos de la construcción europea ¿El culpable es el mercado, como lo cree RobertSalais o, según PhilippeHerzog los Estados-nación Ambos constatan el fracaso del modelo de posguerra y plantean nuevas bases capaces de implicar a los ciudadanos europeos. JackyFayolle, analiza estos textos en "La vie desidées" 

PhilippeHerzog y Robert Salais son de la misma generación, comparten un mismo origen profesional (Institutnational de la statistique et des études, INSEE) y, en los años 1970-80, una experiencia política común, en el Partido Comunista Francés (PCF). Desde hace veinte años, los dos han estado implicados en cuestiones europeas. PhilippeHerzog (PH) más en la política y Robert Salais (RS) en la investigación. Los dos han publicado recientemente obras sobre Europa, que resuenan como una diatriba apasionada contra lo queestá obstaculizando la construcción europea, recurriendo en ocasiones a un estilo a lo Thomas Bernhard: un acusador monólogo contra las instituciones, las ideas y las personas consideradas responsables de este estado de cosas.

Su diagnóstico no es el mismo. Simplificando, el primer culpable de los puntos muertos es para RS el mercado y para PH el Estado-nación. Partiendo de esta diferencia, las salidas que prevén a la crisis actual tampoco coinciden. RS es más pesimista y PH más voluntarista. El lector un poco gramsciano tendrá que tener ambos puntos de vista en cuenta, porque de su lectura cruzada se desprende la idea común de que el modelo de construcción política de la Unión europea que ha prevalecido desde su gestación, al finalizar la segundo guerra mundial, se ha agotado.

Del mito a la historia, a través de los archivos

Robert Salaislleva a cabo una investigación casi arqueológica de los orígenes, exhumando los textos y los discursos, los lugares y los momentos de su enunciado que, en la posguerra, establecieron, después de darle bastantes vueltas, las bases de la Comunidad europea. Resulta notable su esfuerzo investigador, que testimonia las "excursiones" sucesivas que se hicieron del decenio precedente al tratado de Roma, cosa muy diferente a la línea recta trazada por el ideal pacifista, que llegó a buen fin gracias al pragmatismo de sus autores, a través de diferentes etapas de ambición limitada, como la CECA. RS "deconstruye" esta reescritura mítica de la fundación europea, proponiendo otra línea de lectura: la del abandono precoz del objetivo de comunidad política para dar prioridad a la integración por el mercado; un proyecto de integración integrista, que aúna una versión dura del mercado (la liberalización completa asociada a la unión aduanera y al mercado común) y la puesta a su servicio de una "tecnocracia extranacional", persiguiendo la quimera de "la planificación del mercado perfecto".

Esta reorientación precoz somete al conjunto de Europa a la hegemonía americana, impidiendo su afirmación política y la embarca en el proyecto global de liberalización mundial de los mercados, promovido por los EE.UU. Deja así agrandarse la Comunidad europea con llamativas debilidades congénitas que, algunos decenios más tarde, la expondrán sin ningún mecanismo de protección a los desórdenes de la globalización financiera y a los grandes fallos del mercado. La "caída en el mercado" es, casi literalmente, el pecado original de Europa y persiste todavía como una evolución negativa que se inclina, cada vez que podrían hacerse diferentes cosas, por la opción de la sumisión inexorable "al orden del mercado mundial liberalizado". RS maneja de manera precisa los datos que demuestran la alianza de liberales y planificadores que han estructurado el proyecto europeo, sus instituciones y sus actores, sin duda para un largo período de tiempo, con diferentes colores según los países y los momentos. Los europeos de hoy viven todavía esta herencia, cuyas virtudes en todo caso se han esfumado. Esta alianza está en corazón del compromiso del informe Spaak de 1956 que preparó el Tratado de Roma y que fue renovado treinta años más tarde por Jacques Delors, cuando relanzó, con el Acta única de 1986, la integración europea.

Esta reconstrucción del hilo conductor de la construcción europea, como una especie de progresión subterránea de la integración económica y liberal, sorteando pacientemente los obstáculos y desvíos, instrumentalizado por la tecnocracia comunitaria y finalmente asumido por las élites políticas, no convence sin embargo plenamente. La lectura misma de la documentación desenterrada por RS, rica y contradictoria, incita a una recuperación de la historia europea más atenta a las circunstancias, que condicionan la formación y puesta en marcha de las ideas y los ideales. El devenir de la Unión europea está jalonado por esta interacción de proyectos y circunstancias. Los archivos han sido cuidadosamente analizados y su relación con la temporalidad de los elementos es más sumaria. En este sentido, hago tres observaciones:

Al finalizar la guerra, Europa y su civilización eran, como decíaCurzioMalaparte, una "pila de escombros", donde la capacidad autónoma de reconstrucción no resultaba nada evidente. Que los EE.UU. trataran de iniciar una integración de los mercados, productiva y supranacional de Europa era ciertamente interesada pero más bien razonable. Así, se priorizó la difusión del modelo de crecimiento "fordista", que gozaba de mucho protagonismo entre las élites europeas. Frente a las dudas y los desacuerdos de todo orden, la CECA acabó siendo el resquicio por el cual se coló el impulso americano. Para ello, los americanos se apoyaron en la pareja franco-alemana y aceptaron, con reticencias, el proyecto como un paso sectorial hacia la liberalización de los mercados.

Las divisiones políticas internas en los Estados-naciones europeos reprodujeron las de la guerra fría que más tarde se instaló en Europa. Esta doble secesión limitó inmediatamente el proyecto de comunidad política europea. RS enuncia: "Lo que hubiera que haber hecho era comenzar por la unión política, luego la económica, después la monetaria y finalizar, si fuera apropiado, por el mercado", recordando que Jacques Rueff defendía comenzar por la moneda. En cualquier caso, se tratara de la política o de la moneda, el PCF, entonces fuerza mayoritaria en Francia, no lo quería de ningún modo. Esta conflictividad intranacional se ha silenciado, como si el único conflicto se planteara entre la nación y las instancias comunitarias. Que los conflictos nacionales hayan favorecido "la supeditación de la política a la técnica en la construcción europea" es incontestable. La tecnocracia europea se ha distanciado prudentemente de los conflictos nacionales. Hoy, en una situación completamente diferente, nos parece urgente internalizar las cuestiones europeas en la vida nacional.

Para las potencias coloniales en repliegue, incluida Francia, la renuncia al imperio no fue un movimiento tranquilo. Ahí también, la apertura de los mercados coloniales impuesta por los americanos como condición a su ayuda fue sobre todo un aguijón útil para salir de la economía de la renta colonial en la cual se encontraba instalada confortablemente una parte de la economía francesa. El mercado común actuó como espacio adecuado de reconversión de los intercambios y contribuyó decisivamente a la readaptación europea de las naciones coloniales.

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