martes, 24 de octubre de 2017
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Filantropía, caridad y otras hierbas

Javier Castro. Periodista

Originariamente, se entendió la filantropía como una forma de ayuda desinteresada a los demás. Algo parecido a la caridad, aunque los puristas diferencian la una de la otra entendiendo que la primera se limita a paliar efectos y la segunda opera sobre las causas. Frontera, en fin, difícil de deslindar en la práctica.

En lo que sí parecen diferenciarse caridad y filantropía es en su matriz religiosa y cultural. La primera, más bien católica, latina y quizás también más antigua, engarza con el antiguo testamento y se fundamenta en la piedad, que es importante para lidiar con el ciclo del pecado y la redención. La segunda se asocia a la ética protestante y no parece casual que sea mejor comprendida y más utilizada que la caridad en el universo anglosajón. No falta, de todos modos, quien remonta el concepto de filantropía al emperador romano Flavio Claudio Juliano (332-363) que, tratando de restaurar el paganismo, acuñó el término "filantropía" para suplir al cristiano de "caridad" -una de las supuestas virtudes de la nueva religión, que nunca había formado parte del paganismo en Roma- pero, en realidad, imitándolo.

Para los católicos, la caridad es la virtud reina, el distintivo de los auténticos cristianos, "porque amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios". Y la caridad no es para los católicos tal sino se concreta en las obras de misericordia (visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, liberar al cautivo y enterrar a los muertos) teniendo siempre en cuenta que la causa y el fin de la caridad está en Dios no en la filantropía (amor a los hombres).

La caridad adquiere en la Iglesia la forma de limosna

La caridad, que tiene que ser desinteresada, activa y eficaz, adquiere comúnmente en la Iglesia Católica la forma de limosna. San Crodegando, obispo de Metz en el siglo VIII, prescribe que el sacerdote a quien se diere alguna cosa por celebrar la misa, administrar los sacramentos o cantar los salmos o himnos, no lo reciba sino a título de limosna. Tal siempre fue el espíritu de la Iglesia. Los regalos que se le hicieron, los bienes que recibió por donación y las fundaciones con que se enriqueció -fabulosamente-, son interpretados como limosnas. La figura del pobre pidiendo limosna a la salida del templo ilustra la caridad cristiana.

Martín Lutero manifestó su desacuerdo públicamente con las prácticas de recaudación de fondos de la Iglesia Católica y la preocupación sobre el uso correcto de las donaciones para actividades caritativas sigue siendo una característica de la filantropía protestante. Los protestantes entienden el éxito terrenal como un signo de ser escogido o favorecido por Dios y quizá por eso distinguen entre las causas que valen la pena y las que no, y ponen el acento en la responsabilidad personal para salir de la pobreza. En tal sentido, hacen de algún modo suyo aquel proverbio chino de que "si un hombre tiene hambre no le des un pescado, dale una caña y enséñale a pescar".

En cualquier caso, caridad y filantropía dicen no estar movidas por ninguna clase de interés, aunque en el catolicismo, por ejemplo, no hay empacho en reconocer que existen dos tipos de amor: amor desinteresado o de benevolencia, que consiste en hacer el bien al otro aunque no proporcione ningún beneficio y amor interesado, que consiste en amar por los beneficios que esperamos obtener. En realidad, hasta en su sentido más intrínseco, caridad y filantropía no están exentas de interés. Desde la limosna dada para contribuir a ganarse el paraíso o a cambio de tranquilizar conciencias hasta las fortunas puestas al servicio de causas filantrópicas, el interés, material o espiritual, relativo o absoluto, subyace en el exuberante territorio del altruismo.

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