martes, 22 de agosto de 2017
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Redacción

La crisis de legitimidad de los partidos políticos ¿coyuntural o permanente?

Manuel Villoria. Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

Los partidos políticos despiertan poca confianza en la mayoría de los países europeos. Aunque en algunos, sobre todo en el sur de Europa, la desconfianza alcanza resultados preocupantes. Esta desconfianza, que ya es tradicional en las encuestas ¿formará parte permanente del paisaje de nuestras democracias? ¿Podría recuperarse la confianza con medidas adecuadas de regeneración en los partidos? ¿Y si damos una respuesta positiva, cuáles serían estas medidas regeneradoras? Este breve artículo trata de reflexionar sobre estos dilemas.

Algunos creen que este momento de desilusión y desconfianza es pasajero, y que está vinculado a la crisis económica mundial y a fenómenos de globalización que se están asentando, pero que una vez asentados, y con la recuperación económica, permitirán un renacer de la confianza en tales entes. Para ello, lo mejor sería optar por una intervención mínima en la economía y en la propia regulación y vida de los partidos, la competencia por el voto resolvería los problemas de eficacia que se pudieren encontrar ahora. No obstante, tal vez esta visión del problema encierra una creencia excesivamente optimista en las consecuencias de la racionalidad instrumental y egoísta de los seres humanos y de sus organizaciones. Parece obviar dos elementos que su propio marco conceptual ya anticipa, por una parte las consecuencias inesperadas de la interacción entre actores racionales (por ejemplo, la financiación corrupta y la captura de regulaciones); por otra, los problemas de acción colectiva, que desincentivan la participación política y la propia existencia de los partidos.

Para otros autores, sin embargo, la crisis de los partidos políticos es una crisis profunda de legitimidad que no se resuelve con mejoras económicas para la población y con la búsqueda racional de votos. Es el resultado de una crisis de crecimiento de la propia democracia, que arrastra a los partidos como instrumentos esenciales de la misma. Vivimos un momento histórico, sobre todo a partir del fin de la primera década del siglo XXI, en el que el avance imparable de la democracia parece haberse detenido (Miguel y Martínez-Dordella, 2014). Las encuestas indican una cierta fatiga democrática en muy diferentes países. Entre las explicaciones de esta relativa crisis están: (1) las vinculadas al avance de la desigualdad en el marco de la economía globalizada (Fukuyama et al. 2012; Stiglitz, 2012; Piketty, 2014). (2) Las basadas en la creencia en un déficit de rendimiento de estos mismos gobiernos (Norris, 2012), especialmente a partir de la crisis económica que comenzó en 2008; más aún cuando hemos comprobado que el desarrollo económico, a partir de unos mínimos, puede que produzca un incremento de renta per cápita, pero no produce necesariamente una mayor felicidad (Fleurbaey y Blanchet, 2013). Y (3) las derivadas de la percepción extendida de existencia de corrupción y fraude entre numerosos gobiernos democráticos (ver Eurobarometer 2013). Así pues, viviríamos una crisis profunda de confianza, que no se tendría por qué recuperar cuando la crisis se supere, pues es fruto de otra crisis de desconfianza mayor en el funcionamiento del propio sistema político-económico: la democracia representativa y la globalización financiera no se llevan bien. En este artículo trataremos de exponer por qué consideramos que estamos ante una crisis más profunda que la meramente coyuntural y por qué tal vez la llegada de la recuperación económica no permita una mejora sustancial en la confianza en los partidos.

La legitimidad es un concepto complejo y con muy diferentes aristas. Por una parte, siguiendo a Weber (1947), podríamos decir que la legitimidad se relaciona con la creencia en que quien nos manda tiene derecho a hacerlo y en la correspondiente obligación de obedecer. Si aceptamos esta fórmula, tendremos que asumir que últimamente la obediencia voluntaria a las decisiones de los que gobiernan ha tenido algunas respuestas críticas en las democracias de todo el mundo. No es sólo el 15M en España, es también Occupy Wall Street, son las manifestaciones en Brasil relacionadas con los fastos del Mundial, es la ocupación de la plaza de Taksim en Estambul o las protestas contra el gobierno búlgaro recién electo. En suma, las democracias actuales se enfrentan a múltiples respuestas críticas que conectan con la imagen deteriorada de los partidos políticos y sus dirigentes. Las nuevas tecnologías de información y comunicación y el desarrollo de la sociedad red dan poder a actores nuevos (como los movimientos sociales o los gestores de redes de agregación de datos y comunicación) que compiten con unos partidos envejecidos y demasiado preocupados por sus propias luchas de poder. Gracias a las TIC la información fluye con una velocidad y complejidad enorme, lo cual nos permite conocer los múltiples errores de los dirigentes de partido y, al tiempo, nos abre las vías hacia formas novedosas de comunicación y generación de redes de influencia. Sectores (aún minoritarios) de la sociedad civil se sienten con capacidad y fuerza como para poder articular alternativas a los partidos consolidados. Y todo ello en un entorno en el que se conoce mejor que nunca cómo y por qué alguien dirige un partido y sus métodos de llegar al poder. La consecuencia es que se hace más difícil creer en la legitimidad carismática y la racional-legal es insuficiente, pues quien manda debe aportar más resultados que la mera asunción de las reglas de selección y reemplazo: debe aportar soluciones a los problemas sociales y económicos en un mundo interconectado.

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