jueves, 17 de agosto de 2017
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< ver número completo: La crisis de los Partidos Políticos
Redacción

Élite política y liderazgo en la España de hoy

Leticia M. Ruiz Rodríguez. Profesora Titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid

Uno de los debates de la arena política española en la actualidad se refiere al cuestionamiento de la élite político-partidista, la denominada casta política. En torno a esta bandera se han ganado y perdido muchos votos en las Elecciones Europeas de mayo de 2014. Se trata de un discurso potencialmente rentable para la generación de nuevos liderazgos que no siempre conducen a una democracia de más calidad y que, por otra parte, han generado una inflación de expectativas entre los ciudadanos en un contexto de crisis.

La democracia representativa articulada en torno a partidos políticos que hoy conocemos tiene sus antecedentes en el siglo XVIII y siglo XIX. Entonces comenzaron a forjarse los primeros partidos políticos. El Reino Unido fue de los países pioneros en implantar un modelo de representación parlamentario. El Parlamento pasó a ocupar un lugar central dentro proceso político, aunque hubo que esperar casi dos siglos para que los integrantes de este Parlamento pudieran ser elegidos por todos los ciudadanos. Hasta 1918 el sufragio censitario implicaba que sólo algunos hombres podían con su voto designar a sus representantes. Era la época de los partidos de élites, también llamados partidos de cuadros o de notables, como lo fueron los Liberales y Conservadores británicos, por continuar con el caso citado. Estos partidos representaban intereses particularistas y en defensa del statu quo. Eran lo más parecido a un club selecto.

Esta época del sufragio censitario y de los partidos de élites ha quedado atrás. Mucho han evolucionado los partidos políticos: el modelo dominante dejó de ser el de notables y pasó a ser el de partido de masas, identificado con grupos sociales específicos y un fuerte aparato ideológico. Ello ocurrió mientras se extendía el sufragio universal y nuevos grupos de ciudadanos veían reconocido su derecho a voto. Posteriormente las organizaciones partidistas devinieron, en palabras de Kircheimer en partidos "atrapalotodo" (catch all parties), más desideologizados y con apoyos interclasistas y electorados más volátiles. Sin embargo, pese a estas profundas transformaciones todavía encontramos rasgos propios de un modelo elitista de representación de intereses, tanto en los partidos como en quienes los integran, que conviven con otras características propios de concepciones pluralistas de la representación política.

Algunos tics de los partidos actuales se asemejan a los de los partidos de notables

Algunos de los tics del comportamiento de los actuales representantes políticos se asemejan a los de los partidos de notables. La escasa renovación de las cúpulas de los partidos y, en general, de lo que Pareto caracterizó como baja circulación de la élites social, política y económica, es uno de estos rasgos que persiste hoy. De la misma forma, la baja receptividad hacia los intereses de los representados, así como y la falta de transparencia en los procesos de toma de decisiones es otro de los rasgos que caracterizan el ejercicio de representación propio de un modelo elitista que tiene reminiscencias de períodos superados.

Es cierto que en el pasado la existencia de una élite política, en el sentido de grupo que ocupaba posiciones destacadas se justificaba, para muchos, en el desfase en los niveles de preparación y conocimiento entre representantes y representados. Esta supuesta posesión de un juicio y criterios más adecuados para la empresa de tomar decisiones hacía que los representados delegaran en sus representantes la tarea de decidir en su nombre. Pero, este gap entre representantes y representados ya no existe. Nuestros políticos ya no son necesariamente los más cualificados de la sociedad. Sin embargo, deberían seguir siendo los que tuvieran una idea más clara del bien común o, si éste no existiera, de los intereses de su electorado. También deberían ser los más capaces de traducir estos intereses en políticas concretas.

En España estaríamos lejos de esa realidad. Una prueba de ello es que los representados reclaman que sus ideas sean escuchadas y las propuestas por las que votaron a los partidos sean cumplidas. Eso que Beppo Grillo llamó la casta política, vocablo que ha tenido su eco en España de la mano de la agrupación Podemos, se refiere precisamente a esta situación. Los representantes no parecen captar el mensaje de los ciudadanos y continúan ejerciendo un modelo de representación poco permeable a las demandas de éstos y que, además, es incapaz de incorporarlos activamente en los procesos políticos.

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