miércoles, 13 de diciembre de 2017
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Redacción

La necesidad de defender todo el trabajo y aportar por la sostenibilidad de la vida

Begoña Marugán Pintos

Begoña Marugán Pintos. Profesora de la Universidad Carlos III de Madrid

El destino del sindicalismo está unido al del trabajo, pero ¿De qué se habla cuando se menciona el trabajo? Básicamente el trabajo salariado, olvidando una cantidad ingente de trabajo no retribuido que el sindicalismo debería defender si quiere contribuir a crear una sociedad más justa.

"Queremos empleo, trabajo nos sobra". Con este lema tan corto el movimiento feminista denunciaba tres aspectos: la metonimia que se ha producido al denominar trabajo a lo que sólo es empleo retribuido, la importante aportación de las mujeres en el desempeño de la carga global de trabajo y la escasez de empleo que las mujeres tienen. Aspectos todos ellos que se proponen cómo líneas futuras de actuación para un sindicalismo que lleva tiempo estando en una encrucijada.

Nueva apertura de un viejo debate

La crisis sistémica (económica, ecológica,alimentaria, política, de cuidados, etc.) propicia la reflexión sobre los límites de las formas organizativas tradicionales tales como los sindicatos. En este caso la cuestión que se plantea ante la desafección social y la represiónde las prácticas sindicales es la necesaria transformación del sindicalismo actual.

Una reflexión necesaria, pero antigua. Que ahora se produzca el debate no significa que los problemas sean nuevos, puesto que hace décadas que desaparecieron las condiciones que dieron lugar a los sindicatos: estado-nación, sociedad industrial, empresa integrada, modos "fordistas" de producción y sociedad basada en la familia nuclear sustentada por el salario único del "hombre ganador del pan".

La formulación de potenciales soluciones depende de la formulación del problema y así se contempla cómo en las discusiones actuales la desaparición de las condiciones originales de partida suelen ser tenida en cuenta.

Es frecuente escuchar preguntarse ¿Cómo se pueden defender los derechos de las personas trabajadoras desde sindicatos nacionales cuando la dirección política se hace desde instancias internacionales y sobre todo desde los mercados globales? o ¿Cómo generar conciencia y prácticas de cooperación entre colectivos de trabajadores en un modelo productivo que tiende a la descentralización? Y también ¿Cómo organizar a las variadas, diferentes e incluso enfrentadas figuras laboralesque pueblan el ámbito del empleo? Sin embargo, no se escucha casi a nadie hablar de la ruptura de la sociedad basada en la familia nuclear regida por el salario único, ni sobre los cambios que supuso la incorporación de las mujeres al empleo, ni tampoco se plantea ¿Cómo deberían actuar los sindicatos ahora que la ofensiva neoliberal aboga por "volver a meter a las mujeres en casa"? Y no se hace porque los análisis feministas sobre el sindicalismo son muy escasos.

Repensar el sindicalismo desde una perspectiva de género ofrece una visión más amplia del problema porque niega la existencia de la dicotomía ilustrada entre lo público y lo privado que consagró el pensamiento ilustrado y que hoy tristemente vuelve a reproducirse en los debates. Ante este hecho, habría que recordar que la industrialización se encargó de materializar la ruptura de espacios enviando a los hombres al taller y la fábrica y encerrando a las mujeres en el hogar y la familia. La sociología y la economía académicas desde entonces se fijaron en lo que acontecía en el ámbito público, olvidando que si las fábricas funcionaban era porque había operarios vestidos, alimentados, limpios, desayunados, descansados y dispuestos para desarrollar un esfuerzo porque alguien en sus hogares había lavado su ropa, hecho el desayuno, curado y atendido cuando estaban enfermos, limpiado el hogar para que descansaran en un espacio salubre y habitable e incluso hecho el bocadillo para el descanso.

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