miércoles, 13 de diciembre de 2017
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Redacción

Europa tendría que abrir sus fronteras exteriores

Juan Carlos Velasco. Investigador del Instituto de Filosofía del CSIC

La Unión Europa (UE) es un caso único. Por primera vez en la historia un grupo de Estados soberanos han acordado abrir de manera recíproca sus fronteras para dejar transitar libremente capitales, mercancías, servicios y personas. Sólo en el seno de la UE se ha dado ese trascendente paso, que en muchos aspectos representa un modelo para el resto del mundo. En un aspecto, sin embargo, no lo es, pues a la vez que han abierto sus fronteras interiores, los Estados que la componen han reforzado el control de sus fronteras exteriores con el fin de impedir sobre todo el libre paso de las personas. La UE presenta visos de convertirse en un nuevo Estado nacional de dimensiones continentales, incluso con alguno de los típicos desvaríos de tales instituciones, como es la obsesión por el control de sus fronteras exteriores.

La UE ha hecho del cierre de fronteras exteriores su "doctrina migratoria" y de la lucha implacable contra la inmigración ilegal, su estrategia para implementarla. La así llamada Fortaleza Europa es mucho más que un socorrido recurso retórico para empleo periodístico: es una realidad tangible planeada con la finalidad de intentar contener la propagación de la indigencia planetaria, un estructurado sistema de control y vigilancia. Para el control en común de las fronteras de la UE se creó en 2004 la Agencia Europea para la gestión de la cooperación operativa en las fronteras exteriores, conocida por el acrónimo FRONTEX, cuyo presupuesto se ha ido acrecentando desde entonces de manera exponencial. Su misión consiste, básicamente, en la vigilancia e interceptación de flujos migratorios en alta mar, con el consiguiente desplazamiento de las fronteras aguas adentro.

Las retóricas del miedo -miedo a perder la identidad o el nivel de bienestar, miedo a ser blanco de acciones terroristas-, que inundan las esferas públicas europeas, provocan la emergencia de sociedades a la defensiva, sociedades amuralladas no sólo en sentido metafórico, sino también en sentido estricto: sociedades cuyos confines físicos están cubiertos de vallas, alambradas o muros. O cuyas aguas territoriales están vigiladas de manera permanente por aviones y barcos destinados a impedir el acceso de personas indeseadas a sus costas. Como coartada perfecta, se aduce la extendida obsesión por la seguridad que, elevada a valor supremo por encima de casi cualquier otra consideración, domina el discurso público occidental al menos desde los atentados del 11-S. Pero ya antes esa retórica obsesiva había hecho mella.

En EEUU, un muro de 3.152 kilómetros

De hecho, el muro anti-inmigración más famoso del mundo es el levantado entre Estados Unidos y México. Costosas barreras -dotadas de cámaras y alumbrado de alta intensidad y equipadas con detectores térmicos- cubren una parte considerable de los 3.152 kilómetros de la frontera. No llegan a evitar que cientos de miles de centroamericanos indocumentados franqueen todos los años la frontera, pero sus efectos son aterradores. En los quince años que van de 1998 a 2012 murieron en esa frontera más de 6.000 inmigrantes, un número que multiplica por veintidós los fallecidos en el muro de Berlín en sus veintiocho años de historia.

Las barreras anti-inmigración no son, sin embargo, un fenómeno privativo de los Estados Unidos. Desde hace unos años proliferan por todos los continentes y, según algunas estimaciones, sumando todas las levantadas en el planeta, alcanzan ya una longitud total de unos 18.000 kilómetros. No tan célebre como la norteamericana, pero de una longitud comparable, es la doble hilera de alambradas de unos dos metros y medio de altura que desde hace década y media erige India para detener la migración procedente de Bangladesh y que ya supera los 2.500 kilómetros. Barreras y obstáculos físicos también se levantan en diversos tramos de la frontera terrestre entre Grecia y Turquía no coincidentes con el río Evros.

Más cortas, pero mucho más altas y tecnificadas, son las verjas de alambradas izadas para resguardar el perímetro terrestre de las ciudades españolas norteafricanas de Ceuta y Melilla e impedir expresamente el tránsito migratorio desde Marruecos. Pese a su progresiva sofisticación del vallado, al que se han ido añadiendo sistemas especiales anti-asalto, como mallas anti-trepa y cuchillas aún más cortantes, no se ha registrado una disminución de las entradas, tan sólo un agravamiento de las lesiones provocadas. Los episodios violentos, con consecuencias a veces letales, se suceden sin que se vea un final a una situación intolerable desde una perspectiva tanto moral como jurídica. El riesgo de degradación del país no es menor. Una sociedad que ignora la dignidad humana en la frontera acaba tratando a todos los suyos como si fuesen extranjeros.

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