domingo, 22 de octubre de 2017
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Jorge Fabra Utray. Economista y Doctor en Derecho

Cuando en estos días hablemos de Grecia tal vez tengamos que empezar haciendo una cierta advertencia sobre la tergiversación de las palabras.

Ningún economista puede oponerse a la austeridad porque es uno de los principios básicos de la ciencia económica. La traducción de "austeridad" al lenguaje económico es "utilización eficiente de los recursos productivos" y el concepto opuesto a la austeridad, el "derroche" es, justamente, la "utilización ineficiente de esos mismos recursos". Derroche es construir un aeropuerto sin aviones, edificar cientos de miles de viviendas que luego quedan vacías; construir autopistas por las que circularan pocos coches. Contra todo esto, austeridad.

Pero no es austeridad prescindir de médicos, profesores o investigadores; destruir desordenadamente un alto porcentaje del tejido industrial y empresarial o dejar sin trabajo o en la precariedad o condenar al exilio económico a una generación entera de profesionales cuya formación ha sido pagada por todos. Esto ya no es austeridad sino derroche y, en este caso, con claros efectos contractivos sobre la actividad económica y el empleo y muy negativos sobre la capacidad potencial de crecimiento.

Estos días en Bruselas lo estamos viendo: las reglas contra Grecia. Nadie niega que haya que cumplir las reglas. Pero cuando ya está constatado que esas reglas son ineficientes porque no nos conducen hacia la consecución de los objetivos explícitos, ya no estamos ante economía sino ante un perverso sentido del poder político y económico que no se sustenta en los intereses generales europeos sino en intereses nacionales y en intereses de clase y, aún, no sé si peor, en intereses meramente políticos, partidistas. Hay que cortar el fuego. Syriza podría ser un reguero de pólvora por toda Europa. Esa es la preocupación de los euro-negociadores. Ya ni siquiera es ideología contra economía. Es simplemente poder. Y hay que demostrarlo. Grecia no puede ser espejo de nada.

Estamos ante un aumento de las desigualdades

Pero sí lo es. Atentos: Grecia ha perdido el 25,6 % de su PIB; España el 7,3 % desde 2008. Grecia tiene un paro del 25,8 %; España del 23,4 %. Grecia y España tienen una tasa de paro juvenil del 51 %: más de la mitad de nuestros jóvenes, el futuro de nuestra sociedad, y también el de nuestra economía. ¿Cabe mayor derroche? Grecia tiene una deuda del 175 % de su PIB; España del 98 %. Grecia tiene un 35,7 % de su población en riesgo de exclusión; España un 27 %? La situación de España es mejor que la de Grecia, no cabe duda? pero ¿puede llamarse mejor a un panorama que aunque no sea peor es también muy malo?.

Estamos ante el aumento de las desigualdades entre el norte y el sur; ante el aumento de las desigualdades entre ciudadanos. Cuando hablamos de las políticas de austeridad en Europa tenemos que empezar constatando esta realidad. La realidad que avalan, de forma incontrovertible, los datos.

Más allá de un programa para abordar la emergencia social que vive Grecia, como nos cuenta Mariangela Paone en su reciente libro "Las cuatro estaciones de Atenas", el nuevo gobierno griego sí tiene un programa que pretende aportar soluciones a la situación de debacle económica y crisis humanitaria que vive hoy Grecia. Sin embargo su realización requiere que el Eurogrupo dé margen a los presupuestos del Estado Griego para que ese margen pueda ser utilizado en la generación de demanda efectiva y en una mayor utilización del aparato productivo griego. El Gobierno griego de Syriza ha mostrado su voluntad de introducir reformas estructurales encaminadas a recobrar la credibilidad de su administración económica; destinadas a reequilibrar las fuerzas negociadoras en el mercado laboral; para construir una estructura impositiva más justa y con mayor capacidad de recaudación, haciendo frente a la evasión fiscal y a la impunidad con la que se ha tratado esta cuestión en los últimos años. Pero no. Parece que cambiar el estatus quo que ha dominado y hundido la economía griega no es una prioridad para la Europa conservadora.

El adjetivo "realista" aplicado al programa no depende ya de Syriza sino de las instituciones de la eurozona. No puede ser que quienes, con su fuerza superior, impiden que el programa del Gobierno griego pueda ser desarrollado, sean los mismos que le acusen de incumplir su programa. ¡Y además decirlo cuando apenas han pasado siete semanas desde que ganó las elecciones! Pero lo que Syriza sí está logrando ya, es que sea puesta en duda la legitimidad de unas reglas que se compadecen mal con el principal fundamento de la Unión Europea: una unión de pueblos cuyo derecho se funda en la democracia.

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