sábado, 16 de diciembre de 2017
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Redacción

Grecia: el populismo como problema

Carlos Carnero. Director Gerente de Fundación Alternativas

Hay demasiada literatura en torno a Grecia, un excesivo número de frases ocurrentes que tiran de manera fácil de su mitología o de su historia clásica, un insoportable alud de elucubraciones filosóficas sobre el país y la Unión Europea, cuando, en realidad, todo es más sencillo de lo que parece.

La economía griega no tuvo capacidad para resistir el choque de la crisis en 2009 porque sus estructuras eran demasiado débiles. Solo había una manera de que no naufragara: que le echaran un flotador. Se hizo: los socios comunitarios, la UE como tal, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional le prestaron una enorme cantidad de dinero. Nadie más le hubiera concedido crédito a un tipo de interés y a unos plazos tan ventajosos. Evidentemente, cuando uno presta dinero espera que se lo devuelvan, sobre todo cuando no le pertenece, sino que a su vez lo ha recibido de otros: los contribuyentes. Para hacer creíble su compromiso de reintegro, Grecia acordó una serie de medidas para conseguir salir adelante. Solo así se abrió la puerta a nuevos préstamos y, en consecuencia, a una reiteración de sus promesas.

Lo mismo ocurrió con Irlanda y con Portugal, con una diferencia: ambos están cumpliendo su palabra, nadie en sus gobiernos la ha relativizado. Hoy, ambos países se financian en términos razonables en los mercados de deuda, beneficiándose de las medidas adoptadas por el BCE, como la compra masiva de deuda pública de los estados de la eurozona. En otro nivel, España pidió un minirescate para algunos de sus bancos y está honrando a rajatabla lo acordado.

Así que desde Grecia no se puede mirar a Bruselas, a Frankfurt o a Washington y señalar con el dedo a quienes prestaron como los culpables de la situación económica y social del país. No, no se puede y, sobre todo, no se debe si de verdad se quiere salir de ella con garantías reformando lo que sea necesario.

Grecia ha estado perdiendo un tiempo precioso

No se trata aquí de valorar si la política de austeridad por la austeridad, de la austeridad a ultranza aplicada en los últimos años ha sido un éxito o un fracaso. En mi opinión ha sido un exceso y a los malos resultados me remito. Tanto es así que incluso quienes la defendieron sin dudas empiezan a tenerlas y la flexibilidad en la interpretación en los criterios de déficit público viene acompañada del Plan Europeo de Inversiones Estratégicas del Presidente Juncker o de la antes citada compra de deuda de los estados por el BCE para demostrarlo.

El asunto es otro: si el gobierno griego del Señor Tsipras está dispuesto a cumplir o no las obligaciones del país y a poner en marcha los cambios imprescindibles. Sus primeros pasos tras ser elegido fueron tan desconcertantes como equivocados: la coalición con la derecha nacionalista extrema, la demanda de reparaciones de guerra a Alemania, las auditorías de la misma, la búsqueda de eufemismos, el regate corto en la UE.

Finalmente, Tsipras tuvo que asumir en el Eurogrupo lo firmado por sus antecesores en el cargo, el decir, los términos del rescate, aunque no lo admitiera en Atenas, lo hurtara a la aprobación parlamentaria y montara una comedia de enredos con los que ir ganando tiempo para no presentar de verdad una lista de medidas en consonancia con lo firmado con los socios europeos.

La consecuencia de ello es que Grecia, no la Unión Europa, ha estado perdiendo un tiempo precioso y que el país se acerca a la suspensión de pagos si no se remedia a tiempo.

El gobierno griego tiene que decidir si quiere seguir adelante con lo firmado o no. Es muy libre de hacer una cosa u otra, sabiendo, eso sí, las consecuencias económicas y financieras de cada una de las decisiones. Lo inteligente parece optar por la primera de las opciones, negociando todo lo que se pueda. Otra cosa es que sea honorable llegar al poder con un programa tras haber asegurado que es realista y factible y otra muy distinta reconocer que no era ni una cosa ni otra y hacer todo lo contrario a lo prometido en campaña electoral.

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