jueves, 17 de agosto de 2017
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Redacción

Causas y límites de la desigualdad

Juan Ignacio Palacio Morena. Catedrático de Economía Aplicada

Juan Ignacio Palacio Morena. Catedrático de Economía Aplicada

Conviene precisar que la desigualdad es un concepto relativo. Nace de la comparación entre diferentes sujetos y situaciones. Depende además de qué se quiere medir y cómo se mide. La noción más extendida toma como referencia la renta monetaria disponible. Se suele medir cómo se distribuye dicha renta estableciendo segmentos de población, comenzando por los de menor nivel de renta, y viendo qué porción de renta les corresponde. El indicador más usual en ese sentido es el denominado índice de Gini. Éste calcula la distancia entre la proporción de población considerada y la que representa la renta de que dispone. Si no hay diferencia alguna, es decir si a cada uno le corresponde la misma proporción de renta, el índice es cero (igualdad absoluta). Por el contrario, cuando la renta está completamente concentrada, un grupo o persona lo tiene todo y los demás no tienen nada, el valor del índice de Gini es uno. De ahí que cuanto más próximo a cero sea el índice menor desigualdad (mayor igualdad) existe; y a la inversa, en la medida que se acerca a uno, la desigualdad crece.

 

La desigualdad en España

España ha tenido, normalmente, un grado de desigualdad por encima de la media europea, pero por debajo de países como Estados Unidos, Reino Unido o gran parte de los países de baja renta per cápita. Por eso se ha calificado a España como un país con alta desigualdad, comparado con su entorno más inmediato, y de desigualdad media cuando se considera el conjunto del mundo o de los países de la OCDE. La desigualdad en España estaba ya por encima de la media europea antes de la crisis y esa diferencia se ha agravado durante la misma (cuadro 1). El conjunto de la renta está distribuido de forma más desigual y existe mayor diferencia de renta entre extremos.

Más allá de la desigualdad, lo que marca las situaciones personales es la percepción de si se tiene o no lo más necesario para vivir. No obstante, la tasa de pobreza es también un término relativo. Ésta se define en la Unión Europea como el porcentaje de personas con una renta disponible inferior al umbral de riesgo de pobreza (expresado en paridades de poder adquisitivo), que se establece en el 60 % de la mediana de la renta nacional disponible equivalente después de las transferencias sociales del respectivo país. España presenta una tasa de pobreza muy superior a la media europea.

Además de los que tiene una renta por debajo del citado umbral (pobres), también tienen riesgo de ser pobres o excluidos sociales los que residen en hogares donde la mayoría de sus miembros están sin trabajo y los que carecen de lo básico para vivir, cuestiones que pueden ser coincidentes o no en un mismo sujeto. España presenta igualmente un riesgo de pobreza o exclusión social más elevado, tanto porque hay un mayor porcentaje de población con rentas bajas (tasa de pobreza) como porque hay un grado de desempleo más elevado que afecta a más hogares (población en hogares de baja intensidad ocupacional). Sin embargo, la tasa de privación material severa, aun habiéndose elevado, está muy por debajo de la del conjunto de Europa. Los apoyos familiares, las prestaciones que proporcionan distintas instituciones de asistencia social como Cáritas, Cruz Roja y otros servicios sociales, así como la facilidad en el acceso a los servicios de educación y sanidad, aunque éstos últimos hayan sufrido importantes recortes, explican esa aparente paradoja. En cualquier caso, en 2012 alrededor del 17% de las personas u hogares afirmaba carecer de al menos tres bienes o servicios básicos y más del 30% tenía una dificultad notable para llegar a fin de mes.

El riesgo de pobreza tiende a ser mayor cuando hay poca cualificación, se está en situación de desempleo, se forma parte de familias con más de un hijo, se es mujer y se vive en comunidades autónomas con menor nivel de renta per cápita. No obstante, en términos comparativos con la media europea en España es mejor la situación de los jubilados, las mujeres poco cualificadas, los parados e inactivos y los hogares monoparentales, siendo peor en los demás casos. Es especialmente llamativo que España tenga un riesgo de pobreza especialmente elevado, respecto a la media de la Unión Europea, en los hombres con elevada cualificación, en los ocupados y en las familias con dos o más adultos y con hijos. También es importante tener en cuenta el hecho de tener o no vivienda propia. La posesión de vivienda propia o de alquiler bonificado reduce la tasa de riesgo de pobreza, pero tiene escasa o nula incidencia entre los más jóvenes. Éstos tienen enormes dificultades para poder comprar una vivienda y si lo hacen los intereses de los préstamos o hipotecas anulan esa posible ventaja, teniendo incluso un efecto negativo.

Causas de la desigualdad

La desigualdad hunde sus raíces en situaciones sociales muy diversas. en 2012 alrededor del 17% de las personas u hogares afirmaba carecer de al menos tres bienes o servicios básicos y más del 30% tenía una dificultad notable para llegar a fin de mes El desarrollo del capitalismo ha supuesto una notable concentración del capital que reproduce las condiciones de desigualdad. La acumulación de riqueza, tanto material como financiera, y la consolidación de grandes monopolios u oligopolios, genera crecientes diferencias de renta. Estas diferencias no sólo afectan a la remuneración del capital sino que se manifiestan también en los salarios.

Los asalariados que en los orígenes del capitalismo tenían mayoritariamente un jornal parecido, vinculado al nivel de subsistencia, ven ahora como existen fuertes desigualdades en sus retribuciones dependiendo de distintos factores. Se han exacerbado las divergencias salariales al compás de la creciente división del trabajo y las correspondientes diferenciaciones en cuanto a cualificación, categorías y funciones del trabajo. En todo caso, esas diferencias se ven acentuadas, sobre todo, por la citada existencia de monopolios y oligopolios. Estos posibilitan que tanto los beneficios como los salarios sean mucho más elevados en las empresas y sectores favorecidos por la falta de competencia.

Asimismo, se perpetúan discriminaciones por razón de sexo y posibilidades de acceso al mercado de trabajo. Eso explica que el salario medio de las mujeres siga estando muy por debajo del de los hombres y que haya una parte importante de la población que queda estancada en la inactividad, el desempleo o la precariedad en el empleo. Aunque el desempleo y la baja formación-cualificación son las principales causas de pobreza y exclusión social, existe un elevado porcentaje de empleos temporales y con bajos salarios, así como de trabajadores con formación superior que están en paro o subempleados. Las situaciones cambian además, a veces, en muy poco tiempo. Es el caso, por ejemplo, de los jubilados, que han pasado a tener la tasa de pobreza o exclusión social más baja, por debajo incluso de los ocupados, e inferior a la que existe en el conjunto de la Unión Europea, cuando antes de la crisis tenían una de las tasas más altas, superior a la media europea. En todo caso, también existen diferencias significativas en la cuantía de las pensiones.

Se hallan igualmente fuertes desigualdades en las tasas de beneficio empresarial. En este aspecto lo más relevante no es tanto que existan grandes diferencias entre empresas según tamaños y sectores, sino que en muchos casos las mayores tasas de beneficio son la consecuencia de la falta de competencia y no de su mayor capacidad competitiva. Además, la concentración del capital productivo es la fuente de mayor desigualdad. Esa concentración hace que se acaparen buena parte de los beneficios empresariales y no sólo ni principalmente por los resultados de la actividad productiva de las empresas, sino por la revalorización del capital y la especulación en los mercados financieros.

La Encuesta Financiera de las Familias que publica el Banco de España, indica que en el año 2010 algo más de las tres cuartas partes del valor de las propiedades inmobiliarias ajenas a la vivienda principal, cerca de un 88 por ciento del valor de los negocios por cuenta propia, más de un 92 por ciento del valor de las acciones y casi tres cuartas partes de los planes de pensiones privados, fondos de inversión, valores de renta fija y otros activos financieros están en manos de la quintila (el 20 por ciento) de población más rica.

Estas desigualdades tienden a reproducirse a escala mundial debido a que el capital financiero no tiene ni necesita ubicación como el capital productivo. Así lo expresaba el que fue gobernador del Banco de España, el profesor Rojo, cuando afirmó, ya en 1994: "Los mercados actuales, potentes e integrados, tienen capacidad para condicionar y modificar las políticas económicas nacionales, imponer ajustes cambiarios e incluso hacer saltar sistemas de tipo de cambio fijos, acentuar la volatilidad de los precios de los activos financieros, zarandear las economías generando o acentuando desequilibrios que pueden acabar conduciendo a inflaciones o recesiones y difundir las tensiones de unos mercados a otros aumentando la probabilidad de que se generen riesgos sistémicos para los que el mundo no está bien preparado. Ha habido un desplazamiento del poder desde los gobiernos a los mercados, cuya consecuencia es una pérdida de autonomía de las autoridades nacionales en la elaboración de la política económica". (L.A. Rojo, "Algunas reflexiones sobre las perturbaciones recientes en los mercados financieros internacionales, Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, nº 71, 1994, págs. 337-350).

Esa creciente desconexión entre la economía real (productiva) y la financiera es el meollo del aumento de la desigualdad en numerosos países, precisamente porque los más ricos están cada vez más desvinculados de cualquier país, con independencia de que actúen en paraísos fiscales. Este aspecto es por cierto el que no destaca el libro de Piketty, que tanta fama ha alcanzado, pues mete en un mismo saco a todo el capital.

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