lunes, 21 de agosto de 2017
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Redacción

Familia, estructura social y desigualdad

José Saturnino Martínez García Doctor en Sociología y profesor de la Universidad de La Laguna

José Saturnino Martínez García. Doctor en Sociología y profesor de la Universidad de La Laguna

La unidad del estudio de la desigualdad social no son los individuos, son los hogares. Las decisiones sobre la inversión, el gasto o si incorporarse al mercado de trabajo las toman las personas según sean las características de los hogares en las que viven. Las dinámicas sobre la formación y reconfiguración de los hogares pueden afectar a la desigualdad económica y a los procesos de pobreza y exclusión social. Por ejemplo, hay quienes consideran que el aumento de la desigualdad económica experimentado en las últimas décadas en muchos países de la OCDE puede estar relacionado con nuevas formas de emparejamiento.
 

Antes de la expansión educativa de las mujeres, los hombres se casaban con mujeres que mayormente eran amas de casa con niveles de estudios más bajos que ellos. Pero con el aumento del nivel educativo de las mujeres y su incorporación al mercado de trabajo, los hombres con buenos empleos pasaron a casarse con mujeres con buenos empleos. Esto puede producir cierta polarización social, en la medida que donde antes había un salario alto, ahora hay dos. Pero debido a la brecha salarial de género, hay estimaciones que dicen que este efecto del emparejamiento sobre la desigualdad económica no es tan grande. Dicho de otra manera, como las mujeres con buenos empleos ganan menos que los hombres, la desigualdad entre familias no aumenta tanto por esta cuestión.

Esto es lo que sucede en la parte alta de la distribución de ingresos. Pero en la parte baja la situación es muy distinta. Tanto hombres como mujeres optan por empleos malos, con ingresos tan bajos que en muchas ocasiones no compensan las dificultades de la conciliación. Además, la propia naturaleza poco atractiva de estos empleos hace que, para las mujeres, la opción de dedicarse en exclusiva al trabajo doméstico sea más atractiva. Como prueba de ello tenemos que las tasas de actividad de las mujeres con estudios superiores son altas, independientemente de su estado civil, mientras que en las de bajo nivel de estudios, las tasas de actividad son muy sensibles al estado civil, y precisamente, el colectivo donde es menor, es el de las casadas. Trabajar ocho horas fregando suelos por 600 euros, para seguir fregando al llegar a casa, es poco atractivo, a no ser que el marido quede en paro. Por ello con la crisis, este es el grupo de población en que más aumenta la tasa de actividad.

En España, políticas claramente regresivas

Pero la cosa se puede complicar ante un divorcio o separación. En este caso, las rentas que sustentaban una familia ahora sustentan dos, lo que produce un empobrecimiento automático de las nuevas familias reconstituidas. En la medida que suelen ser las mujeres quienes se quedan con la custodia de los hijos, la situación es más dramática. Esto explica la alta incidencia de la pobreza y la exclusión social en familias monoparentales con mujer al frente y menores. Esto, el tipo de empleos a los que tienen acceso y el las escasas prestaciones sociales de apoyo a la familia.

Desde la perspectiva conservadora se insiste en que debe promoverse la cohesión familiar y dificultar las separaciones y los divorcios, con una legislación más restrictiva, precisamente por el bien de los menores. Cuanto más fácil sea divorciarse, menos se lo pensará la gente antes de casarse y antes de separarse. Lo cierto es que incluso cuando la legislación lo prohibía, había separaciones de hecho, que dejaban a las mujeres y a los hijos en situaciones de mayor desamparo. Y podemos poner el énfasis en la familia o en otras instituciones. Por un lado, está la conciliación entre vida familiar y vida laboral. Las dificultades de conciliación expulsan del mercado de trabajo sobre todo a las mujeres que esperan encontrar bajos salarios, pues el tiempo de trabajo no compensa el tiempo de trabajo doméstico asignado en una sociedad patriarcal, que las responsabiliza del cuidado familiar.

Por otro lado, están las políticas sociales. Por ejemplo, en España hay políticas claramente regresivas, como aquellas que favorecen a las mujeres que ya trabajan con desgravaciones fiscales, lo que supone un agravio para las paradas y para las inactivas que están pensando si entrar en el mercado de trabajo. Y las políticas de apoyo a la infancia y a la conciliación son mínimas. Hay un discurso populista sobre los beneficios de la bajada de impuestos, que calla que los países en los que más baja la pobreza gracias a la redistribución realizada por el Estado son aquellos que cuentan con mayor presión fiscal, como Dinamarca. La presión fiscal española es de las más bajas de la "vieja Europa", y somos uno de los países con más pobreza infantil.

Como vemos, luchar contra la pobreza infantil es afrontar simultáneamente varios frentes. Por un lado, la mejora de condiciones labores y de conciliación. De esta forma los adultos contaran con ingresos dignos y optaran con más facilidades a empleos independientemente de sus cargas familiares, facilitando así la consolidación de sus carreras laborales. Por otro, políticas más universalistas de bienestar social, que garanticen un mínimo de condiciones de vida a los menores y a sus familias.

#José Saturnino Martínez García Doctor en Sociología y profesor de la Universidad de La Laguna(y Master en Economía de la Educación y del Trabajo (UCIII). Profesor en la Universidad de La Laguna, ha sido profesor en la Universidad de Salamanca, y ha trabajado en el CIS. Ha sido Vocal Asesor del Presidente del Gobierno de España, y autor de Estructura Social y Desigualdad en España

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