miércoles, 23 de agosto de 2017
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Redacción

¿Crece la desigualdad en España? ¿Cuáles son las perspectivas?

J. Ruiz-Huerta. Catedra?tico de economi?a aplicada (Hacienda Pu?blica) Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y colaborador de la Fundación Alternativas

J. Ruiz-Huerta. Catedra?tico de economi?a aplicada (Hacienda Pu?blica) Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y colaborador de la Fundación Alternativas

La preocupación por la desigualdad ha crecido de manera notable tras el período de crisis vivido en los países del sur de Europa y particularmente en España. Durante la etapa de expansión anterior éste no era un problema central ni motivo de especial inquietud entre los ciudadanos ni entre los economistas. Podría decirse incluso que, hechizados por el funcionamiento de los mercados y la competencia y el continuo crecimiento del PIB, muchos economistas consideraban que la cuestión de la desigualdad era un tema menor, objeto de atención por parte de otras disciplinas científicas y que no merecía una atención especial desde la economía.

Sin embargo, desde el período de consolidación de la economía como disciplina autónoma, las cuestiones distributivas estaban presentes entre los intereses y objetivos de los primeros economistas. En este sentido, suele mencionarse la afirmación de David Ricardo en su correspondencia con Thomas R. Malthus el 20 de octubre de 1820 en los siguientes términos: "Usted piensa que la Economía Política es una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza. Yo creo que debería definirse más bien como una investigación sobre las leyes que determinan la división del producto de la industria entre las clases que concurren a su formación".

Es verdad que los problemas distributivos en los que concentraron su atención los economistas son los que se refieren al reparto de la renta desde una perspectiva factorial o funcional, es decir, el análisis del reparto de los ingresos obtenidos entre los dueños del capital, los trabajadores y los propietarios de los recursos naturales y las materias primas, aunque otras cuestiones, como el significado y alcance del bienestar, el reparto equitativo de las cargas públicas o cómo hacer efectivo el principio de igualdad de oportunidades tienen un largo recorrido en el ámbito de los estudios económicos. Por el contrario, los problemas de igualdad de resultados en términos personales o los relacionados con el acceso a las prestaciones y servicios públicos se incorporaron a la agenda de los economistas más tarde, después de que fueran objeto de atención por parte de otras disciplinas científicas.

El crecimiento no garantiza el aumento del bienestar

Parece razonable defender que el objeto central de las ciencias sociales es saber cómo funcionan las sociedades y cuál es el grado de bienestar de los ciudadanos que en ellas viven. Los objetivos fundamentales del análisis económico moderno han sido el crecimiento de la producción, el grado de ocupación de la población y el nivel de paro, o el mantenimiento de equilibrios básicos en el terreno de los precios, del comercio exterior o de las grandes cifras del presupuesto público, temas de indudable relevancia pero que no nos dicen gran cosa sobre el bienestar de los individuos. Incluso nos hemos acostumbrado a pensar que el crecimiento era el objetivo esencial y de forma implícita asumimos que si aumenta el PIB en una proporción razonable, todo va bien para todos.

Y sin embargo, sabemos bien que la medida tradicional de crecimiento de la producción no garantiza el aumento del bienestar para todos como las encuestas de presupuestos familiares, podemos ordenar la distribución de la renta en función de los niveles de ingresos de los ciudadanos, organizados según percentiles, podemos saber lo que ha pasado con su renta en los años de la recesión económica y, comparando la tasa de evolución de cada sujeto con la tasa media de evolución de la renta, es posible hacernos una idea de que la crisis no ha tenido el mismo efecto en unos colectivos que en otros. Es verdad que durante este período la renta media descendió, de modo que la mayoría de los individuos perdieron capacidad económica, pero es importante no olvidar que unos colectivos perdieron más que otros y que algunos, los mejor situados, consiguieron incluso aumentar su renta en la etapa de recesión.

Hablar de bienestar exige tener en cuenta más factores que el PIB o el PIB per cápita. Hoy existen indicadores múltiples que incluyen diversos componentes para complementar la medida tradicional de crecimiento económico: indicadores de acceso a servicios, disponibilidad de bienes de consumo duradero, grado de integración social, percepciones subjetivas sobre el propio bienestar, etc. Pero un elemento del que no suele prescindirse en los estudios sobre el bienestar es el de la desigualdad. Es importante disponer de información sobre la evolución de la desigualdad o las desigualdades para intentar conocer cómo se distribuye el eventual crecimiento del PIB entre los hogares y las personas que los componen. Incluso algunos indicadores sintéticos de bienestar intentan ofrecer una visión integrada de los dos factores principales: el aumento (o la disminución) del producto y su reparto, medido por medio de índices de desigualdad.

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