jueves, 14 de diciembre de 2017
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Redacción

El crecimiento socialmente incluyente, nuevo imperativo para restaurar resilencia económica global

Roberto Martínez Yllescas. Especialista en políticas públicas y competitividad de la OCDE

Roberto Martínez Yllescas. Especialista en políticas públicas y competitividad de la OCDE

Después de caer en cuenta que el mundo ha transitado por la peor crisis económica, después de la Gran Recesión de 1929, las fórmulas convencionales de reactivación económica -desde una perspectiva dominada por el canon macro-financiero- sufren una correspondiente crisis de credibilidad. Ésta, a su vez, se traduce en un creciente escepticismo respecto de la equidad de los mercados y de la racionalidad que los sostiene. Las consecuencias del mediocre crecimiento del último lustro replantean además las bases del pacto social que sostiene las bases de las economías históricamente más robustas en Occidente. El desempleo endémico, la desigualdad acelerada y la erosión de la confianza en la eficiencia de las instituciones económicas son sólo un síntoma del más profundo dilema entre equidad y crecimiento.

Sorprenda o no, en la mayoría de los países, la brecha entre ricos y pobres está en su nivel más alto desde hace 30 años. Hoy en día, en los países de la OCDE, el 10% más rico de la población gana 9,6 veces el ingreso del 10% más pobre. En la década de los 1980, esta tasa se situaba en el 7: 1 llegando a 8: 1 en la década de los 1990 y 9: 1 en la década de los 2000.

En los Estados Unidos, el 1% más rico obtuvo el 47% del crecimiento del ingreso total de la economía entre 1976 y 2007, en comparación con el 37% en Canadá y alrededor del 20% en Australia y Gran Bretaña. La brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado aún más rápido desde la crisis financiera. No obsta subrayar que esta lección ya ha sido asimilada en la experiencia de economías emergentes, particularmente las de América Latina; así en México, Brasil o Argentina. Pocos sospechaban que el mismo patrón sería extrapolable a las economías más industrializadas, en la era de internet.

Y esta lección conlleva entonces a revisar mediante nuevas pruebas empíricas, la dinámica detrás del fenómeno del crecimiento. De este modo, la evidencia acumulada confirma que el aumento de la desigualdad en la distribución del ingreso es un poderoso inhibidor del crecimiento, tal como concluye la investigación más reciente de la OCDE.

Esta investigación muestra que el aumento de la desigualdad daña el crecimiento económico de largo plazo. Se estima, por ejemplo, que el aumento de la desigualdad de ingresos entre 1985 y 2005 ha reducido el crecimiento acumulado entre 1990 y 2010 en 4,7 puntos porcentuales en promedio entre los países de la OCDE, para los que hay datos disponibles. El factor clave es la creciente brecha de ingresos entre los hogares de menores ingresos - el 40% de la distribución - y el resto de la población.

Esto, lo mismo en México que en Nueva Zelanda, durante las pasadas dos décadas. En Italia, el Reino Unido y los Estados Unidos, el crecimiento acumulado hubiera sido de seis a nueve puntos porcentuales más alto de lo observado, de haberse controlado el aumento de la desigualdad. La desigualdad disminuyó, por ejemplo, en España en los años previos a la crisis, lo cual le permitió acceder a mayores tasas de crecimiento. No obstante, luego aumentó fuertemente entre el 2007 y el 2011, aunque ha experimentado un retroceso en el 2012.

De la mano de la desigualdad, la pobreza en este país aumentó hasta el 2011 y disminuyó en el último año. Sin embargo, cuando se considera la pobreza tomando los ingresos anteriores a la crisis, esta ha aumentado también de manera considerable y España se sitúa muy por encima de la media de la OCDE. El perfil de edad de los pobres también ha cambiado, con un deterioro notable de la situación de los niños y jóvenes, que han reemplazado a las personas mayores en tanto que el grupo de edad con mayor riesgo de pobreza.

La causalidad que vincula a la desigualdad, la pobreza y menor capacidad de crecimiento económico de largo plazo se explica en buena parte por el hecho de que la desigualdad tiene una dinámica tal que erosiona el capital humano desde la raíz, al privar de oportunidades educativas a la población de menores ingresos y por ende, de las habilidades que demanda el mercado laboral para sostener la actividad económica con base en tasas crecientes de productividad y competitividad.

Paralelamente, la crisis económica en España, como en otros países europeos, ha revelado cuán disruptiva puede ser una abrupta caída del empleo; la cual explica 6 de los 8 puntos de incremento en la desigualdad del ingreso de los hogares. De manera particular, la relación entre el desplome del empleo español durante la crisis y el aumento en la desigualdad y la pobreza se explica debido a la prevalencia del empleo no estándar -el de los contratos temporales o de trabajo a tiempo parcial, así como el auto-empleo. La población ocupada bajo este tipo de empleo en España representa poco más de un 40 por ciento de la fuerza laboral y aumenta a 60% entre los jóvenes empleados de entre 15 y 29 años.

El trabajo no estándar puede ser un "trampolín" para el empleo más estable, pero depende del tipo de trabajo y las características de los trabajadores y de las instituciones del mercado de trabajo. En muchos países, los trabajadores más jóvenes, especialmente aquellos sólo con contratos temporales de trabajo tienen una menor probabilidad de pasar a un trabajo o carrera más estable.

El problema del empleo no estándar es que con mayor frecuencia deja de ser una etapa laboral provisional: sólo 20 por ciento de quienes toman este tipo de empleos acceden a un empleo fijo de tiempo completo 3 años después.

Adicionalmente, la tasa de hogares que reportan ingresos provenientes del empleo no estándar y que además se encuentran en riesgo de pobreza es de 31 por ciento -significativamente por encima de la media de la OCDE que es de 22 por ciento. Es decir que una cadena de transmisión de la desigualdad en España es la prevalencia del empleo de baja calidad, que a su vez reproduce un modelo de empleabilidad de mano de obra mal calificada y pauperizada.

En contraste, desde la óptica de la política pública, poco aporta a la competitividad el recurso a subsidios o transferencias, que además bajaron drásticamente en los países más golpeados por la crisis, como España. Para la reactivación del crecimiento sobre un piso más sustentable, tiene más importancia mantener la provisión de servicios educativos de mayor calidad, junto a mejores servicios de capacitación para desarrollar habilidades laborales compatibles con empleos productivos y mejor remunerados. De manera puntual, se vuelve clave el aumentar la participación femenina en la fuerza laboral, lo cual es consistente con un esfuerzo mayor en reducir las disparidades de género y de ingreso en los resultados educativos, así como en la transición de la juventud hacia el empleo formal.

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