viernes, 20 de octubre de 2017
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Elena Valenciano. Presidenta de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo

Jordania, octubre de 2015. Amina me recibe en su humilde vivienda: dos pequeñas habitaciones completamente desnudas. Sólo hay un sofá viejo en la salita y cuatro colchonetas en un minúsculo cuarto que hace las veces de dormitorio. Nada más. Eso y cuatro hijos es todo lo que tiene Amina. Eso, y una ayuda de 400 dólares para seis meses que le da la UNRWA (la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos).

Amina es una joven viuda siria, refugiada en Jordania y sola en el mundo tras haber perdido a toda su familia en la guerra. Sus tres hijos más pequeños, sentados en el suelo y con los ojos muy abiertos, escuchan atentos como su madre va relatando su durísima historia. Un testimonio brutal como el de tantos otros millones de seres humanos que hoy buscan protección frente a la persecución, la violencia y la guerra, la tortura o la muerte.

Es imposible para cualquiera de nosotros imaginar el sufrimiento de Amina y sus hijos y el de millones de mujeres y niños a los que Europa no ha querido ver, y sigue sin ver. El miedo, el hambre, el frío, la sed, el desamparo, la enfermedad, la falta de esperanza y puertas que se cierran, todos los días, en todas partes. No podemos siquiera rozar su dolor.

Serena, educada, y sin el más mínimo atisbo de emoción, Amina nos cuenta cómo tuvieron que salir huyendo de la ciudad siria en la que vivían porque las bombas ya habían matado a casi todos sus vecinos y ella tenía cuatro hijos que proteger. Esa presencia de muchos, muchísimos niños y niñas, es lo que más te golpea cuando visitas los campos en Líbano o Jordania, o la frontera de Hungría. Y es que los que huyen son, sobre todo, aquellos que no quieren arriesgar la vida de sus hijos.

La familia de Amina llegó caminando a Jordania tras un viaje peligroso y agotador. Pocos meses después de instalarse, la Seguridad jordana les arrebató todos los papeles y decidió devolver a su marido, que era de origen palestino, a Siria. Allí murió torturado en las mazmorras de El Assad, y Amina se quedó así sola, indocumentada, y con cuatro hijos menores a los que alimentar y educar.

La Unión Europea lleva años de retraso

Hasta hace dos años, Amina y su familia vivían cómodamente en una ciudad de tamaño medio, cerca de Damasco. Nunca conocieron la pobreza y ella sufre "por no poder dar a sus hijos lo que necesitan". Cuando nos habla, ni siquiera se detiene en su propio dolor, el de haber perdido a todos sus seres queridos, su hogar, su país...

Amina sólo tiene 32 años pero ya no le queda ninguna esperanza. Ni el gobierno jordano, ni los países europeos, tienen una respuesta para ella. Es una de los cientos de miles de mujeres a los que la guerra ha dejado solas, desamparadas, pobres y con sus hijos a cuestas.

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