miércoles, 13 de diciembre de 2017
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Peru Erroteta. Periodista 

Primavera de 1970 en París. Aún se dejan notar los rescoldos de mayo del 68. Los fines de semana, bandas de oscura afiliación -propiciadas por la propia policía, se creía- rompían escaparates en el Barrio Latino. Delegaciones de Vietnam y EE.UU negociaban el fin de la guerra, mientras continuaban los bombardeos. Georges Pompidou, gaullista, presidía la República y (¿leyenda urbana?) en la ventana del despacho de ministro del interior Raymon Marcellin siempre había luz. Paco Ibañez cantaba en La Mutualité y Lluis Llach hacía pinitos musicales en la facultad de Censier. No era refugiado político, como así se nos suele decir. Sin embargo, todavía seguían llegando a Francia huidos de la policía y los tribunales franquistas.

Generalmente, los refugiados, excepto en casos dramáticos, siempre cuentan con alguna referencia en el país de llegada. En este caso, el primer punto de apoyo solían ser los compañeros de luchas o amigos, dispuestos siempre a ofrecer cobijo, arropar y, digamos, prestar los primeros auxilios.

Como les ocurre a los emigrantes "clandestinos", los refugiados se ven obligados a acceder de forma ilegal al lugar de destino. Los trámites burocráticos están frontalmente reñidos con la huida. La gente que escapa de la persecución lo hace como puede, precipitadamente, sin pedir permiso. Algunas personas, como las familias que ahora huyen de la guerra, se presentan en las fronteras, con el riesgo de ser devueltas a su país de origen o a un tercero "en caliente", sin más. Entonces, la mayoría de los españoles que solicitaban asilo en Francia entraban en el país de forma irregular o, en algunos casos, lo hacían con su pasaporte español y luego acudían a comisaría. No eran raros los casos, en que la policía francesa, alertada por la española o confidentes, se adelantaba, deteniendo al huido, a veces con inusitado despliegue de fuerza.

Con la policía a la espalda

Sensación de extrañeza, vacío, inseguridad, desconcierto?, cuando no de hostilidad, acompañan en sus primeros pasos al refugiado, como a muchos de los que emigran buscando trabajo o una vida más digna. El único asidero personal era el círculo más próximo y en algunos casos, la organización de la que se formaba parte. Por aquéllos años, los huidos del franquismo procedían mayoritariamente del Partido Comunista, ETA o ámbitos afines, como era el caso de Comisiones Obreras. Los comunistas, como es natural, eran acogidos con especial afecto por sus compañeros franceses. Cosa que no impedía tener que buscarse la vida, a veces en condiciones especialmente duras.

Familiarizados con la lucha política clandestina no faltaban quienes optaban por ella. Documentación falsa, trabajo irregular (que no faltaba) y domicilio en casa de algún amigo permitían esa situación, que para los activistas que continuaban dedicándose plenamente a su militancia resultaba imprescindible. El resto, sobre todo si tenían familiares o aspiraban a regularizarse, no tenían más remedio que pasar por la policía.

Para evitar, sobre todo, ser devueltos a España, donde les esperaban las comisarías, los tribunales especiales y la cárcel, los huidos solicitaban el estatuto de refugiado político, un régimen de protección, amparado por la ONU, que entonces Francia concedía sin mucho miramiento a la mayoría de quienes lo solicitaban. De ello, se encargaba la Oficina francesa de protección de refugiados y apátridas (OFPRA), una administración creada por ley el 25 de julio de 1952, que fue la encargada de aplicar la Convención de Ginebra de 195, relativa al estatuto de los refugiados. Hasta principios de los años 80, la tasa de admisión de solicitudes de asilo era del 80% y diez años después no llegaba al 16% y ahora oscila entre un 15% y un 30%. Para la OFPRA eran considerados refugiados todas aquéllas personas que, con razón, eran perseguidos por cuestiones de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social o por sus opiniones políticas.

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