jueves, 14 de diciembre de 2017
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Redacción

La muy católica (y xenófoba) rebelión de Polonia y los países bálticos

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Nacho Temiño. Periodista 

Increíble pero cierto. Lo que se ha venido a llamar la crisis de los refugiados en Europa ha provocado algo que hasta ahora era inimaginable: el principal tema de discusión en los medios de comunicación y en las calles de Polonia y las repúblicas bálticas ha dejado de ser el temor a una invasión rusa. Ese miedo antiguo, que durante años ha sido azuzado por políticos y periodistas, queda congelado junto con el malo-malísimo Vladimir Putin ante una amenaza mucho más inmediata: la llegada de miles de refugiados musulmanes y las exigencias desde Bruselas para que los Estados europeos acojan a estos desplazados en sus territorios.

Amenaza, porque una parte importante de la población de estos países mira con inquietud la llegada de los refugiados, y amenaza porque no son pocos los que consideran que las demandas de Bruselas atentan contra la soberanía nacional de los Estados. Polonia, por ejemplo, ha acabado dando su brazo a torcer y ha aceptado recibir 7.000 refugiados, aunque inicialmente se empeñaba en que esas cuotas fuesen voluntarias y no obligatorias. Eso sí, desde Varsovia se mantiene la demanda de que esos refugiados sean preferiblemente cristianos. Faltaría más.

Algo similar sucede en las repúblicas bálticas, cuya posición ha ido fluctuando en los últimos meses, y que parece haberse cerrado con unas cuotas que obligan a Lituania a acoger más de 1.100 personas, 770 para Letonia y cerca de 400 para Estonia.

Si en los Estados bálticos la cosa parece clara, no se puede decir lo mismo en Polonia, donde el 25 de octubre se celebran elecciones generales, con el partido nacionalista Ley y Justicia, cercano a los postulados del presidente húngaro, Viktor Orbán, como favorito en los sondeos.

Las últimas encuestas revelan que más de la mitad de los polacos rechazan que su país acoja refugiados musulmanes, un estado de opinión que se ha convertido en protagonista de la campaña electoral, y que explica la resistencia inicial que Varsovia planteó al sistema de cuotas propuesto desde Bruselas. Apoyar abiertamente la llegada de refugiados musulmanes puede costar la victoria en las elecciones polacas, y ningún partido quiere correr ese riesgo.

De hecho, el pasado mayo Ley y Justicia ya ganó las elecciones presidenciales, y el nuevo jefe de Estado, Andrezj Duda, ha mostrado expresamente su rechazo a las cuotas obligatorias argumentando que Polonia ya tiene bastante con atender el éxodo de ucranianos de los últimos meses.

Las cuotas, un escándalo

Aquí hay que hacer un inciso porque, si bien es cierto que ha aumentado considerablemente la llegada de ucranianos, estos son considerados como emigrantes económicos, además muy bienvenidos por las empresas polacas que ven en ellos una mano de obra cualificada en muchos casos y económica siempre. De hecho, de las más de 1.200 solicitudes de asilo presentadas por ucranianos en los primeros meses de este año, ninguna ha sido aceptada. No obstante, no puede descartarse que un empeoramiento de la guerra en Ucrania no provoque un éxodo masivo, en cuyo caso Polonia sería la puerta de entrada a la Unión Europea.

Más incendiaria es la opinión de la candidata de Ley y Justicia a la jefatura del Gobierno, Beata Szydlo, quien cree que Polonia "ha traicionado a sus aliados", en referencia a Hungría, República Checa y Eslovaquia, al aceptar el sistema de cuotas. Para Szydlo, la imposición de cuotas "es un escándalo, ya que se toma en contra de los criterios de seguridad nacional y sin la aceptación del pueblo polaco".

Lo que hará el partido de Szydlo si se confirma su victoria en las elecciones es una incógnita, pero lo que sí sabemos es lo que hace ahora: alertar del riesgo de que entre esos refugiados se escondan terroristas y de que en el futuro se creen guetos como en Francia, alarmar del elevado coste que tendrá acoger a esos desplazados y echarse las manos a la cabeza ante un futuro en el que los minaretes competirán con las torres de las iglesias.

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