jueves, 30 de marzo de 2017
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Luis Moreno. Profesor de Investigación en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Lo que hace unos años parecía impensable es motivo ahora de creciente especulación: ¿Se rompe la Unión Europea? Recuérdese que en 1951, mediante el establecimiento de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), se inició la cooperación económica entre seis países europeos (Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos). Constituyó ello el prólogo del Tratado de Roma de 1957 y el establecimiento de la Comunidad Económica Europa (CEE). En 1993, tras el Tratado de Maastricht, se formó la Unión Europea (UE), la cual absorbió el entramado institucional europeo en 2009, con la entrada en vigor de Tratado de Lisboa. El 1 de julio de 2013 la UE pasó a tener 28 países miembros, con una población de 500 millones de habitantes. Son países formalmente candidatos, Albania, Macedonia, Montenegro, Serbia y Turquía.

A la vista de los datos antedichos no caben dudas del éxito político del proceso de europeización hacía una unión más estrecha de ideas, instituciones e intereses, tal y como había propuesto los clarividentes Jean Monnet o Konrad Adenauer. Es cierto que tres países han paralizado su eventual proceso de integración (Islandia, Noruega y Suiza), pero no lo es menos que tales Estados maximizan sus posiciones de ventaja individual actuando "por libre", aunque mantienen relaciones de colaboración con la UE. En suma, la europeización ha hecho factible lo que no hace tanto tiempo parecía imposible, precisamente en un continente donde ha corrido demasiada sangre en los últimos siglos. Debe también recordarse, en este sentido, que sólo las dos grandes guerras mundiales -"civiles" entre europeos- provocaron la muerte de 70 millones de personas entre 1914 y 1945.

Antes de embarcarse en la gran aventura política de la unidad europea, los Estados-nación habían desplegado un nacionalismo estatalista excluyente. Pretendían consolidar una legitimidad y cohesión interiores que les abocó a situaciones recurrentes de enfrentamientos con los "adversarios exteriores" encarnados por los otros Estados-nación europeos. Los horrores de los conflictos bélicos dieron paso a la gran ambición de construir una Europa unida, cuyo balance debe ser evaluado muy positivamente.

Un conservador propicio la entrada del Reino Unido en la CEE

Pero hete aquí que los nacionalismos estatalistas ante su progresiva pérdida de protagonismo y poder nacional han reaccionado echando las culpas de sus incapacidades -y de manera harto frecuente- a las instituciones europeas. Durante 2015 destaca el caso del Reino Unido y la posibilidad del Brexit (combinación semántica entre "Britain" y "exit"). Como se sabe, el premier David Cameron se comprometió con el electorado británico a celebrar un referéndum sobre la cuestión del posible abandono europeo del Reino Unido antes de finales de 2017. En el ínterin, y como condición para hacer campaña a favor de permanecer en la UE, Cameron ha planteado a las instituciones europeas una serie de demandas como, por ejemplo, la restricción de derechos a los inmigrantes europeos en el Reino Unido. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha sido explícito al respecto "Debemos defender dos líneas rojas: la libre circulación y el principio de no discriminación en el seno de la Unión Europea".

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